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En ese ambiente, la noticia del suicidio del coronel Anand, padre de Maneka, sonó como los primeros acordes de un drama más amplio que empezaba a desarrollarse en segundo término, como los primeros acordes de una marcha fúnebre. Su cuerpo fue encontrado de bruces en un terraplén, junto a una pistola y una nota que decía: «Preocupación Sanjay insoportable.» Al principio, no se supo bien si había sido suicidio u homicidio, aunque Maneka y los familiares próximos estaban convencidos de que el coronel se había quitado la vida. Ya había cometido un intento semejante hacía tiempo con una sobredosis de pastillas y tenía un historial de inestabilidad mental y depresión. No había podido soportar la caída en picado de su reputación y de su posición social. Sus innumerables amigos de conveniencia se habían esfumado en el aire enrarecido de Nueva Delhi. Inmediatamente surgió el rumor de que el suegro sabía demasiado sobre los negocios turbios de Sanjay y que su muerte era en realidad un homicidio disfrazado de suicidio. Pero no se pudo probar nada y en cuanto la atención mediática desapareció, el caso cayó en el olvido.

Indira quedó turbada, y Sonia también. Una muerte así, en el momento en que se produjo, infundió un miedo difuso y profundo, una mezcla de desasosiego y alarma. La caída del poder se había cobrado una víctima muy cercana. La sangre había llegado al río, y donde menos se lo esperaban. Indira se volvió aún más paranoica, relacionando inconscientemente la muerte de su consuegro con las amenazas a Sanjay. Ahora más que nunca, sentía que tenía que proteger a su hijo como fuese. La noticia del suicidio trascendió al extranjero y Sonia recibió llamadas angustiantes de su madre. Allá en Orbassano, los Maino seguían los acontecimientos con una desazón y una inquietud crecientes. Les llegaban habladurías de Nueva Delhi, rumores de que Sonia y Rajiv buscaban escapar y de que Sonia había pedido asilo en la embajada italiana…

– Mamá, nada de todo eso es cierto. Estamos bien, los niños también, pero no puedo hablar, ya te contaré…

E invariablemente, la conversación se cortaba. Sonia se abstuvo de decirle a su madre que el gobierno había incautado el pasaporte a todos los miembros de su familia política. Aunque hubieran querido, ahora no hubieran podido viajar a Italia, ni tan siquiera por una emergencia.

Indira se dedicó con ahínco a trabajar con sus abogados para defenderse de la comisión Shah, mientras públicamente mantenía una vida muy discreta. Un periodista inglés llamado James Cameron la entrevistó y la encontró «la mujer más sola y más aprensiva del mundo», según el titular que dio a su artículo. «Está resignada y no quiere hablar de nada. Parece un boxeador derrotado esperando un milagro. Pero no habrá milagro para ella», escribió en The Guardian el 21 de septiembre de 1977.

James Cameron se equivocó. El milagro que iba a hacer resurgir al ave fénix de sus cenizas se produjo en un lugar llamado Belchi, una pequeña e inaccesible aldea en el remoto estado de Bihar, rodeada de arrozales, montañas y cataratas. Un paisaje idílico que había sido el escenario de una atroz matanza. El crimen se había producido en parte por la atmósfera de impunidad propiciada por el nuevo gobierno, cuya coalición incluía elementos hindúes extremistas, y en la que hindúes de alta casta se sentían de nuevo libres de subyugar, como lo habían hecho durante miles de años antes de la independencia, a pobres campesinos intocables. En Belchi, un grupo de terratenientes había atacado a una comunidad de campesinos sin tierra, exterminando a varias familias y tirando los cuerpos al fuego. Entre las víctimas había dos bebés. La noticia tardó varios días en darse a conocer, antes de convertirse en portada de la prensa nacional. El gobierno no reaccionó. A su presidente, Morarji Desai, que consideraba la prohibición de matar vacas y de consumir alcohol como prioridades nacionales, no le parecía que esta clase de sucesos mereciesen atención prioritaria. Ni siquiera se dio prisa en condenar el crimen.

Indira vio inmediatamente la grieta en el adversario. Supo lo que debía hacer. Le pidió a Sonia que la ayudase a preparar sus cosas para ir a Belchi.

– Todo el mundo dice que Bihar es un lugar muy peligroso, que hay grupos de bandidos que asaltan a la gente… -le dijo Sonia que, en efecto, estaba bien informada. Bihar era el estado más atrasado, anárquico e inseguro de la India. Y el más pobre también-. No tienes un equipo de seguridad, es muy arriesgado -insistió la italiana.

– No voy sola, voy con un grupo de fieles del partido.

– Pero en Bihar el partido no ha conseguido un solo escaño… ¿Tendrán fuerza para protegerte?

– Claro que sí. No os preocupéis -zanjó Indira- no pasará nada.

Sonia no insistió. La conocía suficientemente bien para saber que nada la haría cambiar de idea. Pero se quedó preocupada. En un ambiente tan cargado de animadversión como el de aquellos días en la India, cualquier cosa podía ocurrir.

23

Cuando volvió a casa cinco días más tarde, Sonia casi no la reconoció. Indira llevaba el sari sucio, toda ella estaba cubierta de una capa de polvo y chorreaba sudor. Tenía ojeras y había adelgazado. Parecía una mendicante. Pero Sonia adivinó una chispa de luz en sus ojos, como un destello de vida. En seguida supo que el viaje a Belchi había sido un éxito. Indira le contó la odisea que acababa de vivir con todo lujo de detalles. Sonia la escuchaba, embelesada.

– Llovió tanto que todos los caminos a Belchi eran impracticables. De los quinientos simpatizantes que habían empezado el trayecto conmigo, siguiéndome en una caravana de coches, de pronto me di cuenta que sólo quedaban dos. Los demás habían tirado la toalla. Mi idea era llegar a Belchi antes del anochecer, pero las carreteras estaban tan anegadas que tuvimos que cambiar el todoterreno por un tractor, que a su vez acabó hundido en el barro unos kilómetros más adelante. Mis acompañantes insistían para que diésemos la vuelta, pero les dije que yo seguía a pie. Me miraban como si estuviera loca. Yo sabía que no me iban a dejar seguir sola, y tuve razón, se vieron obligados a acompañarme, aunque lo hicieron a regañadientes. Después de una larga caminata, rendidos y empapados, llegamos al río, y nos dimos cuenta de que era imposible vadearlo a pie. No había barcas bajo aquel temporal, ni barqueros dispuestos a pasar a gente al otro lado. Mis compañeros estaban dispuestos a regresar, pero yo pregunté a unos aldeanos que habían salido de sus chozas al vernos llegar:

«Tiene que haber una posibilidad de cruzar… ¿Hay caballos por aquí?"

«No Madam…, me dijo uno.

«¿Una mula? ¿Un burro?

«No, Madam. Sólo hay un elefante.

«¿Donde? pregunté.

«En la aldea. Es el elefante del templo.»

«¿Lo podéis traer?

«Si, Madam, pero…, el hombre parecía molesto, no le salían las palabras.

«Pero… ¿Qué? le dije.

«Es que no disponemos de howdah…, admitió por fin, como avergonzándose.

«¿Sabes lo que es el howdah? -le preguntó Indira a Sonia.

– ¿No es la torreta que se pone sobre el elefante para pasear a personalidades importantes?

– En efecto… ¡Siempre en la India, por encima de consideraciones prácticas, está la preocupación por el estatus! Parece que sea lo único que rige las relaciones entre la gente. El caso es que les dije que daba igual que no tuvieran howdah, entonces uno de ellos anunció triunfalmente que colocaría una manta.

Indira parecía una chiquilla ilusionada contándole esa aventura a Sonia. Verla tan viva y chispeante, tan directa y cercana, era como milagroso. Indira estaba transformada.

– Sabes… no me sentía cansada, y eso que estuvimos esperando más de una hora bajo la lluvia.

– ¿Qué pasó con el elefante?

– Por fin llegó, se llamaba Moti. Los campesinos me ayudaron a subir primero, y luego alzaron a uno de mis acompañantes, que se sentó detrás de mí. Cuando me di la vuelta, vi que tenía los ojos desorbitados de pavor.