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– Mi hermano y mi madre están traicionando el legado de la familia -repetía Rajiv a Sonia, con un tono de voz desesperado.

Se encontraba atrapado en una situación sin salida. No podía irse, y quedarse le repugnaba. No le gustaba que le identificasen con todo lo que estaba ocurriendo. A pesar de tener una de las profesiones más asépticas del mundo, era inevitable que los colegas y la gente en general le metiesen en el mismo saco que su hermano. No le importaba enfrentarse a Sanjay…

– ¡Estáis traicionando al abuelo! -le soltó varias veces a la cara.

– ¡Estamos modernizando este país! -replicaba Sanjay.

– ¡Os estáis echando a la gente en contra!… El fin no justifica los medios.

Pero decirle lo mismo a su madre, le resultaba imposible a Rajiv. Un hijo indio no se enfrenta a sus progenitores. Una cierta sumisión a la figura de los padres es un rasgo que forma parte del acervo cultural más profundo de la India. Sonia lo sabía, por eso procuraba no echar más leña al fuego. Confiaba que el paso del tiempo terminaría por arreglar las cosas. Huyendo de la tensión latente, se refugiaron en sus habitaciones del fondo de la casa, participando lo mínimo en la vida común. Ya no sentían que ese hogar les perteneciera, como ocurría antes. El escritor Kushwant Singh, un asiduo visitante de la casa, llegó un día para ver a Maneka mientras Rajiv y Sonia celebraban el cumpleaños de uno de sus hijos: «Me di cuenta de que los niños y cada una de las mujeres ocupaban lugares alejados de la casa y que tenían poco que ver unos con otros.» Las peleas de los perros reflejaban la tensión de sus moradores. Sanjay y Maneka tenían dos lebreles irlandeses «grandes como burros», según contaba el escritor, que estuvo varios minutos paralizado de terror en el salón cuando le dejaron con una taza de té en la mano junto a los canes. Fue Indira quien le salvó de aquella situación llevándoselos al jardín. En contraste, Sonia tenía una perra salchicha llamada Reshma, y Zabul, un afgano manso. Cuando los perros se enzarzaban, Sonia, horrorizada, intervenía para separarlos, mientras Maneka contemplaba la escena, imperturbable porque sabía que sus perros eran más fuertes.

A pesar de la agresividad latente, en el interior del hogar de los Gandhi intentaban huir de la confrontación directa. La comunicación se reducía a notas escritas, siempre con cortesía, para expresar quejas y discrepancias: «Ayer dejaste el perro suelto dentro de casa, por favor no lo vuelvas a hacer, que se asustan los niños.» Maneka leía la nota, pero no hacía caso.

Rajiv y Sonia encontraron apoyo en sus amigos, entre los que se encontraba Sabine y su marido, así como un matrimonio italiano recién llegado, Ottavio y Maria Quattrochi, muy dicharacheros y simpáticos y con quienes salían a menudo a cenar. También formaban parte de ese grupo un piloto de Indian Airlines, un matrimonio indio compuesto por un hombre de negocios y una decoradora muy amiga de Sonia, un periodista y su mujer editora y algún matrimonio más. Sonia se reía mucho con su paisano Ottavio Quattrochi, un avezado hombre de negocios, representante de grandes empresas italianas, y que estaba dotado de un fino sentido del humor. Los amigos ayudaban a soportar la desagradable situación familiar.

Sonia se enteró de lo que estaba ocurriendo en la Vieja Delhi por una amiga india que la avisó por teléfono. Le dijo que su chófer y su cocinero, ambos musulmanes, le habían pedido ayuda, a sabiendas de que se relacionaba con la familia de Indira. Ambos estaban horrorizados porque, según decían, «los hombres de Sanjay estaban arrasando el barrio». Querían que su «señora» intercediera para salvar sus casas. Sonia no sabía nada.

– Siempre somos los últimos en enterarnos. Ya sabes cómo está la situación en casa, no sé si podremos hacer algo.

Cuando indagó, se enteró de que Sanjay había ordenado la demolición del barrio, un laberinto de callejuelas, antiguos edificios en ruinas y chabolas insalubres. Un barrio sucio, congestionado y contaminado pero con alma de ciudad vieja. Formaba parte de su programa de «embellecimiento de ciudades». Los vecinos se habían rebelado, lanzando piedras, ladrillos y hasta cócteles molotov contra las excavadoras. Una turba de mujeres había rodeado la clínica de planificación familiar coreando eslóganes y amenazando a los obreros con esterilizarlos. La policía no tardó en llegar y dispersó a la multitud con gases lacrimógenos. Se desató una batalla campal que se saldó con cientos de heridos y una decena de muertos, entre los que se encontraba un niño musulmán de trece años que miraba los disturbios como si se tratase de una película. Al final la policía impuso el toque de queda para que los derribos pudieran continuar. Cuando Sonia le contó todo esto, Rajiv puso el grito en el cielo.

– ¿Cómo es posible que mi madre permita que destruyan esa zona, una de las áreas que ella misma protegió cuando los disturbios de la Partición?

Esta vez, Rajiv se atrevió a decírselo a su madre:

– El programa de embellecimiento de ciudades está causando un enorme malestar entre la población, los pobres se ven forzados a desalojar sus chabolas sin tiempo de recoger sus cosas… Se han arrasado cientos de miles de chabolas, nos llaman hasta los empleados de nuestros amigos para que hagamos algo…

Indira le escuchó sin apenas decir nada. Rajiv prosiguió:

– El abuelo convenció a esos vecinos, en su mayoría musulmanes, para que se quedasen y no huyesen a Pakistán. Eso, tú lo sabes, mamá. Les prometió protección. ¡Y ahora su nieto los está expulsando a palos!

Indira mandó llamar a Sanjay, que inmediatamente desmintió las acusaciones de su hermano.

– ¡Estupideces! -terció el joven-. A todos los desalojados se les proporciona alojamiento alternativo.

Indira le creyó.

– En este país, hay una gran resistencia a la modernización -musitó.

Siempre creía a Sanjay en temas de política, o de calle. Creía a Rajiv cuando algo se estropeaba en casa; sólo entonces su palabra valía oro.

Lo que había dicho Sanjay era una verdad a medias. En la Vieja Delhi, más de setenta mil personas, entre las que se encontraban el cocinero y el chófer de la amiga de Sonia, habían sido obligadas a punta de fusil a entrar en camiones para ser conducidas a sus nuevas «residencias», un eufemismo para designar ínfimas parcelas de tierra rodeadas de una alambrada al otro lado del río Yamuna, a unos veinte kilómetros de la ciudad. Cada familia tenía derecho a un lote de ladrillos para construirse su nuevo refugio y a tarjetas de racionamiento para comprar materiales y comida. Pero mientras, no tenían techo para guarecerse.

Al final, quien hizo ver a Indira la verdad sobre las barbaridades que estaban ocurriendo fue su amiga Pupul. Regresó escandalizada de Benarés, la ciudad sagrada a orillas del Ganges. Lo asombroso, lo maravilloso de Benarés, es que la vida seguía prácticamente igual desde el siglo VI a.C. Sin embargo, Pupul había visto con sus propios ojos cómo unas excavadoras destruían edificios antiguos para ensanchar Vishwanath Gali, una callejuela estrecha, serpenteante, pavimentada con viejas piedras de río que brillaban de una pátina producida por los pies de innumerables generaciones de peregrinos y que atravesaba el corazón de la ciudad. Una calle donde las vacas tenían preferencia desde el alba de los tiempos, y que recorrían santones con el cuerpo cubierto de ceniza y el cabello enmarañado, campesinos recién casados con sus mujeres del brazo, abuelas con sus nietos y ancianos que venían de muy lejos para llegar al templo de Vishwanath, el señor del Universo. Considerado el más sagrado del mundo por los fieles hindúes, ese templo albergaba una piedra de granito pulido, la reliquia más preciada de Benarés, el lingam original, un emblema fálico que simboliza la potencia vital del dios Shiva, representante de la fuerza y del poder regenerador de la naturaleza. Al prosternarse y al ofrecerle agua del Ganges, los fieles hindúes expresaban así una de las formas más antiguas del fervor religioso hindú. Benarés, y el templo de Vishwanath en particular, eran el centro de ese culto. Había lingams y yonis (el equivalente femenino) en todas partes, en los templos, en los pequeños altares empotrados en las fachadas de los edificios, en los peldaños de los ghats, esas escaleras monumentales de piedra que se hunden en las orillas como raíces gigantescas, sellando así la unión de Benarés con el más sagrado de los ríos. Todas las mañanas desde que el hombre tenía memoria, miles de hindúes untaban con devoción la superficie pulida de los lingams con pasta de sándalo o con aceite. Trenzaban coronas de jazmín y de claveles de la India que colocaban con esmero alrededor de la piedra erecta junto a pétalos de rosa y hojas amargas de bilva, el árbol preferido de Shiva.