Aunque los teléfonos estaban cortados, Sanjay y los abogados se las arreglaron para dar la voz de aviso a compañeros del partido, que a su vez avisaron a la prensa. Periodistas con cámaras de televisión, seguidores del Youth Congress de Sanjay y una multitud creciente de curiosos fueron a agolparse contra el cordón de policía.
El oficial sij, en el vestíbulo, seguía esperando a Indira, cada vez más nervioso. No le gustaba nada el circo que se estaba montando alrededor de la casa. De todas las misiones que le habían encomendado a lo largo de su carrera, ésta era quizás la que más le repelía. A nadie le gusta arrestar a una diosa. Estaba intranquilo e indeciso. Procuraba hacerse el simpático con Priyanka y Rahul, pero los niños le respondían con miradas hostiles.
Por fin, a las ocho de la noche, apareció Indira, bien maquillada y mejor peinada, vestida con un precioso sari blanco con borde verde que Usha y Sonia le habían elegido. Era la imagen misma de la distinción. El oficial sij no salía de su asombro, eso era como arrestar a una abuela elegante… Encima, cuando Indira salió de casa, en el jardín fue recibida con vítores y con una lluvia de pétalos de flor. En ese momento, se volvió hacia el oficial sij:
– Quiero que me ponga las esposas -le dijo.
N. K. Singh se quedó perplejo, con la boca entreabierta. «¡Ahora la abuelita le pedía esposas!», pensó horrorizado.
– Señora, por favor…
– Quiero salir esposada de mi casa. ¿No estoy detenida?… Pues póngame las esposas.
Sonia, que la seguía a escasa distancia con su marido y su cuñado, estaba igual de pasmada que el sij. El policía, al borde del ataque de nervios, fue a consultar con sus colegas. Volvió a los pocos instantes.
– Señora, no la vamos a esposar.
– Si no me esposan, no me muevo. Aquí me quedo.
– Señora, por favor, no me ponga en un aprieto… -dijo avergonzado-. No estoy autorizado a esposarla. Haga el favor de seguirme o la tendremos que llevar a la fuerza.
Ante la determinación del sij, Indira cedió y siguió a los policías, mientras la multitud en la calle le lanzaba flores y la aclamaba. Rajiv, antes de abandonar la casa con Sonia, pidió a Usha el favor de quedarse cuidando de los niños. No sabía lo que tardarían en regresar.
Antes de meterse en el coche, Indira se dirigió a un grupo de periodistas. «Tenía que haber ido mañana a Gujarat a visitar unas comunidades tribales. Os pido que por favor transmitáis mis disculpas al pueblo de Gujarat.» Preguntada por su detención, declaró: «He intentado servir a nuestra patria de la mejor manera posible. Los cargos presentados contra mí carecen de base. Éste es un arresto político.»
El coche arrancó, precedido de un jeep militar y seguido de una caravana de vehículos en los que viajaban sus hijos y nueras, simpatizantes y reporteros. Atrás, los niños quedaban llorando, a cargo de Usha. La historia se repetía de nuevo en la dinastía de los Nehru, como cuando la policía venía a arrestar a Jawaharlal y su hija intentaba impedirles el acceso.
No la llevaron a la infame cárcel de Tihar, donde ella había mandado encerrar a las maharaníes de Gwalior y de Jaipur y a tantos otros. Su «prisión» fue en realidad el dormitorio de una comisaría de policía, espartano y relativamente limpio. Muy digna, se despidió de sus hijos y de sus nueras a la entrada. Irradiaba serenidad, porque intuía que a esta hora la noticia de su arresto, como si de un criminal común se tratase, viajaba ya por boca del pueblo a los rincones más alejados de su inmenso país. Sabía que si conseguía darse una imagen de mártir -razón por la cual había pedido las esposas-, ganaría la partida. Sonia, ajena a esta maniobra, la veía con una pena inmensa y hacía esfuerzos sobrehumanos para contener las lágrimas. Los Nehru no eran efusivos, y menos en situaciones así. Tampoco ella podía hundirse ahora. Los policías de guardia se cuadraron ante Indira cuando entró en su «cárcel». Les costaba asimilar que la tenían de huésped aquella noche. Era el mundo al revés. En el interior, le ofrecieron comida pero ella la rechazó. Temía ser envenenada. Se tumbó en la litera de su «celda» y estuvo leyendo largo rato una novela que Usha y Sonia le habían metido en la bolsa. Durmió profundamente y al alba ya estaba vestida, duchada y lista para enfrentarse al tribunal
A las nueve de la mañana, Rajiv la esperaba en la puerta del palacio de justicia, en Parliament Street, el centro de Nueva Delhi, acompañado de un abogado. Esa mañana no estaban los habituales vendedores de sarnosas y de jugo de caña, ni los escribanos que por unas rupias escribían cartas o alegatos a los pobres analfabetos enzarzados con la justicia. La noticia del arresto de Indira había causado tal conmoción que a esa hora el edificio estaba completamente rodeado de gente apretujándose. Esta vez, la coalición Janata había mandado a sus propios manifestantes. Sanjay llegó al frente de los suyos, de modo que cuando Indira entró en el edificio, lo hizo escuchando gritos de: «¡Larga vida a Indira Gandhi!», por un lado, y «¡Colgadla!», por otro. Pero ella aguantó, estoica, y en ningún momento agachó la cabeza, ni siquiera cuando le lanzaron una revista que pasó volando a escasos centímetros de su cabeza.
En el interior de la sala diáfana, Indira rechazó la silla que le ofrecieron y se mantuvo casi dos horas de pie, escuchando las discusiones sobre los cargos que se le imputaban. Al arreciar el calor, un bedel mal afeitado vestido con un dhoti blanco y sucio dio una palmada para ordenar que se pusieran en marcha los ventiladores colgados del techo. Las palas empezaron a girar con lentitud, chirriando para desperezarse. La brisilla hizo temblar el faldón del sari de Indira, que sintió un poco de alivio. Estaba casi desmayada por el esfuerzo de mantenerse de pie con ese calor. Pero sabía que el gesto de haber rechazado una silla estaba siendo susurrado de boca a oreja por cientos, miles y quizás más tarde, por millones de compatriotas… «¡Se mantuvo de pie!», «¡Rechazó la silla!»… frases sencillas que moldeaban su figura mítica en el imaginario popular.
Afuera, simpatizantes y detractores llegaron a las manos. La policía intervino cargando con sus lathis, largos palos de bambú y, más tarde, con gases lacrimógenos.
Al final, el magistrado declaró a Indira inocente y la absolvió. Acto seguido, ordenó su libertad incondicional, sentenciando: «No hay pruebas para confirmar las bases de la acusación.» Sanjay salió corriendo, gritando: «¡Caso sobreseído! ¡Está libre!», lo que provocó la euforia de unos y la rabia de otros, que volvieron a enzarzarse. La policía se vio obligada a lanzar más botes de gas lacrimógeno. Indira salió de la sala del tribunal con los ojos enrojecidos y tapándose la nariz, pero feliz porque había ganado. Rajiv estaba muy excitado: «Ni siquiera mamá hubiera podido soñar con un mejor desenlace», declaró a un periodista.
En efecto, la farsa de su arresto consiguió que la noticia fuese portada de todos los periódicos nacionales y buena parte de los internacionales. El gobierno consiguió que Indira pareciese una víctima de una administración incompetente. Consiguió el efecto adverso de lo que buscaba: encauzó a Indira en el camino de su total rehabilitación política.
Sonia empezaba a entender el porqué del afán de su suegra de ir inmaculadamente ataviada. Había conseguido proyectarse como una mártir de la justicia. Admiraba ese afán de lucha y al mismo tiempo el desapego de su suegra hacia los beneficios del poder; ahora estaba segura de que Indira volvería a la cúspide, aunque sólo fuese por limpiar su nombre y ser de nuevo el orgullo de los suyos, sobre todo de sus nietos que adoraba. Sonia la entendía porque ambas compartían un sentido muy profundo e intenso de la familia. Sin embargo, no veía el otro lado del carácter de su suegra, porque nunca le había atraído el poder. Para Indira, era una especie de droga. ¿No había dicho el propio Kissinger que el poder era el mejor afrodisíaco que existía? De ser una niña feúcha y solitaria, luego una mujer frágil y delicada de salud, el poder había hecho de Indira una luchadora formidable, dura y tenaz. Tenía el gusanillo muy dentro de sí, y lo sentía agitarse cada vez que la posibilidad de alcanzarlo, por muy remota que fuese, despuntaba en el horizonte.