Así que no perdió un segundo, sabía que tenía que aprovechar el momento. De nuevo Sonia la ayudó a preparar su bolsa de viaje, y esta vez para largo porque Indira quería recorrer el país entero. En Gujarat, se dirigía a la gente desde pequeñas plataformas erigidas a varios kilómetros las unas de las otras. Según transcurría el día, las guirnaldas de jazmines y margaritas iban acumulándose en el cuello hasta taparle parte del rostro. Se quitaba el pesado fardo antes de entrar en las chozas de los aborígenes donde compartía su comida, sobre hojas de platanero, hablando con ellos de sus problemas: la cosecha, la educación, la falta de atención sanitaria, etc. Una noche, mientras iba en coche atravesando un bosque, pidió al chófer que se detuviera. Había oído una voz. Unos minutos más tarde surgió un aborigen, un hombre medio desnudo con el pelo hirsuto y la piel renegrida. Llevaba en la mano una guirnalda de flores. «Madre, llevo diez años esperando verla», le dijo en su dialecto mientras le ponía el collar.
No siempre el recibimiento era triunfal o afectuoso. El escritor Bruce Chatwin, que la acompañó durante parte de esa gira, estaba en un coche que fue confundido con el de Indira. Una piedra rompió el parabrisas e hirió al conductor. Otra atravesó su ventanilla y las astillas de los cristales le hicieron al escritor una herida en el hombro. «Eso es lo que les suele pasar a los que andan a mi lado», le dijo Indira, que le llevó a su cuarto a comprobar si la herida estaba debidamente vendada. En otra ocasión, en el estado de Kerala, Chatwin fue testigo de cómo una multitud de un cuarto de millón de personas, totalmente empapadas por la lluvia, se acercaron a escucharla cuando ya había caído la noche. Indira se situó en un balcón del último piso de un edificio, sentada en una silla que había sido colocada encima de una mesa. Se puso una linterna entre las rodillas, dirigiendo la luz hacia su cara y torso. Y empezó a mover los brazos y a hablar, mientras sus simpatizantes la confundían con Lakshmi, la diosa cuyos numerosos brazos movía de forma ondulante. La comparación no era baladí: Lakshmi era la diosa de la riqueza. Después de un buen rato, se dirigió a Chatwin, que estaba sentado abajo en la mesa.
– Señor Chatwin, páseme unas cuantas nueces de anacardo más -dijo agachando la cabeza hacia él. El escritor le tendió un puñado, y se quedó perplejo al oír a Indira añadir-:… No tiene usted idea de lo agotador que es ser una diosa.
24
El primer ministro Morarji Desai reconoció el error que había supuesto arrestar a Indira, y no estaba dispuesto a repetirlo, a pesar de los informes de la Comisión Shah que proclamó que la decisión de imponer el estado de excepción había sido inconstitucional y fraudulenta por no existir «evidencia de peligro a la integridad de la nación», una conclusión discutible. Entre los males que había provocado la Emergency, el Juez Shah destacó la detención de miles de personas inocentes y una «serie de acciones ilegales que resultaron en miseria y sufrimiento humanos». El inconveniente es que la conocida tendencia pro gubernamental del juez restaba credibilidad al informe de la Comisión Shah. Era una interpretación muy subjetiva de la evidencia, y además no era vinculante.
De modo que se olvidaron de Indira para concentrarse en su hijo, que no estaba legalmente a salvo, aunque nunca pudo probarse que hubiera desvío de fondos públicos o cohecho en el negocio del Maruti. El caso más problemático que pesaba sobre Sanjay era una denuncia por haber destruido una película satírica llamada La historia de dos sillones, en referencia al poder que él y su madre acapararon durante el estado de excepción. La realizadora de la película había apelado al Tribunal Supremo para conseguir que el juez diese el visto bueno a la censura y obtener así el certificado de exhibición del film. Pero entonces Sanjay y su compinche el ministro de Información habían mandado destruir las copias y los negativos en un acto que subvertía el proceso de la justicia. Por eso fueron condenados.
Así que Sonia fue de nuevo testigo del arresto de otro miembro de la familia, esta vez el de su cuñado. Fue mucho más rápido que en el caso de Indira. En cinco minutos se lo llevaron esposado a la infame cárcel de Tihar, donde él mismo había mandado a tantos opositores a su madre. Indira, que estaba viajando por el sur, cogió el primer avión de regreso a Delhi. Fue directamente a verlo a la cárcel y se encontró allí con toda la familia y con un nutrido grupo de periodistas y equipos de televisión. El abrazo que dio a Sanjay dio la vuelta al mundo, así como sus consejos: «No te desanimes, sé valiente, esto va a suponer tu renacimiento político. Y no te preocupes, recuerda que yo, mi padre, todos hemos pasado por la cárcel» Indira temía el efecto que la prisión pudiera tener sobre Sanjay. «Lo que me da miedo -confesó a Rajiv y a Sonia- es que le agredan físicamente.»
A pesar de las tensiones, la familia reaccionaba como una piña ante la adversidad. Sonia se comprometió a preparar a su cuñado una comida al día que Maneka le llevaba a la cárcel. La joven esposa estaba excitada con la nueva situación. Le parecía que estaban viviendo una aventura increíble y en el fondo se regodeaba en su nuevo papel porque se sentía más necesaria que nunca ante su marido.
A lo largo de 1979, Sanjay fue encarcelado seis veces, aunque no pasó más de cinco semanas encerrado. Le ocurrió como a su abuelo Nehru: la cárcel le hizo sacar lo mejor de sí mismo. No tenía ningún prejuicio en mezclarse con todo tipo de reos; organizaba torneos deportivos, juegos de equipo y turnos de limpieza de las instalaciones. Cuando algún prisionero caía enfermo, Sanjay se ocupaba de cuidarlo. Si lo estimaba necesario, pasaba horas sentado junto a él Nada más ingresar en cualquiera de los centros penitenciarios, se convertía en su líder indiscutible.
Mientras Sanjay sobrevivía entrando y saliendo de la cárcel y de los tribunales, su madre hacía acopio de fuerzas, convencida como estaba de que podría recuperar el poder, y con él la seguridad y la dignidad para ella y su familia. Estaba dispuesta a luchar como una leona para proteger a sus cachorros. De madre leona fue el mensaje que mandó a Sanjay el día de su cumpleaños en la cárceclass="underline" «Recuerda, todo lo que hace fuerte, duele. Algunos quedan aplastados o lisiados, muy pocos se crecen. Sé fuerte en cuerpo y mente y aprende a tolerar…»
Indira estaba intentando recomponer su base, es decir el partido, que estaba dividido entre los incondicionales, dispuestos a seguirla hasta los confines de la tierra, y los que achacaban a Sanjay la responsabilidad de la debacle de 1977 y que no lo querían en la organización. A esto había que añadir los numerosos ministros que la habían traicionado ante la Comisión Shah, confesando mentiras a cambio de inmunidad jurídica. En esas circunstancias, recomponer el partido se hacía imposible. Entonces Indira cortó por lo sano. Decidió escindir la organización y quedarse sólo con los muy leales. Se convirtió así en presidenta del Congress (I) -la I por Indira- y el logo elegido fue la palma de una mano, como una bendición. A sus leales, les exigió también lealtad hacia su hijo. «Los que atacan a Sanjay me atacan a mí», había declarado en varias ocasiones. Su querencia por el poder la empujaba inconscientemente a perpetuarse en él, de ahí que la figura de Sanjay alimentase sus ambiciones dinásticas.
Sonia pensaba que ya había vivido lo peor con las detenciones, el hostigamiento, la persecución fiscal a su marido, pero desde el momento en que Indira anunció la creación de su nueva formación política, la vida en Willingdon Crescent se hizo mucho más irritante e incómoda. Era una casa abierta día y noche. La gente llegaba a cualquier hora para visitar a Indira. Los miembros de su partido, con expresiones que pasaban de la euforia a la angustia, entraban y salían como Pedro por su casa. De pronto se reunían en secreto, se organizaban, planificaban nuevas estrategias, decidían qué tácticas emplear en cada circunscripción. A todo esto, había que añadir las frecuentes visitas de abogados que seguían guiando a Indira y Sanjay por los vericuetos de la justicia. De pronto Sonia encontraba en el comedor a miembros de los servicios secretos que venían a interrogar a su suegra o a su cuñado. Ya no sabía si la gente que pululaba por las habitaciones eran aliados o enemigos. No daba abasto preparando tés y tentempiés para las numerosas visitas que Indira recibía en el césped, bajo unas carpas improvisadas en el jardín o en la entrada de casa, que a veces parecía la sala de espera de una estación de tren. Indira parecía feliz con tanto trajín; la promiscuidad no la molestaba. Estaba en su elemento, en el ambiente en que se había criado de niña. Además contaba con la presencia de Sanjay que, si no estaba en la cárcel o con sus abogados, trabajaba muy pegado a ella, viendo la manera de utilizar el Youth Congress para boicotear el funcionamiento del actual gobierno del Partido Janata.