Sanjay y Maneka, si bien eran ellos el centro de los ataques, se lo tomaban sin embargo mucho más deportivamente, en el sentido tanto figurado como real de la palabra. El 3 de octubre de 1977 estaban jugando al bádmington en el césped del jardín del número 12 de Willingdon Crescent cuando, a las cinco de la tarde, oyeron llegar un coche de policía. Dos individuos llamaron a la puerta. Uno de ellos era un sij, alto, con turbante rojo y excelentes modales. Indira, que estaba departiendo con sus abogados, le abrió la puerta.
– Mi nombre es N.K.Singh, de la dirección del Servicio de Inteligencia -dijo el sij, apretando las manos nerviosamente-. Venimos a informarle de que está usted arrestada -dijo mirando al suelo.
– ¿Quiere decir que me llevan a la cárcel?
– Sí… -balbuceó el hombre, visiblemente intimidado.
– Será una buena oportunidad para descansar -soltó Indira.
En realidad, llevaba tiempo esperando este momento, como lo esperaba el país entero.
– ¿Se puede saber de qué se me acusa?
El hombre le leyó los cargos. La acusaban de haber coaccionado a dos empresas para que donasen ciento catorce todoterrenos para la campaña del Partido del Congreso y luego venderlos al ejército, lo que sugería cohecho. También de haber otorgado un contrato a una empresa que había sacado a concurso una oferta más cara que otras, lo que sugería corrupción. Indira alzó los ojos al cielo: era todo mentira. «¡¿Eran ésos los horrores de la Emergency?!», pensó para sus adentros.
– Mañana tiene usted cita en el tribunal y allí la llevaremos -dijo el hombre.
– Quiero ver la orden de arresto.
El hombre le entregó unos papeles. Indira prosiguió:
– Si no le importa, voy a consultarlo con mis abogados. Espere un momento, por favor.
Se metió en casa con los documentos. Salió una hora después.
El oficial sij esperaba fuera, sentado en un escalón de la entrada.
– Aquí falta el First Information Report -dijo Indira-. No pienso moverme hasta que todos los papeles estén en regla.
– Señora, no servirá de nada hacerme el trabajo más difícil de lo que ya es.
– No se preocupe, aquí estaré cuando vuelva.
– Está bien, mandaré a un oficial a por el papel que falta.
– Puede usted esperar dentro si lo desea.
El hombre entró, entre agradecido e incómodo. La casa estaba rodeada de policías y numerosos curiosos empezaban a acercarse. Sanjay y Maneka habían abandonado su partido y se habían encerrado en su cuarto. Usha, que se enteró inmediatamente de lo que había ocurrido, acudió rauda a Willingdon Crescent. «Cuando llegué, vi una escena que me entristeció. Antes, el cordón de policía servía para proteger a la primera ministra de posibles altercados y manifestaciones. Ahora estaba allí para impedir el paso de la gente y arrestarla.» Usha consiguió penetrar en el interior. Indira entraba y salía de su habitación, muy atareada. Se alegró mucho de verla.
– Usha, ¡qué bien que estés aquí! Por favor, ¿por qué no ayudas a Sonia a preparar mi bolsa de viaje?
Sonia estaba en el cuarto de Indira, con ropa de su suegra desplegada sobre la cama. Esta vez no sabía muy bien qué meter dentro. Éste no era un viaje como los demás.
– ¿Dónde la van a llevar? -inquirió Usha.
– No lo sé, no lo han dicho -respondió Sonia.
– Mejor le metemos un chal, quizás se la lleven a algún sitio en las montañas.
– Confío en vosotras para que me arregléis bien el pelo -dijo Indira desde el pasillo-. Quiero estar lo más guapa posible.
– No te preocupes por eso -le dijo Sonia, que ya sabía que a su suegra no le gustaba nada ir descuidada, ni siquiera en el interior de casa. Pero ese afán de acicalamiento, que parecía que iba a una boda en lugar de a la cárcel, era inaudito. «Dios mío -se dijo Sonia-. ¡Y a una cárcel india!… ¿Por qué quiere ir tan peripuesta?», se preguntaba.
– La señora Gandhi es así -le dijo Usha.
Mientras le elegían un sari, Indira llevaba a la cocina algunos documentos que consideraba peligrosos si caían en manos de la policía o del Servicio de Inteligencia. El cocinero se encargaba de destruirlos de una manera muy peculiar, utilizando la máquina de hacer pasta de Sonia como trituradora.