Rajiv y Sonia asistían asombrados y disgustados al auge de Sanjay, confundidos y muchas veces con vergüenza ajena. La prensa le tildaba de «Mesías», «el Sol» o «la voz de los jóvenes y de la razón». Le veían siempre rodeado de aduladores que llamaban chamchas, lo que en hindi significa cuchara, aludiendo al movimiento curvo que exige la manipulación de ese cubierto. Eran individuos correosos bajo un aspecto dócil, hábiles en la manipulación, sin conocimiento real de los desafíos del gobierno, con escasa educación y formación, al igual que Sanjay. Una mezcla de políticos, amiguetes y matones. Lo único que les interesaba era sacar partido a su relación con el poder. Empezaron encargándose de revitalizar las arcas del Youth Congress organizándose en brigadas que exigían donaciones, casi siempre de manera intimidatoria. Los comerciantes de Delhi se quejaban a Rajiv o a Sonia de que los chicos del Youth Congress les extorsionaban. Pero las protestas de Rajiv caían en saco roto.
– No te creas las mentiras que dice la gente -le respondía invariablemente su hermano.
El caso es que nadie parecía responsabilizarse de lo malo, sólo de lo bueno.
Porque también había algo bueno en las intenciones de Sanjay, que, inmediatamente después de ser nombrado en ese cargo, añadió cuatro puntos más al programa de su madre, que él mismo se encargó de llevar a cabo. Los cuatro puntos eran: luchar contra el chabolismo ilegal en una campaña para embellecer las ciudades; erradicar el analfabetismo y el sistema de la dote y fomentar la planificación familiar.
En teoría, nadie estaba en desacuerdo con esas medidas, sobre todo la lucha contra la superpoblación, causada en parte por el éxito de los programas de salud que habían logrado reducir mucho la mortalidad infantil y que había hecho aumentar la esperanza de vida de veintisiete a cuarenta y cinco años en un par de décadas. En suma, había más gente viviendo más años reproductivos. Los progresos en la agricultura, la industria y la educación no podían seguir el ritmo de la demografía. Había más riqueza, pero también más pobreza. Más educación, pero también más analfabetos. «Hoy, si se crea un millón de puestos de trabajo, ya tenemos a diez millones buscando esos puestos -había dicho Sanjay-. De nada sirven el desarrollo industrial y el aumento de la producción agrícola si la población continúa creciendo al ritmo actual.» Tenía razón, así no había manera de salir de la pobreza. No fue en la idea, que era obvia, sino en su puesta en práctica donde Sanjay fue por mal camino, consiguiendo desacreditar completamente el estado de excepción, y de paso a su madre.
Al final fueron los pobres, a los que se suponía que el estado de excepción debía ayudar, los que más sufrieron. Los hombres de Sanjay eligieron la esterilización como método más apropiado para reducir la población de la India. Los demás métodos de planificación familiar habían dado pobres resultados. La píldora no estaba disponible todavía y el diafragma era imposible de usar para campesinas que vivían sin privacidad alguna. Durante una temporada los condones cristalizaron la esperanza de controlar la natalidad. A las aldeas llegaban elefantes con cargamentos de condones que debían ser distribuidos gratuitamente a la gente, pero los niños descubrieron que era muy divertido inflarlos y atarlos a unos palitos para jugar, de modo que los interceptaban ellos. A nadie se le escapaba la ironía del eslogan del gobierno que decía que la planificación familiar producía niños felices… La esterilización masculina resultaba el método más barato, eficaz y seguro. Además, había dinero de Occidente para llevar a cabo esos programas.
Sanjay empezó a recorrer el país, animando a los jefes de gobierno locales a ir más allá de lo que hacían los demás. «El jefe de Haryana ha conseguido sesenta mil operaciones en tres semanas, ¡a ver cuántas conseguís vosotros!», les decía. Los objetivos a alcanzar se anunciaban a los distintos jefes de distrito, que eran recompensados si los sobrepasaban, o al revés, eran trasladados o degradados si no los conseguían. Un sistema así fomentaba el abuso de poder. Modestos funcionarios del gobierno tuvieron que someterse al bisturí del cirujano para cobrar pagos atrasados. A los camioneros y a los conductores de rickshaws no se les renovaba el permiso de circulación a menos de que mostrasen un certificado de esterilización. La misma condición era aplicable a los chabolistas que solicitaban una escritura de propiedad de sus chozas para regularizar su situación. Un antropólogo llamado Lee Schlesinger fue testigo de cómo, después de una visita relámpago de Sanjay Gandhi a la aldea donde realizaba sus investigaciones, empezó la campaña. Funcionarios locales prepararon listas de «candidatos», es decir los que tenían ya tres o cuatro hijos, y unos días más tarde aparecieron camionetas de la policía para llevárselos al centro de salud más próximo donde, a cambio de 120 rupias, una lata de aceite de cocina o un transistor, salían esterilizados. Más tarde, algunos hombres, cuando se enteraban de que la camioneta estaba en camino, corrían huyendo a las montañas. Otros sin embargo se hacían operar dos veces para conseguir más de un premio.
En las ciudades, el miedo se apoderó de la gente. Delhi se quedó sin obreros, lo que era insólito en una ciudad donde la gente acudía del campo a buscar trabajo. Los inmigrantes regresaron a sus pueblos para evitar la fatal incisión de sus genitales. En noviembre de 1975, la celebración del cumpleaños de Nehru, que incluía meriendas gratis para cientos de niños, tuvo que cancelarse porque las madres se negaron a enviar a sus hijos varones por miedo a que los «médicos de Sanjay Gandhi» los esterilizasen. Pronto, el certificado oficial de esterilización se convirtió en un requisito indispensable para sortear las necesidades de la vida cotidiana.
Era inevitable que una campaña así se topase en seguida con una fuerte resistencia, sobre todo al extenderse el falso rumor de que la esterilización abocaba a la impotencia. Para luchar contra esa resistencia, el gobierno estableció un sistema de cuotas por el cual los sueldos de policías, profesores, médicos y enfermeras les eran abonados sólo después de que motivasen a cierto número de personas para someterse a una vasectomía. Como no podía ser de otra manera, las víctimas de esta despiadada política fueron los más débiles, los más pobres, los grupos sociales más marginados como los intocables o ciertas comunidades musulmanas y tribales que en principio eran los que siempre habían apoyado incondicionalmente a Indira. No entendían cómo su diosa, a la que siempre habían votado, podía castigarles así. ¿Era ése el premio que recibían por su lealtad?
Los indios no estaban acostumbrados a que el Estado les dictase el tamaño de sus familias. La India no era una dictadura como China, donde las decisiones tomadas desde la cúspide podían ser ejecutadas a la fuerza. Esa tradición dictatorial no existía. Aquí, los hijos eran un recurso muy valioso, algo así como «la seguridad social de los padres», porque desde pequeños trabajaban en los campos, en los talleres, en las fábricas textiles, o mendigando en las calles. Las familias eran grandes porque a más hijos más brazos y, como consecuencia, más recursos. Para los pobres campesinos, obreros y mendigos sin hogar, la posibilidad de tener niños representaba casi el único acto de libertad individual del que podrían disfrutar en la vida. Quitarles a los pobres el placer de hacer y de tener niños era quitarles lo único que tenían. Pero claro, eso no podía verlo Sanjay, cuyo corazón estaba cegado al sufrimiento de los pobres. Tampoco tenía experiencia en gobernar, en el arte de manipular a funcionarios y burócratas. Al intentar sacudir la estratificada jerarquía administrativa para hacerla eficaz, utilizando métodos como la amenaza de traslado, los dudosos incentivos a la esterilización o la amenaza de ser investigado por las autoridades fiscales, lo que consiguió fue que esa tácita hermandad de burócratas, que se mantenía unida por lazos invisibles desde hacía siglos, se uniese todavía más para defenderse de los ataques. Por un lado le adulaban, por otro le boicoteaban. Y él era demasiado ingenuo para darse cuenta de ello.