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– Me recuerda a los días de Anand Bhawan cuando preparábamos alguna acción de protesta… -decía Indira encantada a Sonia, que estaba al borde del llanto.

Ni ella ni Rajiv soportaban la falta de privacidad. Más de una vez, les ocurrió encontrarse en su cuarto a miembros del partido discutiendo acaloradamente porque no habían encontrado un sitio mejor para hacerlo. El ambiente desorganizado y revuelto, las amenazas constantes y el porvenir incierto les crispaba los nervios. Ésa no era la vida que habían elegido para ellos y sus hijos. Ahora ni siquiera sus amigos podían venir a verlos. ¿Dónde los recibirían? Tanto barullo le hacía temer a Sonia por la seguridad de los pequeños. «¿Y si se cuela alguien en casa con intención de secuestrarios o hacerles daño?», se preguntaba. Además, le preocupaba el efecto que las tensiones familiares tendrían sobre ellos. Sonia y Maneka habían dejado de hablarse porque esta última seguía sin colaborar en las tareas domésticas. Pupul, que fue una testigo privilegiada de esa época, escribió: «Es increíble que, en esas condiciones caóticas, Sonia pudiese encargarse de todas las tareas domésticas sin venirse abajo.»

El siguiente paso que dio Indira fue presentarse a las elecciones por una pequeña circunscripción del sur. Le habían llegado rumores de que el gobierno Janata estaba preparando una ley para imponer penalizaciones a los políticos que hubieran cometido crímenes contra el pueblo, como la prohibición de votar y de ser elegido. Si Indira conseguía entrar en el Parlamento, tendría la seguridad de que semejantes medidas no la afectarían al estar protegida por la inmunidad parlamentaria. Había elegido la circunscripción con sumo cuidado. Chikmaglur era un pequeño distrito en las colinas verdes de Karnataka, un estado en el suroeste de la India, donde en el siglo XVII un santo musulmán llegado de La Meca plantó unas semillas rojas desconocidas hasta entonces. Fue el principio del cultivo del café, que seguía vigente tres siglos después. Para Indira, era un área perfecta: más de la mitad del electorado estaba compuesto por mujeres, de las cuales la mitad pertenecían a las denominadas «castas bajas». En total, más de la mitad de la población vivía bajo el umbral de la pobreza. La zona era también un bastión del Congress. Su diputado por el distrito, que dimitió para ceder el puesto a Indira, era un viejo líder muy respetado.

Las pequeñas aldeas encaramadas en las colinas estaban rodeadas de una exuberante vegetación semitropical. Indira disfrutaba de ese paisaje bucólico. Visitó las plantaciones de café para hablar con los recolectores y sus familias. Era gente sencilla, satisfecha con lo poco que tenían, aislada de la vida política del resto del país. Indira descubrió que las noticias de su derrota de 1977 no habían llegado todavía al interior de la comarca. Una anciana recolectora ni siquiera se había enterado de que ya no era primera ministra. Cuando le dijeron que podía acabar en la cárcel si se probaban los cargos contra ella, la anciana preguntó con lágrimas en los ojos: «¿Qué cargos?», como si los grandes de este mundo no pudiesen hacer nunca nada malo. Aquellas gentes eran ingenuas e inocentes.

Indira no dejó una sola aldea sin visitar. En todas partes, la acogida era muy cálida. Las mujeres se acercaban a acariciarle la cara porque nunca habían visto una piel tan clara. Captaban en sus ojos un entendimiento tácito sobre lo que representaba ser mujer, acarrear el peso de los partos, los niños, el hambre y la muerte. Las más mayores le agradecieron que su gobierno hubiera puesto en marcha programas de ayuda gracias a los cuales fueron capaces de comer arroz por primera vez. Antes, sobrevivían de la recolección de trigo silvestre y muchas no tenían ni para vestirse, iban cubiertas de hojas de banano. Así de remoto y atrasado era Chikmaglur; así de agradecidas eran sus mujeres.

Mientras sus rivales hacían discursos sobre democracia frente a dictadura y recordaban los excesos del estado de excepción, Indira hablaba de la espiral de precios, la escasez de alimentos básicos y la creciente pobreza. En aquel lugar, la Emergency no se había notado. Por si fuera poco, sus contrincantes le allanaron el camino al pifiarla de una manera que sólo hubiera podido darse en la India. En un mitin multitudinario, colocaron un enorme cartel en el que Indira estaba representada en forma de cobra amenazante. Abajo, un texto decía: «Ojo, en estas elecciones una poderosa cobra va a erguirse.» El efecto fue totalmente contraproducente. Los autores de la campaña ignoraban que en Karnataka se veneraba a la cobra, considerado un animal protector de la tierra. Otro cartel mostraba flechas del partido Janata matando a una serpiente llamada Indira. Pero en Chikmaglur, matar a una cobra era considerado de pésimo agüero.

Llovió a cántaros el día de la convocatoria electoral. Aun así, tres cuartas partes de la población acudió a depositar su papeleta. Indira regresó a Nueva Delhi y dos días después, mientras estaba con Sonia y Rajiv en la embajada de la Unión Soviética celebrando el día nacional de la URSS, fue informada de que había ganado por un amplio margen de setenta mil votos. El embajador alzó una copa para brindar por la victoria de Indira. En dos años, la mujer que había sido vencida en las urnas de manera humillante regresaba como diputada al Parlamento por una remota circunscripción del sur.

Cuatro días después, Indira volaba a Londres. Había conseguido un pasaporte diplomático para ella y había querido que Sonia la acompañase. Era la única que podía hacerlo, por disponer de pasaporte italiano. Lo había hecho para que su nuera cambiase de aires y además porque era una manera de agradecerle su dedicación a la familia. En los últimos tiempos, la discordia en casa había alcanzado el paroxismo. El comportamiento errático y descontrolado de Maneka era una fuente de tensión constante. Reaccionaba ante la presión y la incertidumbre estallando en frecuentes ataques de cólera contra todo el mundo, incluido su marido. En una de esas peleas, Maneka se quitó el anillo que Indira le había regalado en su boda y lo tiró al suelo con rabia.

– ¿Cómo te atreves a hacer eso? -saltó Indira-. ¡Ese anillo perteneció a mi madre!

Maneka se fue dando un portazo y Sonia se agachó para recogerlo.

– Lo guardaré para Priyanka -dijo, y en efecto, años más tarde, su hija luciría el anillo de su bisabuela.

El matrimonio de Sanjay y Maneka era explosivo, lo contrario que el de Rajiv y Sonia. En ese curioso hogar, la italiana se comportaba como una perfecta nuera india, y la india como una napolitana exuberante. «En casa reina el caos -confesó Indira a su amiga Pupul-. Pero Maneka tiene apenas veintiún años… Le esperan largas condenas de reclusión a Sanjay. Hay que entenderla y perdonarle su histeria.» La caza de brujas había conseguido que todos tuvieran que pagar un alto precio en desgaste nervioso, hasta el propio Sanjay, en quien habían hecho mella las treinta y cinco querellas criminales presentadas contra él por el Partido Janata en dos años. Un día, mientras la familia desayunaba en casa con unos parientes que estaban de visita, Sanjay protestó porque los huevos no estaban cocidos como lo había indicado y tiró el plato al suelo. Sonia era quien se los había preparado, así que salió de la habitación enfadada. Indira no pronunció una sola palabra de crítica hacia su hijo, aunque se la veía claramente molesta.