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No le dio tiempo a presentar su dimisión. Indira le llamó esa misma noche para relevarlo de su puesto «porque el ministerio de Información necesitaba a alguien que pudiera llevar los asuntos con mayor firmeza dadas las circunstancias».

El nuevo ministro promulgó durísimas leyes de censura, incluyendo la prohibición de citar a Nehru y a Gandhi en sus declaraciones a favor de la libertad de prensa, lo que no dejaba de ser una cruel ironía de la historia. Uno a uno, los representantes de la prensa internacional fueron invitados a marcharse.

El único de sus ministros que cuestionó la necesidad de imponer el estado de excepción fue relevado del cargo y reemplazado por Bansi Lal, el jefe de Gobierno de Haryana y el primero en sugerir la necesidad de imponer el estado de excepción… A los veintinueve años, Sanjay, por el mero hecho de ser el hijo de su madre, estaba en camino de convertirse en el hombre más poderoso de la India.

La censura de prensa fue más dura que la que los británicos habían impuesto durante la lucha por la independencia. Al menos, en aquel entonces, los periódicos estaban autorizados a anunciar los nombres de los que habían sido arrestados y las cárceles donde se les había encerrado. Ahora la gente se enteraba por rumores de dónde se encontraban sus seres queridos, casi todos miembros de la oposición. Aproximadamente unas cien mil personas fueron arrestadas sin cargo alguno ni juicio. Las condiciones de detención de la gran mayoría eran tan insalubres que veintidós detenidos murieron en sus celdas sucias y abarrotadas. Si los ferroviarios guardaban el mal recuerdo de la manera en que la huelga había sido aplastada, ahora ninguna capa de la población estaba a salvo. Los arrestos más sonados fueron quizás los de las maharaníes de Jaipur y de Gwalior, antiguas princesas que lideraban en sus respectivos estados partidos opuestos a Indira, y que fueron encerradas en la infame cárcel de Tihar, en Delhi, junto a criminales y prostitutas. Gayatri Devi, la elegante maharaní de Jaipur, no se quejó de la mugre, ni de la promiscuidad ni del hedor. Únicamente se quejó del barullo que hacían las otras presas y le pidió a una amiga que le enviase tapones de cera para los oídos.

Por otra parte, el Parlamento otorgó a Indira la misma inmunidad de la que gozaban el presidente de la República y los gobernadores de los estados. De manera retroactiva, la primera ministra fue absuelta de los cargos de fraude electoral que pesaban sobre ella, y que habían sido el desencadenante del actual estado de excepción.

De nuevo Indira, guiada por su instinto de supervivencia, se encontraba con el control absoluto del país, ahora más que nunca, aunque la manipulación de los mecanismos democráticos le estaba granjeando un número creciente de enemigos, dentro y fuera de la India. Pero en los primeros tiempos, el estado de excepción fue visto con alivio por una parte de la población, sobre todo la clase media urbana. Hasta la propia Sonia, cuando iba a llevar al niño al colegio, tenía la impresión de encontrarse en otra ciudad, no en la Nueva Delhi de los últimos tiempos. El ambiente era de una tranquilidad pasmosa. No había cortes de tráfico, ni manifestaciones, ni sentadas, ni arrebatos de violencia contra su suegra. Hasta los taxis y los conductores de rickshaws conducían en el lado correcto de la carretera. Como ella, una gran parte de la población estaba contenta de que las huelgas y los disturbios hubieran cesado, y poder disfrutar de una cierta paz. En las ciudades, la gente celebraba que se pudiese de nuevo caminar sin miedo, ya que el índice de criminalidad descendió en picado debido a la mayor presencia policial y al endurecimiento de la ley. Los funcionarios, conscientes del nuevo ambiente de seriedad, hacían sus jornadas completas y trabajaban con mayor eficacia. Los trenes y los aviones eran puntuales, para alivio de los usuarios, y también de Rajiv, que ahora podía disfrutar de una vida familiar más estable, sin los retrasos de los últimos tiempos, que le hacían volver a casa a horas imposibles. Carteles enormes con la foto de Indira decoraban rotondas y plazas: «La diferencia entre el caos y el orden», rezaba un eslogan junto a su foto.

La idea de que Indira había restaurado la paz y el orden en el territorio caló también en el extranjero. Usha, su secretaria particular, era la encargada de traer y leer o apuntar los artículos de la prensa internacional que tenían que ver con la actualidad india. Muchas veces leía los titulares o las cartas que aparecían publicadas sentada en la mesa del comedor. «El gobierno autoritario gana amplia aceptación en la India», rezaba un titular de The New York Times. Pero había otros titulares abiertamente hostiles que provocaban inquietantes cruces de miradas entre Sanjay y su madre. Un día, Usha estaba sola en su despacho cuando entró Sonia. Las dos mujeres se apreciaban mucho.

– Usha, creo que es mejor que no leas nada de las críticas que salen en la prensa extranjera delante de todos, no lo digo por mami -como ahora llamaba a Indira- sino porque no quiero que te miren mal.

– Gracias por avisarme -le dijo Usha, que también había notado que el ambiente había cambiado y recelaba de la influencia de Sanjay sobre su madre.

En la India podían silenciar las voces críticas, pero no en el extranjero. Dorothy Norman, la vieja amiga del alma de Indira, se mostró abiertamente hostil con ella. Reunió firmas de personalidades norteamericanas -el escritor Noam Chomsky, el tenista Arthur Ashe, el Premio Nobel Linus Pauling, el pediatra Benjamín Spock, etc.- para publicar un texto en la prensa deplorando las duras medidas del estado de excepción y reclamando su levantamiento. Entre los firmantes, y para mayor humillación de Indira, figuraba Allen Ginsberg, el poeta que había conocido en Londres cuando había ido a inaugurar el homenaje a Nehru y que años después había cantado la tristeza de los refugiados de Bangladesh. Eso le dolió. La correspondencia entre ambas cesó, y no se reanudaría hasta cuatro años más tarde. Su otra amiga, Pupul Jayakar, se enfrentó a Indira cuando regresó de viaje: «¿Cómo es posible que tú, la hija de Jawaharlal Nehru, permitas esto?» Indira no se lo esperaba y se quedó petrificada. Nadie se atrevía a desafiarla abiertamente.

– No sabes la gravedad de lo que está pasando -le respondió-. No conoces los complots que existen contra mí. A J.P. nunca le ha gustado que sea primera ministra. Él no ha descubierto todavía su verdadero papel… ¿Qué quiere ser? ¿Un mártir? ¿Un santo? ¿Por qué no acepta que no es más que un político y que quiere ser primer ministro? -le contestó.

Indira le comunicó que su intención era mantener el estado de excepción durante dos meses solamente, y que de todas maneras ese tiempo lo iba a aprovechar para lanzar un programa de veinte puntos para sacar al país del subdesarrollo. Entre esas medidas, había dos que eran revolucionarias: la ilegalización del trabajo esclavo y la cancelación de las deudas que los pobres mantenían con los prestamistas de las aldeas.

Pupul se dio cuenta de que era inútil discutir con Indira. Lo único que podía hacer era escucharla para que su amiga se sintiese libre de vaciar su corazón con alguien de confianza. Pupul la conocía bien y sabía lo sola que se sentía. Aunque estaba en profundo desacuerdo con ella, decidió mantenerse cerca.

19

Indira tenía la intención de anunciar el fin de la Emergency, como se conocía el estado de excepción, el 15 de agosto de 1975, el mismo día y en el mismo lugar en el que su padre, veintiocho años antes, había hecho el famoso discurso de la independencia: «Llega el instante, raramente ofrecido por la historia, cuando un pueblo sale del pasado para entrar en el futuro, cuando una época termina, cuando el alma de una nación, largamente asfixiada, vuelve a encontrar su expresión…» En aquel momento histórico, esas palabras la habían dejado como paralizada de emoción. Había declarado al corresponsal de la BBC: «Ya sabe, cuando se va de un extremo de dolor a otro de placer, se queda uno como entumecido. La libertad es algo tan grande que cuesta asimilarlo.»