Cuando Sonia no podía más, se iba con sus amigas, una de ellas decoradora y otra editora, a comer a un pequeño restaurante chino de Khan Market o al American Embassy Club donde no la reconocían. O salía al jardín con una azada en la mano a cuidar de la huerta. El brécol que había conseguido cultivar causaba sensación entre sus conocidos.
Los diez días del viaje a Londres no fueron vacaciones, pero a Sonia le sentó bien estar fuera de casa. Londres le traía recuerdos de una época muy feliz en su vida. Pensaba que se alejaría del ambiente insoportable de la política india, pero no fue así. La política les perseguía. Indira había aceptado ese viaje para rehabilitar su maltrecha reputación internacional, y fue recibida con gran expectación y mucha desconfianza. Le avisaron de que podría encontrarse con audiencias hostiles en los distintos actos a los que asistiría, de modo que en la primera reunión con parlamentarios, Sonia se temió lo peor.
– Señora Gandhi, ¿qué falló en su estado de excepción? -le preguntó un diputado sin preliminares ni rodeos.
Hubo un largo silencio. Indira se levantó, ajustó el faldón de su sari, y cogió el micrófono.
– Conseguimos enajenar a casi todos los sectores de la comunidad simultáneamente -respondió de manera sencilla y directa.
Su franqueza causó una risotada general y disolvió la tensión del ambiente. Entre los asistentes estaba una mujer que, si bien se encontraba en el lado opuesto del espectro ideológico de Indira, le profesaba una gran admiración. Se trataba de Margaret Thatcher, que estaba a punto de convertirse en primera ministra. Quizás, por ser mujer, entendía la mezcla de fragilidad y firmeza de Indira y comprendía muchas de sus reacciones en el ejercicio del poder. La futura «Dama de Hierro» no tenía reparos en admitir que se encontraba frente a una maestra. Aquel viaje sirvió en gran parte para que Indira recuperase sus credenciales democráticas.
Entre encuentros con la prensa, con representantes de comunidades indias y visitas a políticos ingleses -que irritaban sobremanera al embajador indio- apenas hubo tiempo de ir al teatro y al cine, de hacer compras en Woolworth's y de buscar libros en la famosa librería Foyle's. Esos paseos fueron para Sonia un auténtico bálsamo. En esas calles brillantes de lluvia nadie la reconocía, se sentía segura, no tenía que estar pendiente de la escolta, podía desplazarse a pie y no depender siempre del coche… ¡Qué lujo! A pesar de todas las dificultades de los últimos tiempos, su relación con su suegra era más estrecha que nunca. Sonia no tenía reparo en reconocer que la quería como a una madre. Aunque Indira no lo mostraba abiertamente, su preferencia por Sonia era notoria. Le inspiraba una confianza que nunca podría inspirarle Maneka. Pero a pesar de ello, siempre la defendía, por lo menos en público. «Maneka soporta una gran presión», decía disculpándola. Lo cierto es que Maneka trabajaba con ardor en la causa de su suegra. Había conseguido destapar un escándalo que había afectado al Partido Janata. Fotógrafos de su revista Surya habían conseguido imágenes del hijo del primer ministro, un hombre casado de cuarenta años, en la cama con una adolescente. En un país de hábitos tan pudorosos, ese escándalo tuvo el efecto de poner en ridículo la persecución del Partido Janata contra Sanjay y al propio primer ministro. Maneka estaba muy orgullosa de haber aportado su grano de arena en esta batalla. Pero en su fuero interno, sentía que nunca ocuparía el lugar que ocupaba Sonia en el corazón de Indira, y eso la perturbaba.
Mientras caminaban por Oxford Street, haciendo compras de última hora para los niños, ni Sonia ni Indira podían imaginar que en Nueva Delhi el gobierno estaba haciendo un último y desesperado esfuerzo por derribarla de nuevo. A medida que se afianzaba su resurrección política, se multiplicaban comisiones de investigación para intentar vincularla a toda clase de delitos. Las acusaciones iban de lo macabro a lo absurdo, de «conspirar para matar a un ex ministro» (que en realidad había fallecido de muerte natural) a «desviar fondos y enriquecerse ilícitamente» (lo que era obviamente falso). Quizás el más absurdo de los cargos fue el de haber robado cuatro gallinas y dos huevos, una acusación que la obligó, nada más volver de Londres, a viajar al lejano estado de Manipur, en el este de la India, un viaje de tres mil kilómetros, para presentarse ante el juez local. El caso fue sobreseído e Indira regresó a Nueva Delhi.
En el Parlamento, donde era recibida entre gritos y vítores, el Comité de Privilegio, un grupo que vigilaba el abuso de poder de los gobernantes, había presentado una moción contra Indira, acusándola de haber hostigado, cuando era primera ministra, a cuatro funcionarios que investigaban la Maruti Limited. El informe concluyó que era culpable, pero antes de que fuese tramitado ante la justicia, los cabecillas del Partido Janata decidieron castigarla, haciendo uso de su mayoría en la cámara. Aprobaron una resolución del Parlamento pidiendo que «Indira fuese encarcelada una semana, y en consecuencia expulsada de la cámara». Ahora los que estaban cometiendo abuso de poder eran los propios gobernantes. La condenaban antes de haber sido juzgada. Era puro revanchismo, que se explicaba por el miedo que tenían de verla resurgir. Una cosa era tener a Indira recorriendo el país, otra bien distinta era tenerla pregonando en el Parlamento. De modo que utilizaron una triquiñuela para sacarla: primero encarcelada, lo que no era del todo legal, para luego aplicar la ley que expulsaba automáticamente del Parlamento a todo el que estuviera condenado a alguna pena de prisión. En realidad, cruzaron la raya de la legalidad. y lo hicieron justo el día en que en Pakistán, el ex primer ministro Zulfikar Ali Bhutto se presentaba ante el Tribunal Supremo para defenderse de una condena a muerte dictada por un tribunal inferior y urdida por Zia Ul Haq, un general golpista que había organizado un simulacro de juicio. La sombra de esa sentencia injusta llegaba hasta Nueva Delhi amenazando a Indira y a su hijo. Si los gobernantes se saltaban las reglas del juego, todo se hacía posible en aquel ambiente de linchamiento. Al actuar de manera ilegal, los enemigos de Indira arramblaban con los últimos vestigios de la superioridad moral con la que habían asumido el poder como representantes de una nación traumatizada por la experiencia del estado de excepción. De pronto, eran ellos los que se convertían en tiranos que encarcelaban sin juicio, subvirtiendo así los deseos del electorado.
Bajo la bóveda del Parlamento, Indira se defendió con pasión y furia controladas: «Nunca antes en la historia de ningún país democrático un solo individuo, que lidera el principal partido de oposición, ha sido objeto de tanta calumnia, difamación y vendetta política por parte del partido en el poder.» Volvió a decir que sentía profundamente los excesos del estado de excepción: «Ya he expresado mis disculpas en muchos foros públicos y lo vuelvo a hacer ahora.» Sus palabras eran frecuentemente interrumpidas por un estruendo de vivas y abucheos que resonaban con fuerza en la cúpula cóncava del edificio:
– Soy una persona pequeña, pero siempre he sido fiel a ciertos valores y objetivos. Cada insulto contra mí se volverá contra vosotros. Cada castigo que me inflijáis me hará más fuerte. Mi voz no podrá ser silenciada porque no es una voz aislada. No habla de mí, una mujer frágil y sin importancia. Habla de cambios significativos para la sociedad, cambios que son la base de la verdadera democracia y de una mayor libertad.