Sonia se rió. Indira siguió contando:
– El otro optó por quedarse y organizar el regreso. Fue terrorífico, porque el animal se balanceaba muchísimo y las aguas del río le llegaban a la altura de la barriga. El hombre estaba agarrado a mi sari como un niño a la falda de su madre. Pensé que se iba a echar a llorar…
Ambas prorrumpieron en carcajadas. Siempre era gracioso oír historias donde las mujeres tenían el control de la situación. Luego el semblante de Indira se tornó grave.
– Era tarde cuando llegamos a Belchi -siguió contándole-. Los supervivientes de la masacre estaban refugiados en un edificio medio abandonado de dos pisos. De pronto vi salir unas antorchas que iluminaban los rostros de los que las llevaban: había ancianos con la cara llena de arrugas, jóvenes viudas, niños con grandes ojos brillantes, hombres de piel oscura, todos muy temerosos y sorprendidos… Cuando me reconocieron, se lanzaron a mis pies. Creo que me veían como una aparición divina. Yo no tenía nada que ofrecerles, excepto mi tiempo, pero aquella gente tan asustada no paraba de agradecerme que me interesase por ellos, que hubiese sorteado tantos peligros para ir a escucharlos. Decían que mi presencia era un milagro, ¿te das cuenta? Nos quedamos varias horas) y escuché historias horribles de la matanza. Salí llorando de allí… era tanta la pobreza, tanto el dolor de los campesinos al mostrarme las cenizas de la pira donde habían lanzado vivos a sus familiares que salí destrozada. Era noche cerrada cuando abandonamos Belchi. Había ruido de truenos, pero no llovía, de modo que un barquero se ofreció a pasarnos al otro lado.
«¿Sabes qué pasó entonces?
Sonia negó con la cabeza. Indira prosiguió:
– Como la carga era excesiva, al acercarse a la otra orilla, la barca volcó.
Volvieron a estallar de risa. Indira prosiguió:
– … Nos encontramos todos chapoteando en esas aguas negras. Conseguí vadear hasta la orilla. Seguimos caminando hasta la carretera principal, donde nos esperaban unos todo terreno. Estábamos empapados. Entonces ocurrió otro milagro, Sonia. Los campesinos de los alrededores que se habían enterado de mi visita empezaron a llegar. Nos traían frutas, flores y linternas. De pronto oí un ruido de tambores y unas voces de mujeres… ¿Sabes que cantaban? «Votamos en tu contra. Te traicionamos. Perdónanos.» -decían. Venían con dulces y me ofrecieron sus modestos saris secos para secarme o cambiarme. ¡Algunas me pedían hasta mi bendición!
Sonia se dio cuenta de que Indira había visto la luz al final del túnel. Había buceado en «la masa de humanidad india» y no se había sentido rechazada. Al contrario, había vuelto a encontrar su voz, y una respuesta.
Indira siguió contando que al día siguiente fue a Patna, la destartalada capital del estado de Bihar, a visitar a su antiguo enemigo J.P. Narayan, el hombre cuyo boicot la había precipitado a declarar el estado de excepción. Estaba muy viejo, casi en el lecho de muerte. Ahora que Indira había sido derrotada y vilipendiada, J.P. la perdonó. Estuvieron reunidos durante cincuenta minutos, hablando de los muchos recuerdos que compartían de los tiempos en los que la esposa de Narayan eran la mejor amiga de la madre de Indira. También hablaron de la masacre de Belchi y de la suerte de los intocables. Luego posaron para la prensa. Indira sacó de su bolsa de tela un periódico arrugado y le mostró la foto a su nuera. Era una foto importante para Indira, porque sellaba su reconciliación política. Sonia entendió que su suegra volvía al ruedo.
– ¿Pero… no decías hace menos de dos semanas que te retirabas de la política? -le preguntó Sonia.
– Todavía no he vuelto, y me gustaría no volver, pero ¿cómo puedo retirarme?… Mientras quieran la piel de Sanjay o la mía, tendré que luchar para defendernos.
Alentada, Indira decidió partir al día siguiente a su antigua circunscripción de Rae BareilIy, donde los votantes la habían rechazado contundentemente hacía menos de cuatro meses. Era arriesgado, porque podía encontrarse con multitudes hostiles, ya que ese estado había sido objetivo preferente de la campaña de esterilización, pero, ante su gran sorpresa, miles de personas acudieron a recibirla bajo un sol de justicia. También aquí supo perfectamente lo que tenía que hacer y decir. Sin ambages, pidió perdón por los excesos del estado de excepción, y luego lanzó un ataque contra la coalición Janata, que estaba en el poder. La gente la aclamó aún más cálidamente que en Belchi. Decidió hacer una gira relámpago por varios pueblos del estado, repitiendo el mismo mensaje. En todas partes, el recibimiento era multitudinario. Volvía a casa derrengada, sucia, agotada pero contenta.
El relato del viaje de Indira a Belchi se propagó como un eco por el sub continente hasta alcanzar las aldeas engarzadas en las faldas del Himalaya, las chozas de barro del desierto, las barracas de hoja de palma de los de las castas más bajas, las chabolas de plástico y latón de los intocables del sur… Más allá de la distinción de razas, castas o religiones, la voz de los pobres se había reencontrado con su fuente de inspiración y consuelo. A pesar de sentir que la India había empezado a perdonarla, Indira seguía estando muy preocupada con su situación y con la amenaza de la Comisión Shah. Voces en el gobierno exigían una «especie de juicio de Nuremberg» por sus crímenes durante la Emergency.
– Estoy segura de que encontrarán cualquier pretexto para arrestarme.
– No se atreverán -dijo Sonia para tranquilizarla más que por convencimiento.
– Me he enterado de que el gobierno Janata ha prometido no perseguir judicialmente a mis antiguos ministros si aceptan echar la culpa a Sanjay de todos los deslices cometidos durante el estado de excepción. Sé perfectamente que me traicionarán. A Sanjay también lo quieren meter en la cárcel.
Esas traiciones la herían profundamente y la precipitaban a un abismo de soledad que le daba vértigo. Sonia la veía tan fuerte, y sin embargo tan vulnerable. Al revés que su suegra, la mayoría de los políticos estaban en política por pura ambición personal, no por un sentido del deber. La mezquindad de ese mundo le asqueaba. Pero se daba cuenta de que la vida pública, la política entendida como servicio a los demás, eran la razón de ser de Indira y de que nunca cambiaría. Aunque le gustaba decir que soñaba con retirarse del mundo, Sonia ya no la creía. Retirarse era un lujo que Indira no podía permitirse.
Ante el cerco del gobierno y de la Comisión Shah, Indira cogió el toro por los cuernos. Fiel a la máxima de que no hay mejor defensa que un buen ataque, viajó extensamente para afirmar su presencia, para entrar en contacto con el mayor número posible de gente, para afianzar lo que había conseguido en Belchi, el perdón del pueblo. En la estación de Agra, el recibimiento fue tan triunfal que hubo una estampida que se saldó con varios heridos. En todas partes, empezaba disculpándose por haber perjudicado a tanta gente, pero también recordaba los logros del estado de excepción, sobre todo en economía y en seguridad, dejando bien sentado que había sido ella quien había convocado elecciones, y que al ser derrotada había aceptado con caballerosidad el veredicto del pueblo. Luego se lanzaba a denunciar los errores del adversario. En efecto, el nuevo gobierno se veía incapaz de frenar la inflación, que de nuevo se estaba desbocando, y de controlar el mercado negro. Era una coalición dispar, que ya mostraba signos de resquebrajarse.
Sus viajes triunfales a Belchi y a Rae Bareilly irritaron a ese gobierno débil, cada vez más alarmado ante el espectáculo de las masas venerando a su archienemiga. Era necesario hacer algo. El 15 de agosto de 1977, día de la independencia, la policía arrestó a su secretario, el repeinado R. K. Dhawan, así como a su antiguo ministro de Defensa, el regordete Bansi Lal, ambos compinches de Sanjay. Se estrechaba el cerco.
Sonia tenía miedo. Rajiv estaba teniendo problemas en el trabajo, parecía que la dirección no quería renovarle la licencia para seguir pilotando los Boeing 737. Olía a represalia. Su posición clara en contra del estado de excepción no era tenida en cuenta por la empresa, a pesar de tener una reputación intachable y apolítica entre sus colegas de trabajo. A los contratiempos en Indian Airlines vino a añadirse una inspección que el ministerio de Hacienda abrió contra Rajiv. La inspección también atañía a Sonia, que por hacer un favor a su cuñado había firmado en 1973 documentos que la habían hecho propietaria de acciones de una empresa ficticia, Maruti Services Limited. Aquello, que ya había causado una violenta discusión entre los hermanos y tensión en el matrimonio, fue utilizado como munición por el gobierno, empeñado en demostrar oscuros tejemanejes financieros que en realidad nunca habían existido. Sonia, por ser extranjera, no tenía derecho a poseer acciones ni a ejercer ningún cargo remunerado en una empresa india sin la aprobación del Banco Central, aprobación que de todas maneras nunca existió. Por lo tanto no había habido infracción. Pero ahora Rajiv se veía obligado a demostrar que su mujer no había cobrado una sola rupia de la Maruti y que siempre había estado desvinculada de esa empresa. A lo máximo que podrían condenarla era a una multa. El tiempo que Rajiv no dedicaba a volar lo dedicaba a declarar, a buscar papeles antiguos, o si no a obtenerlos de nuevo, a sufrir un auténtico vía crucis teniendo en cuenta lo enmarañado de la burocracia india. Pero se mantuvo sereno en todo momento. Tenía la conciencia tranquila, lo de Sonia era una nimiedad y él siempre había pagado sus impuestos religiosamente. A la italiana le perturbaba la idea de que intentasen alguna maniobra sucia con documentos falsificados, por ejemplo. El miedo era corrosivo y conseguía deformar la percepción de la realidad. «¿Y cuál era la realidad?» Indira tenía las ideas claras: «Esto es una guerra de nervios, una guerra psicológica. Hay que aguantar, nada más.» Sonia no quería añadir más paranoia al ambiente, pero el pensamiento de que podían pagar justos por pecadores la azoraba. Cuando veía a su marido salir de casa para declarar en las vistas de la Comisión Shah, se le hacía un nudo en el estómago, y hasta que no volvía a casa y lo veía sano y salvo, no se relajaba. Esas vistas eran una prueba muy penosa porque se desarrollaban en un ambiente desorganizado y hostil que recordaba a los tribunales populares chinos más que a una corte de justicia. Rajiv volvía siempre agitado. Contaba que la sala estaba a rebosar de gente que vociferaba con gran animadversión mientras algunos comían o dormitaban en el mismo suelo. Los abogados, vestidos con togas negras y pecheras blancas, estaban sentados detrás de mesitas llenas de papeles atados por un cordel, bajo ventilado res que hacían volar los documentos sueltos. Una fotografía amarillenta de Gandhi decoraba las paredes. Cada vez que él o su hermano intentaban defenderse, un abucheo enorme ahogaba sus palabras. El público no les dejaba hablar. Apenas podían distinguir el rostro del Juez Shah, tras las filas de tomos del código penal indio y de los legajos que cubrían su mesa. Fuera de la sala, otros curiosos seguían las vistas a través de altavoces. Obviamente Sanjay era quien despertaba mayor inquina. Cada vez que entraba en la sala de vistas, era recibido por fuertes silbidos e insultos. Varias veces la tensión provocó auténticas batallas campales entre sus detractores y sus seguidores. Una de las sesiones acabó en plena algarabía, con cruce de sillas metálicas e intercambio de puñetazos. Sonia entendía lo duro que para Rajiv debía resultar soportar eso, él que siempre había aborrecido la confrontación y siempre había procurado llevar una existencia discreta. Pero, aparte de lo injusto de la situación, tanto Rajiv como Sonia estaban sobre todo alarmados por la repercusión de tanta hostilidad sobre sus hijos.