Terminado el discurso, Indira se levantó y, dando la espalda a los diputados, caminó hacia la salida. Al llegar a la puerta, se dio la vuelta y les miró largamente. Unos estaban sentados con las piernas cruzadas, envueltos en sus kurtas de algodón blanco y en sus chales de pashmina, otros llevaban el gorro característico que usaba Nehru, otros el fez musulmán; muy pocos vestían a la occidental. Parecía una corte oriental antigua y abigarrada. Levantó el brazo, con la mano extendida que era el símbolo de su partido:
– ¡Volveré! -dijo.
Sonia había preparado una pasta exquisita para cenar. Además, de postre había crema de guayaba y pastelitos de mango de Allahabad, que le gustaban mucho a Indira porque le recordaban a su infancia. Llegó con una hora de retraso, agotada. Los rasgos de su rostro reflejaban la tensión que acababa de vivir.
– En cualquier momento vendrán a por mí… -les dijo a Rajiv y Sonia, antes de contarles lo sucedido en el Parlamento.
Sonia no consiguió probar bocado. Como ocurre muchas veces, las personas cercanas sufren más que las propias víctimas. El miedo volvió a apoderarse de su alma, mezclado con una desagradable sensación de inseguridad, como si estuvieran viviendo sobre arenas movedizas dispuestas a engullirlos a todos. De nuevo Indira sería arrestada, esta vez no dormiría en una comisaría, sino en la cárcel. Sus enemigos habían ganado una batalla. Rajiv y Sonia estaban abatidos.
– ¿Por qué no llamas a Priyanka y jugamos una partida de scrabble? -preguntó entonces Indira. Le encantaba jugar con su nieta, que era muy despierta y ganaba un buen porcentaje de veces… Qué mejor compañía que la de la niña de sus ojos en esos momentos de incertidumbre.
25
Al día siguiente, Indira fue arrestada a la salida del Parlamento, en medio de una enorme manifestación de apoyo y gritos de «¡Larga vida a Indira Gandhi!». Esta vez no pidió ser esposada. El furgón celular donde la introdujeron se abrió paso con gran dificultad entre la muchedumbre. Fue conducida a la cárcel de Tihar, cuya sola mención era capaz de amedrentar a los criminales más aguerridos. Pero contrariamente a las maharaníes de Jaipur y Gwalior, no fue encerrada en una celda en compañía de prostitutas y delincuentes comunes. La metieron en los mismos barracones donde había estado preso el jefe de la oposición cuando el estado de excepción. Estaba sola, todo un privilegio. Dos matronas se turnaban para vigilarla. Cuando le trajeron algo de comer, se negó a probar bocado.
– No pienso comer nada que no haya sido traído por mi familia -dijo de manera perentoria, sabiendo que sólo podía fiarse de las manos de Sonia. La matrona salió y fue a discutir con su superior. Como siempre en la India, fueron largas conversaciones que duraron un tiempo interminable.
Mientras tanto, Indira se dedicó a observar la celda. Se oía la algarabía del patio y de las otras internas. Era espaciosa y en general estaba mejor de lo que se había esperado. Disponía de un camastro de madera, sin colchoneta, y había barrotes en las ventanas, aunque carecían de cristal o persianas. Hacía mucho frío. A finales de diciembre, la temperatura puede bajar de cero por la noche.
Indira estaba tapando el hueco de la ventana con una manta para protegerse del frío y para procurar algo de intimidad cuando regresó la matrona.
– Tiene una visita.
Sonia y Rajiv la estaban esperando en el locutorio, una sala grande con paredes desconchadas, algunas mesas y sillas metálicas y mucha gente, la mayoría pobres, hombres jóvenes y huesudos que venían a ver a sus esposas y madres encerradas. La parte baja de las paredes estaba manchada de rojo, vestigio de los innumerables escupitajos de todos los que mascaban hoja de betel. Olía a orines y a incienso rancio. Como ya habían venido a visitar a Sanjay, estaban curados de espanto. Pero parecían muy afectados, y fue Indira quien tuvo que levantarles el ánimo.
– Estoy bien, de verdad. Voy a aprovechar para leer, me dejan tener hasta seis libros… vaya suerte -dijo con sorna-. Han hecho una especie de cuarto de aseo especial para mí y me podré duchar por la mañana con agua caliente. La celda está bastante limpia pero todo es indescriptiblemente feo, como podéis ver… ¿Cómo están los niños?
– Priyanka quería venir a verte, pero hemos pensado que… A Indira se le iluminó el rostro.
– ¡Oh, sí! -dijo sonriendo-. Traedla, es bueno que vea lo que es una cárcel. Nosotros los Nehru, desde pequeños, hemos ido a visitar a nuestros parientes a las cárceles… No hay que perder la tradición.
Se rieron. Como siempre, Indira no se dejaba vencer por la adversidad. Ni una sola vez dejó traslucir el más mínimo rastro de auto compasión. Le bastaba estar convencida de que la razón moral estaba de su lado.
– Vendré a traerte la comida… -le dijo Sonia.
– Tráeme poca cosa. No tengo hambre.
Sonia iba dos veces al día a llevarle platos preparados en casa. Tenía que pasarlo todo por un detector de metales. Una celadora inspeccionaba luego los recipientes. Los dulces estaban prohibidos porque en una ocasión un reo había ofrecido a su carcelero un dulce con alguna sustancia narcótica en su interior y había conseguido escapar. Tampoco estaban permitidos los plátanos en la sección de mujeres: así de puritanas y suspicaces eran las autoridades…
Un día Indira le contó a Sonia que había recibido dos telegramas anónimos. Uno decía: «Vive frugalmente.» y otro le aconsejaba contar los barrotes para pasar el tiempo. «Los he contado, hay veintiocho», le dijo. También le dijo cómo mantenía una estricta rutina que la ayudaba a pasar los días. Se despertaba a las cinco de la madrugada y hacía sus ejercicios de yoga. Luego bebía un vaso de leche fría -que Sonia le había traído la víspera- y volvía al camastro hasta las siete. Después se aseaba, un poco de meditación y se ponía a leer. Las tardes se le hacían eternas, pero no se quejaba. Aprovechaba para pensar, para replegarse en sí misma y, curiosamente, para descansar. El mejor momento lo vivió cuando fue a visitarla su nieta. Todos en la familia decían que Priyanka había salido a su abuela. Tenía carácter y era voluntariosa y decidida. Indira la adoraba. Rajiv y Sonia tuvieron que enzarzarse en larguísimas discusiones con las autoridades carcelarias para conseguir pasar a la pequeña. Fue una reunión alegre en un decorado lúgubre.
Antes de marcharse, Indira le pidió un favor a Sonia.
– Quisiera que mandases de mi parte un ramo de flores a Charan Singh con una nota de felicitación por su cumpleaños.
– ¿Charan Singh? -preguntó asombrada Sonia.
– Sí, el mismo. ¿Lo harás, por favor?
– Claro -respondió Sonia perpleja.
Charan Singh era uno de los cabecillas del Partido Janata, ministro del Interior y responsable de su primer arresto, y ahora relegado a un ministerio de menor importancia. Indira sabía lo que hacía. Quedaban tres años por delante de gobierno Janata, pero le había llegado información de que los integrantes de la coalición se estaban peleando a muerte. Charan Singh estaba resentido contra el primer ministro Morarji Desai, ese que había insistido en quitarle la casa y la protección a Indira, por haber sido destituido de su cargo de ministro del Interior. Indira pensó que podría abrir una brecha entre ambos líderes, azuzar sus ambiciones para que el gobierno cayese como una fruta podrida. Ése era el propósito del ramo de flores.
Nada más salir de la cárcel, le esperaba una carta de Charan Singh invitándola a su residencia a celebrar la fiesta de nacimiento de su nieto. En ese marco tranquilizador y familiar tuvo lugar una negociación maquiavélica, en la que ambos adversarios políticos perfilaron una estrategia para tumbar el gobierno del primer ministro Morarji Desai. A cambio de anular la nueva ley de Tribunales Especiales bajo la que Indira y Sanjay podían ser juzgados sin la protección legal habitual, Indira ofreció el apoyo del Congress para derrocar a Morarji Desai. Y una vez derrocado, se comprometía a apoyar a Charan Singh para hacerlo primer ministro, lo que le permitiría satisfacer la ambición de toda su vida. Fue Sanjay quien se encargó de continuar con las delicadas negociaciones cuidándose de no dejar ningún fleco suelto.