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Ahora, mientras su coche circulaba por las anchas avenidas de Nueva Delhi, de donde los mendigos y las vacas errantes habían misteriosamente desaparecido -fue uno de los efectos milagrosos del orden impuesto por el estado de excepción-, y se dirigía al Fuerte Rojo para devolver la libertad al pueblo, esa libertad que se había visto obligada a secuestrar, su jefe de protocolo le dio una noticia que la conmocionó profundamente. Sheikh Mujibur Rahman, su amigo, el héroe que ella había restituido en la presidencia de Bangladesh, había sido derrocado en un golpe militar. Pero eso no era lo peor: Sheikh, su mujer, tres hijos, dos nueras y dos sobrinos habían sido pasados a cuchillo. Los golpistas se habían asegurado de que no sobreviviera una dinastía Rahman.

Indira estaba devastada. «Noté que había algo raro en el momento en que empezó su discurso -contaría su amiga Pupul que estaba entre la multitud del Fuerte Rojo-. El timbre de su voz estaba forzado como si estuviera intentando suprimir emociones poderosas. Esa voz había desterrado la capacidad de conmover a la gente.» Pupul estuvo escuchando atentamente el discurso, en el que Indira habló de libertad, de la necesidad de tomar decisiones duras, de las nociones de sacrificio y de servicio, del coraje, de la fe, de la democracia… pero ni una palabra sobre el final del estado de excepción.

Pupul fue a verla por la noche y la encontró en estado de shock. Indira estaba convencida de que la CIA estaba implicada en esas muertes (lo que resultó ser cierto). Y no quería acabar como Allende, se lo había repetido recientemente al líder laborista británico Michael Foot. Pensaba que lo de Bangladesh había sido el primer eslabón en una cadena de complots para desestabilizar el sur de Asia y cambiar el color ideológico de sus gobiernos. Estaba convencida de que ella sería la próxima víctima. El jefe del Servicio de Inteligencia le había confirmado que habían descubierto varias conspiraciones para eliminarla. Según Pupul, estaba paranoica, sospechaba de todos, cada sombra escondía un enemigo.

– ¿En quién puedo confiar? -le preguntó Indira-. Mi nieto Rahul tiene la misma edad que la del hijo de Sheikh Rahman. Mañana podría tocarle el turno a él. Quieren destrozarme como sea, a mí y a mi familia.

Fue la primera vez que Indira se dio cuenta de que no era sólo ella quien estaba en peligro por el hecho de ser primera ministra. Toda su familia, incluidos sus nietos, estaban en el centro de la diana, pensaba. Se encontraba prisionera en un círculo vicioso que ya no sabía cómo romper. En esas condiciones, pensó que no era el momento de suspender el estado de excepción. Al contrario, había que tomar medidas para protegerse intensificando las detenciones sin juicio y la actividad del Servicio de Inteligencia.

Indira se sentía segura entre las multitudes, pero en el interior de su casa, ahora fuertemente custodiada, empezó a sentirse en peligro. La verdad es que estaba enferma de miedo, cansada por el ejercicio del poder, desgastada por tanta lucha, desanimada por la falta de resultados. Era una mujer intensamente patriótica y tenía una fe absoluta en el destino de la India. Pero se daba cuenta de que su política izquierdista había sido incapaz de sacar al país de su atraso. ¿Cómo hacer de la India un país moderno, próspero y fuerte? No sabía ya qué formula utilizar, excepto la mano dura, que iba en contra de su propia tradición. Había metido a la India, a su familia y a sí misma en un callejón del que no sabía salir.

Instintivamente se volvió hacia sus hijos. El mayor, Rajiv, no podía serle de gran ayuda. Había expresado varias veces su desacuerdo con la Emergency, y lo había hecho también en público, y siempre que podía frente a sus amigos. El contacto entre ambos se redujo tanto que él, que trabajaba mucho y estaba poco en casa, se enteraba de los viajes y de las decisiones de su madre por los periódicos. Además, Indira sabía que él no estaba por la labor de apiadarse de ella. Hasta Sonia se había compadecido de un antiguo rival político que había dado con sus huesos en la cárcel en la primera oleada de detenciones. «Debe ser terrible para ti que tu padre esté en la cárcel. De verdad que lo siento mucho», le había dicho en una recepción al hijo de este político, y la frase llegó a oídos de los demás, que no tardaron en hacerla circular por los mentideros de Nueva Delhi. Indira no les guardaba rencor por ello; siempre había pensado que Rajiv no servía para la política y que ni él ni Sonia eran capaces de entender las profundas razones que la habían llevado a tomar esa decisión. Por otra parte, sabía que Sonia insistía en ir a Italia una temporada con los niños hasta que la situación se normalizara de nuevo. Nada se contagia tanto como el miedo…

Quedaba el pequeño, Sanjay, su favorito. Lo veía lleno de energía, fuerte, fiel. Arrogante, cierto, capaz de meter la pata como nadie, pero un hijo en el que podía confiar, que estaba junto a ella y que asumía sus problemas. y que, pensaba ella, siempre podría controlar. Además, había otra razón, que nada tenía que ver con el sentimentalismo de una madre. Sanjay era ferozmente anticomunista y defendía una política liberal, que fomentase la iniciativa privada y el espíritu emprendedor de los indios. Su experiencia con el Maruti le había convencido aún más de la necesidad de librar al país de tanta cortapisa burocrática. Indira pensó que podía utilizar a su hijo para abrir la economía y dar un giro a la derecha. Y no sólo por pura convicción, sino por necesidad política. En efecto, se habían infiltrado radicales comunistas en su partido que abogaban por «eliminar la propiedad privada como derecho fundamental» en la Constitución, entre otras medidas de corte estalinista que querían imponer. Indira les había parado los pies alegando que cualquier atajo que no respetase el procedimiento democrático era peligroso. Pero constituían una amenaza susceptible de provocar una escisión en el Congress. Apoyándose en su darling boy Sanjay, pensó que podría contrarrestarles.

Indira tenía tanto miedo de que le ocurriese algo a su hijo que le pidió cambiarse de cuarto. «No quiero que sigáis aquí, tan cerca de la entrada principal y de la calle, no es un lugar seguro», le dijo. «Mejor os mudáis al cuarto del fondo del pasillo, a la habitación contigua a la mía.» A una amiga que le preguntó la razón de ese cambio, le respondió: «No me encuentro muy bien, duermo en mi habitación y Sanjay en la de al lado. Si me ocurre algo de noche, puedo avisarle en seguida.» La realidad era que Indira se envolvía con Sanjay como con uno de esos chales de pashmina de Cachemira que tanto le gustaban y lo hada para protegerse del frío que sentía en el alma, sin darse cuenta de que ese hijo era su mayor problema y, en cierto sentido, su mayor amenaza.

Sanjay se había quedado sin dinero y, convencido de que ya no saldría ningún vehículo Maruti de la fábrica, estaba vendiendo la estructura como chatarra. Había dejado en la estacada a los concesionarios que se habían endeudado con los bancos para construir llamativas tiendas y que ahora se veían forzados a vender sus propiedades para pagar esos préstamos. Por si fuera poco, Sanjay mandó arrestar a los dos únicos concesionarios que tuvieron la osadía de reclamar el adelanto que habían pagado.

Con el desastre del Maruti, los coches habían dejado de interesarle. Ahora le daba por volar, como su hermano. Antes de la Emergency, se había sacado el título de piloto privado y como le gustaba la velocidad, en seguida se aficionó al vuelo acrobático. Su debilidad por aparatos cada vez más rápidos y el exceso de confianza que tenía en sus propias habilidades asustaban a la mayoría de sus conocidos y amigos, que tenían miedo de volar con él. Maneka acabó siendo su única pasajera.

Sanjay necesitaba una excusa para operar de manera paralela a su madre. Para justificar su poder extra-constitucional, Indira decidió ponerle al frente de una organización moribunda, el Youth Congress (el ala juvenil del Partido del Congreso) y en una ceremonia en Chandigarh, la ultramoderna capital de Punjab diseñada por Le Corbusier, fue nombrado miembro del Comité Ejecutivo. Pero todos interpretaron el mensaje subliminaclass="underline" Sanjay era oficialmente el heredero de Indira. La primera ministra, que había sido despiadada con los príncipes porque anteponían el nacimiento al talento, sucumbía ahora a la misma tentación e instauraba la dinastía.