Ver a Indira herida en el alma hizo que Sonia se diese cuenta de que la alta política y las bajas pasiones eran las dos caras de un mismo mundo. Nunca le había atraído, pero ahora, al ver a su suegra traicionada y sufriendo, sentía un rechazo total. A su amiga Pupul, Indira le confesó: «Pelearé estas elecciones y luego dimitiré. Estoy harta. No puedo fiarme de nadie.»
Ante el fortalecimiento de la oposición, Sanjay rogó de nuevo a su madre que cancelase o por lo menos pospusiera la convocatoria. Pero ella siguió en sus trece. Su hijo entonces decidió presentarse como candidato a diputado al Parlamento por la circunscripción electoral de Amethi, vecina de la circunscripción de su madre, Rae Bareilly, en el estado de Uttar Pradesh. Era territorio de los Nehru y los Gandhi, donde la victoria estaba asegurada. De ganar un escaño, Sanjay estaría protegido de la venganza de sus innumerables enemigos por la inmunidad parlamentaria. Maneka y él eran tan ingenuos que en su primer discurso alabaron los resultados de la campaña de esterilización. Fueron abucheados por un grupo de mujeres enfurecidas:
– ¡Nos habéis convertido en viudas! -gritaron-. ¡Nuestros maridos ya no son hombres!
Indira se encontró con reacciones parecidas a lo largo y ancho del país. Un discurso suyo fue interrumpido por una campesina que la increpó: «Todo lo que nos cuenta de su preocupación sobre el bienestar de las mujeres está muy bien, pero ¿qué pasa con las vasectomías? Nuestros hombres se han hecho débiles, y nosotras sus mujeres también.» En un lugar cercano a Delhi, otra campesina a quien pedían el voto sacó a relucir el tema de la esterilización, y lo hizo en un lenguaje sugerente: «¿Señora, de qué sirve un río sin peces?» Por fin Indira se daba cuenta de que en un país de mayoría hindú, que venera el lingam (la piedra fálica) como deidad primigenia y fuente de toda vida, la campaña de esterilización masiva había sido un error monumental. Y sabía que, en política, los errores se pagan.
Después de aquellos viajes extenuantes, Indira volvía a casa con lágrimas en los ojos.
El 20 de marzo de 1977, día de la convocatoria, Pupul fue a verla a su casa. Eran las ocho de la noche y las calles de Nueva Delhi desbordaban de una alegría nunca vista desde las celebraciones de la independencia de los ingleses treinta años antes. Grupos de gente tocaban el tambor, payasos caminando sobre zancos repartían caramelos a los niños, los vecinos bailaban en las calles, olía a la pólvora de los petardos y de los fuegos artificiales… El pueblo soberano había votado y celebraba la caída de la «Emperatriz de la India».
La casa, sin embargo, estaba envuelta en un silencio inquietante. No había ajetreo ni luces ni coches aparcados fuera como en anteriores veladas de citas electorales. No se veían niños ni perros. Un secretario con cara patibular condujo a Pupul al salón decorado en tonos beige y verde claro. Indira estaba sola, y se levantó para saludarla. Había envejecido diez años. «Pupul, he perdido», dijo simplemente. Ambas tomaron asiento, y se quedaron en silencio, uno de los clamorosos silencios de Indira que hacían que las palabras sobrasen.
Sanjay y Maneka estaban en Amethi, su circunscripción. Rajiv y Sonia en su cuarto, muy preocupados. Sabían mejor que nadie en esa casa la animadversión que había producido la Emergency en la sociedad y tenían miedo de las represalias contra su madre, contra su hermano, y contra ellos también. Temían por su seguridad, ahora que Indira tenía que desalojar el poder. A esto se añadían un montón de incógnitas derivadas de la nueva situación: ¿dónde vivir?' por ejemplo, porque era necesario devolver la casa al gobierno. Pero, sobre todo, tenían mucho miedo por los niños. Sonia estaba muy afectada. Ahora sentía el zarpazo de la política en carne propia. Lo había visto venir, pero ¿qué hubiera podido hacer ella para impedir un desenlace semejante? Un sirviente les interrumpió llamando a la puerta:
– La cena está lista.
La mesa del comedor estaba puesta como cualquier día normal. Sonia no podía contener las lágrimas. Rajiv estaba serio, lúgubre, callado. Sólo comieron un poco de fruta, mientras Indira cenaba copiosamente chuletas vegetarianas con verdura y ensalada, como si la derrota no la afectase tanto. Más bien parecía que se había quitado un peso de encima. Nadie abrió la boca. Se oía el ruido de los cubiertos sobre la loza, y el tímido lloriqueo de Sonia. Sólo hubo una interrupción del secretario Dhawan, el compinche de Sanjay, que vino a anunciar unos últimos resultados catastróficos. Sanjay había perdido en Amethi, e Indira en su circunscripción. Lo nunca visto: la derrota era absoluta y total, hasta en su feudo tradicional. Indira no se inmutó y se sirvió fruta de postre.
Pasaron al salón, y siguieron sin abrir la boca, excepto para intercambiar banalidades con un amigo de la familia que vino a acompañarles. Estuvieron así un rato, hasta que Pupul anunció que se iba. Rajiv la acompañó a la puerta.
– Nunca perdonaré a Sanjay el haber empujado a mi madre a esta situación -le confesó-. Él es el responsable de todo.
Pupul le escuchó en silencio. Rajiv prosiguió:
– Le dije a mamá varias veces la verdad sobre lo que estaba ocurriendo, pero no me creyó…
– Circulaban rumores de que si hubiera ganado el Congress, Sanjay habría sido nombrado ministro del Interior y la gente estaba aterrada con eso -le dijo Pupul.
– Me lo creo. Estoy seguro de que lo hubiera intentado.
Pupul notó, en la penumbra del recibidor, que los ojos de Rajiv estaban empañados de lágrimas.
A medianoche, Indira salió de casa para reunirse por última vez con sus ministros y levantar el estado de excepción de manera formal después de dieciocho meses, aunque casi todas las medidas ya habían sido anuladas en la práctica. Fue una reunión breve, en la que casi nadie habló. Todos habían perdido sus escaños. Se encontraban frente a la mayor debacle que jamás había ocurrido en el partido. Por primera vez desde la independencia, el Congress no estaba en el poder. De allí, Indira se dirigió al Palacio de la Presidencia de la República. Envuelto en la neblina, los fogonazos de los fuegos artificiales iluminaban fugazmente el antiguo palacio del virrey británico. Una vez dentro, presentó oficialmente su dimisión ante el presidente.
De camino a casa, vio a la gente celebrar su derrota con júbilo -niños y mayores seguían en las calles a esas horas de la noche-, y de pronto sintió miedo. Le pareció que su casa estaba pobremente custodiada. Al llegar, se dirigió a la habitación de Rajiv y Sonia. Seguían despiertos.
– Sería prudente que os fueseis con los niños a casa de unos amigos -les propuso Indira-… esta misma noche.
– No te vamos dejar sola.
– Sólo unos días, hasta que el ambiente en la ciudad se haya calmado. Ahora hay mucho alboroto. Estaré más tranquila si os vais a otra casa.
– Vámonos todos entonces, tú también.
– No puedo. Tengo que quedarme aquí. Además Sanjay vuelve esta noche, así que no estaré sola. Marchaos, no me lo perdonaría si le ocurriese algo a los niños.
A las dos de la madrugada, Rajiv y Sonia, con Rahul y Priyanka medio dormidos y envueltos en mantas, salieron de casa como si fuesen refugiados en un país en guerra. Indira se había abstenido de decirles que unos días antes había rechazado el ofrecimiento del jefe de seguridad de traer tropas a Nueva Delhi para protegerla en caso de perder las elecciones y de que la oposición decidiese organizar una marcha contra su casa.
– La muchedumbre podría descontrolarse y asaltar su residencia… -le había dicho el jefe de seguridad.
– No se preocupe por mí -le respondió Indira-. Lo que le pido es que vele por mis hijos.
Quizás Indira no se creyó nunca que perdería, a pesar de los abrumadores indicios. Quizás se sintiese protegida por el aura de sus apellidos, casi de manera sobrenatural, para no darse cuenta de lo que se le venía encima. Quizás estaba cegada por la idea que tenía de sí misma. A la pregunta del periodista y amigo Dom Moraes de: «Señora, ¿volverá a la política?») Indira respondió: «No. Siento que me he quitado un peso de encima. Nunca volveré a la política.» Quizás el alivio que ahora sentía era porque la vida la había puesto de nuevo en contacto con la realidad. Pero era una realidad dura de encajar: a los cincuenta y nueve años, se encontraba sin trabajo, sin ingresos económicos y sin un techo sobre su cabeza. Por primera vez en su vida se daba cuenta de que no tenía nada. La casa familiar de Anand Bhawan la había donado al Estado y ahora era un museo. Aunque se la hubiera quedado, no hubiera podido mantenerla.