El resultado fue que la coalición se rompió y el gobierno de Morarji Desai cayó, pero Charan Singh no pudo, o no quiso, revocar la ley especial, de modo que Indira le retiró el apoyo, y su gobierno duró menos de un mes. Para salir del atolladero, el presidente de la República disolvió el Parlamento y convocó nuevas elecciones para enero de 1980. Indira había maniobrado con experiencia, frialdad y eficacia. Tal y como le había dicho a los diputados después de su discurso, se disponía a volver, y por la puerta grande.
Unos meses antes, había pensado en dejarlo todo. Ella y Sanjay habían hablado hasta de retirarse a una pequeña ciudad del Himalaya. El sabio y filósofo Krishnamurti, amigo personal de Pupul, había recomendado a Indira que abandonase la política y ella le había contestado que no sabía cómo hacerlo, habiendo veintiocho causas pendientes contra ella. No quería terminar como Zulfikar Ali Bhutto, que había sido ejecutado en la horca el 4 de abril de 1979 en el patio de la prisión central de Rawalpindi. El dictador pakistaní, temeroso de que Bhutto resucitase políticamente como lo estaba haciendo Indira en la India, había conseguido manipular a la justicia para acabar con su rival. Aquí no era tan fácil esa manipulación, porque la India seguía siendo una democracia. Pero el peligro acechaba.
– Tengo dos alternativas -le había dicho Indira a Krishnamurti-, luchar o que me disparen como a un pato de feria.
Ahora no había vuelta atrás posible. El poder estaba al alcance de la mano. Indira, fiel a sí misma, fue a conquistarlo. Armada de dos maletas que contenían media docena de saris de algodón crudo, un termo para el agua caliente y otro para la leche fría, dos cojines, varias bolsas de frutos secos, una caja de manzanas y un paraguas para protegerse del sol, se adentró en los confines del subcontinente. Recorrió setenta mil kilómetros, dirigió una media de veinte mítines al día y, en total, alcanzó una audiencia de cien millones de personas. Fue vista u oída por uno de cada cuatro votantes. En seguida, se dio cuenta de que su segundo paso por la cárcel la había hecho inmensamente popular. Mártir y heroína. En comparación, los candidatos de la coalición que componía el Partido Janata parecían viejos dinosaurios. Competían no tanto contra una diminuta candidata de sesenta y dos años sino contra un mito viviente, una leyenda vestida con sari y sandalias polvorientas que despertaba la pasión del pueblo. Su mensaje era sencillo, lejos de abstracciones e ideologías: «Votad por un gobierno que os funcione.» Sonia no podía imaginar que, años más tarde, ella misma echaría mano de ese eslogan.
Como en los buenos tiempos, Indira arrasó en las urnas. Sonia se lo esperaba porque la había acompañado en algunos de sus recorridos por las aldeas y la había visto moverse con total soltura entre las muchedumbres de desarrapados, diciendo una frase amable a un anciano, teniendo un detalle con un lisiado, sonriendo a una mujer, regalando una flor a una niña. La memoria de esa prodigiosa campaña se quedó grabada en su mente y años más tarde le sería de una enorme utilidad.
Cuando los resultados se hicieron oficiales, la casa fue invadida por amigos, periodistas, miembros del partido, grandes industriales, comerciantes del barrio y gente de todo el espectro social. Había flores por doquier. A duras penas, su amiga Pupul pudo abrirse paso entre el gentío. Cuando se encontraron, Indira casi se echa a llorar. «Estaba muy emocionada y un poco ida -contaría su amiga-. Aunque se había dado cuenta de que la marea corría a su favor, la conmoción de la victoria la dejó como noqueada.» Asumir que volvía a ser primera ministra y que de un plumazo todos sus problemas se solucionaban, llevaba su tiempo. Pero enseguida reaccionó.
– ¿Qué se siente al ser de nuevo líder de la India? -le preguntó a Indira un corresponsal europeo. Ella se giró hacia él con una mirada de fuego.
– Siempre he sido la líder de la India -le respondió secamente.
Otro periodista, sorprendido ante la afluencia masiva de gente humilde, comentó a Indira que algo muy bueno debía haber hecho para ellos en el pasado para que acudiesen tantos, a lo que ella replicó de manera un poco críptica: «No, aquellos a los que hemos ayudado están donde no se dejan ver.»
Sanjay se encontraba a su lado, sonriente, envuelto en un chal color salmón, como un joven César. También él había ganado, en la misma circunscripción que le había desdeñado tres años antes. Ahora su poder tendría algo de legitimidad. La vida le sonreía también por otra razón. Maneka se había quedado embarazada unos meses atrás, cuando la situación para ambos era muy dura. Se habían llegado a preguntar qué sentido tenía traer un niño al mundo en medio de tanta amenaza. Ahora ese velo de incertidumbre se alzaba y el futuro se anunciaba radiante. Maneka, muy excitada, departía con periodistas y amigos, luciendo con orgullo su barriga desnuda entre el corpiño y el faldón del sari. Rajiv, Sonia y los niños pululaban por la casa. Parecía de nuevo una gran familia feliz.
Los que habían sido víctimas de las campañas de nacionalizaciones y de abolición de privilegios no compartían ese júbilo. La foto de Indira sonriendo junto a Sanjay, que ocupó las portadas de los principales periódicos en días sucesivos, hizo que más de uno en el inmenso país sintiese un escalofrío de miedo. Madre e hijo volvían a la carga. En sus palacios ya decrépitos, los herederos de los maharajás recibieron la noticia con cinismo… ¿Qué podía quitarles ahora que no les hubiera quitado ya? Era tal el odio que inspiraba Indira en muchas familias de la antigua aristocracia del país que una vez, estando de visita en Bhopal, fue invitada a tomar el té a casa de los herederos de las antiguas begums, que habían gobernado el sultanato durante generaciones. Indira nunca supo que el trozo de tarta de chocolate que degustaba con fruición estaba impregnado de un escupitajo, regalo oculto de la señora de la casa que, nobleza obliga, la atendía por otra parte con la máxima deferencia.
El 14 de enero de 1980, Indira juró el cargo de primera ministra ante el presidente de la República, rodeada de su familia, de algunos amigos y compañeros de partido, en el resplandeciente salón Ashoka del ex palacio del virrey, cuyas pinturas en techos y muros contaban la historia mitológica de la India eterna. Era la cuarta vez que lo hacía en este mismo decorado, cuya grandiosidad evocaba el enorme poder que le otorgaban. Esta vez no juró sobre la Constitución, como en ocasiones anteriores, sino en nombre de Dios. Siempre había sido un poco supersticiosa, al contrario que su padre, pero ahora sorprendía la mención al Todopoderoso. Quizás reconocía en su fuero interno que su regreso al poder se debía más al destino que a sus propios méritos o a los fallos de sus adversarios. Quizás tanto ataque había hecho mella en su coraza, y necesitaba consuelo. Siempre había sentido respeto por lo sobrenatural, herencia que atribuía a su madre, una mujer profundamente religiosa. Desde siempre había escuchado a los astrólogos. Esa misma fecha la había elegido su profesor de yoga, el gurú Dhirendra Brahmachari. Según él, era un día favorable ya que correspondía con el solsticio de invierno del calendario hindú. Desde hacía veinte años este curioso personaje, que también profesaba la astrología, le indicaba los días de buen agüero o nefastos para ciertas actividades. Últimamente su influencia había disminuido mucho. Indira le veía con suspicacia porque la Comisión Shah había sacado a relucir sus tejemanejes y cuestionaba el origen de su fortuna. Aun así, continuaba preguntándole sobre días buenos o malos antes de tomar una decisión. A su edad y después de lo que había vivido, Indira no quería correr riesgos tentando a la suerte.