– ¿Cómo podéis vivir así? -preguntó a Rajiv y Sonia una amiga íntima-. ¿Por qué no os mudáis a otra casa?
– No puedo hacerle eso a mi madre -contestó Rajiv.
Era cierto, en ese momento al menos no podían. Veían que Indira estaba cambiando y a punto de reaccionar. Suficiente información se había filtrado hasta ella para que por fin admitiese la veracidad de los abusos cometidos en nombre de las campañas de su hijo. Empezó a dudar de sus consejeros y a escuchar a gente de fuera. Afectada por la creciente ira que sentía bullir entre el pueblo, ya no encontraba justificación para seguir con las medidas represivas. También le afectaban las continuas peticiones de distintas personalidades dentro y fuera de la India para levantar el estado de excepción. Su tío B. K. Nehru, embajador en Inglaterra, le habló francamente y sin rodeos de la mala imagen que tenía ahora la India, que ya no era considerada un faro de civismo brillando entre las dictaduras de Asia.
Indira ya había pospuesto las elecciones en dos ocasiones, a petición de Sanjay, aunque la segunda vez lo había hecho a regañadientes. Pensaba que posponerlas era mandar una señal equivocada a la sociedad, como si estuviera asustada de enfrentarse a la gente. Había proclamado el estado de excepción como medida transitoria, pero no quería convertir a la India en una dictadura. La imagen de «dictadora benévola» que le llegaba del extranjero la perturbaba mucho. ¡Qué diría su padre! A veces le parecía escuchar la voz de Nehru desde lo más profundo de su ser, empujándola a tomar una decisión conforme a su conciencia. Además, Indira notaba que había perdido la conexión íntima con esa «extensa masa de humanidad india», y quería recuperarla. Sentía nostalgia de las multitudes, necesitaba volver a vibrar con el clamor y el amor del pueblo. Echaba de menos sus éxitos electorales anteriores… ¡Qué lejos quedaba el triunfo apoteósico de 1971!
Sanjay, como era de esperar, se opuso terminantemente a los designios de su madre.
– Estás cometiendo un error garrafal -sentencié-. Puedes perder las elecciones, ¿y qué pasará entonces? El informe que has recibido del Servicio de Inteligencia asegura que el Congress perderá…
– No me fío de esos informes -contestó Indira-. El Servicio de Inteligencia está infiltrado por extremistas hindúes. Dicen lo que les viene en gana…
– ¿No puedes esperar antes de levantar el estado de excepción?
– ¿Esperar a qué?
– A que salgan algunos prisioneros políticos, a que se calmen los ánimos. No es que estemos en contra de las elecciones -Sanjay hablaba también en nombre de sus protectores y compinches Bansi Lal y el secretario Dhawan, que ahora tenían miedo de ser víctimas de eventuales represalias-… Pero sería mejor soltar a la oposición primero y esperar un año a que se olviden los problemas y se acaben los rumores.
Indira se lo quedó mirando, en uno de sus largos silencios, un silencio espeso que hablaba de su determinación con más contundencia que si le hubiera contestado.
Pero esta vez Indira no le escuchó. Al día siguiente, 18 de enero de 1977, sorprendió a toda la nación anunciando elecciones generales al cabo de dos meses. «Será una oportunidad para limpiar la vida pública de tanta confusión», declaró. Sanjay estaba deshecho. Era la primera vez que su madre le desautorizaba. Lo hizo de nuevo ordenando la liberación inmediata de todos los líderes políticos y levantando la censura de prensa. La oposición recibió esas medidas con recelo. A estas alturas, no se fiaban de Indira, nutrían sospechas sobre su motivación profunda y estaban seguros de que se trataba de alguna trampa. Pero su antiguo enemigo J.P. Narayan, que había sido detenido y encerrado en una celda en los primeros tiempos de la Emergency y que luego, por razones de salud, había sido autorizado a volver a casa, confesó a un amigo de los Nehru: «Indira ha sido muy valiente. Es un gran paso el que ha dado.» Como él, muchos no se lo esperaban.
La decisión de actuar con tanta rapidez, que dejó atónito a Sanjay, fue en el fondo una maniobra astuta de una política experta. Se trataba de pillar por sorpresa a toda la oposición, débil y fragmentada, y no darles la oportunidad de organizarse. Era su mejor baza para ganar esas elecciones, porque no las tenía todas consigo.
Quería pensar que la magia que había actuado en otras ocasiones también actuaría en esta contienda. Pasaba de la duda al convencimiento de que el pueblo seguía queriéndola, a pesar de todo.
Como siempre, se lanzó a hacer campaña con vigor, haciendo giras por todo el país, durmiendo poco, viajando en cualquier medio de transporte. Como en otras ocasiones, pudo contar con Sonia, siempre presente, siempre dispuesta a ayudarla a organizarse y a hacerle la vida más fácil. Sonia se compadecía de su suegra. La veía agotada persiguiendo una quimera: el afecto y la veneración del pueblo. Esta vez la seducción no funcionaba. Indira regresaba cabizbaja de los mítines. Le contaba a Sonia que había escuchado gritos contra ella, voces que reclamaban su derrota, a veces insultos. Había visto a gente abandonar las concentraciones, dejándola sola frente a un grupo cada vez más reducido de fieles seguidores. Le tocó escuchar muchas historias sobre los excesos del programa de esterilización, sobre las torturas, los arrestos arbitrarios… No sabía si creerse todo lo que decían, pero acabó dándose cuenta de que ese contacto privilegiado del que había disfrutado con el pueblo ya no existía. «No puedo soportarlo -confesó un día-. Me han tenido encerrada entre estas cuatro paredes.» Sonia no se atrevía a decirle que no había querido escuchar.
Nadar contra corriente debilitó a Indira y cayó varias veces enferma, sin conseguir recuperarse de una especie de gripe que le producía fiebres recurrentes. Los golpes que empezó a recibir de sus propios compañeros de partido la hundían aún más en la zozobra. De pronto, su ministro de Agricultura, un conocido líder de la comunidad de los intocables, desertó de sus filas para unirse a la oposición. La vida política del país pareció electrificarse. Una ola de pánico recorrió las filas del Congress. Indira se mantuvo impasible de cara a la galería, pero Sonia adivinaba lo dolida que se sentía. Aquel líder había sido un amigo personal, un compañero de ruta, un bastión del partido. Se llamaba Jagjivan Ram y había reclamado el levantamiento inmediato del estado de excepción. Más tarde, Indira descubriría que la verdadera razón por la que Ram le había dado la espalda era su oposición al límite de edad que Sanjay quería imponer para presentarse a las elecciones. A sus sesenta y ocho años, Ram -y muchos otros- quedaban así fuera de juego. Cuando Indira quiso enmendar el problema, ya era demasiado tarde. Inmediatamente después, una plétora de antiguos camaradas tomaron el mismo camino y luego siguieron los tránsfugas. «Qué extraño que os hayáis callado todos estos meses…», Les dijo Indira, que entendía que las ratas empezaban a abandonar el barco… ¿Pero no sabía ya que la política estaba hecha de traiciones? ¿No decía Churchill que había tres clases de enemigos: los enemigos, sin más; los enemigos a muerte; y los compañeros de partido? Lo que más le dolió fue que su propia tía, Viyaja Lakshmi Pandit, hermana de Nehru, abandonase su retiro político y se lanzase al ruedo denunciando que Indira y el estado de excepción habían «destruido» las instituciones democráticas. Después de hacer esas declaraciones incendiarias, ingresó en una coalición de partidos opositores que se había formado bajo las siglas de Janata Party. Para Indira, más que una traición, aquello fue una humillación. Fue entonces cuando le salió un herpes en la boca que la obligó a hacer sus discursos con medio rostro cubierto por el faldón de su sari. «Lo que me preocupa es que luego me queden cicatrices en la cara», le decía a Sonia mientras ésta le aplicaba un ungüento.
– Estoy cansada de la política -le confesó de sopetón, sin drama, sin exageración, casi sin emoción.