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Justo después de la toma de posesión, Indira fue directamente del palacio del presidente a su antiguo despacho de South Block. No podía contar con la mayoría de sus anteriores ministros y colegas porque la habían traicionado. Tampoco quería rodearse de figuras que la gente pudiera identificar con el estado de excepción. Tuvo que elegir los miembros de su gabinete entre un batiburrillo de diputados sin mucha experiencia, muchos de ellos de entre las filas del Youth Congress de Sanjay. Para sorpresa de muchos y alivio de algunos, no dio ninguna cartera a su hijo, a pesar de su legitimidad validada por las urnas. No quería exponerlo demasiado.

Lo prefería a su lado, quería formarlo, quería verlo madurar bajo su protección. Tenía plena confianza en que Sanjay sería capaz de revitalizar el partido y asegurarse de que se cumplirían los proyectos de desarrollo en las áreas rurales. Y no quería repetir los errores del pasado.

Mientras tanto, Sonia se encargaba de nuevo de la mudanza.

La victoria de Indira significaba que volvían todos al número 1 de Safdarjung Road. Se hacía urgente recuperar espacio. Antes que nada, Indira quiso mandar a una docena de sacerdotes hindúes a purificar la vivienda donde Morarji Desai había residido mientras la había estado persiguiendo. Se había enterado de que su rival era practicante asiduo de la urinoterapia, una ancestral costumbre que consiste en beber todas las mañanas en ayunas un vaso de la primera orina del día. Para asegurarse de que no quedaba un solo vaso del antiguo inquilino en casa, Sonia e Indira se afanaron en recogerlos todos, colocarlos en una caja y devolverlos a la administración. También envió a una cuadrilla de albañiles para que destrozasen el cuarto de baño al estilo indio que su rival se había hecho construir y lo reemplazasen por uno european style, con inodoro y bañera. Cuando se mudaron, parecía que nunca se hubieran marchado de esa casa. «Un aire de renovada elegancia reinaba en todas las habitaciones, que de nuevo estaban llenas de sirvientes y de enormes jarrones de flores que caían en cascada», escribiría Pupul. Sonia volvió a asumir su papel de ama de casa extraordinaria en ese hogar especial, donde había que organizar cenas y recepciones para un continuo desfile de personalidades: Giscard d'Estaing, Mobutu, Yasser Arafat, Andrei Gromyko, Jimmy Carter, etc. Todos venían a estrechar lazos con una de las mujeres más poderosas del mundo.

La vida familiar volvió a ser agradable. La nueva situación y un mayor espacio relajaron el ambiente. Cesaron las peleas y, aún mejor, los silencios. Todos estaban pendientes de Maneka, que estaba a punto de dar a luz. Durante el embarazo, Sonia había hecho las paces con su cuñada de manera tácita. Había optado por olvidar las viejas rencillas, los saltos de humor, los comentarios hirientes para centrarse en su deber de «bahú mayor» -nuera mayor- y ayudar a Maneka con su experiencia. Estuvo pendiente de ella en todo momento. La familia es lo primero. Decididamente, Sonia era ya muy india. Aunque ambas cuñadas eran como el agua y el aceite, consiguieron una especie de entente cordiale. Indira, que no cabía en sí de gozo al pensar en su nuevo nieto, ya le había elegido nombre: Firoz, como su marido. Maneka no estaba convencida, y quería llamarlo Varun. Sanjay zanjó el asunto. El pequeño se llamaría Firoz Varun.

Rajiv ya no tenía que pasar casi todo su tiempo libre, fuera de las horas de vuelo, en la oficina de impuestos del ministerio de Hacienda. De nuevo podía dedicarse a su familia y a sus hobbies, como la fotografía o la radio. Era un padrazo. No se perdía nunca una función del colegio, o la lectura de un cuento si llegaba a casa antes de que los niños estuvieran acostados. La fotografía le distraía mucho; era un relajo después de la concentración que le exigían sus vuelos, a menudo en horas imposibles. Su afición había crecido con el tiempo. Le gustaba experimentar con filtros y con equipos nuevos, no se perdía una exposición y se abonó a revistas especializadas. Animaba a sus hijos a que se aficionasen. Les enseñaba a desarrollar su sensibilidad visual pidiéndoles que identificasen varios tonos de verde en el jardín. Más tarde, aconsejaba a su hijo a que anotase el tiempo de exposición y la velocidad a la que tomaba las fotos para poder corregirlas y mejorar. Su cámara estaba siempre presente en todas las ocasiones especiales: cumpleaños, aniversarios, celebraciones familiares, etc., y si estaba en casa cuando algún fotógrafo venía a retratar a su madre, cogía su cámara y participaba en la sesión. Siempre disfrutó de un compañerismo especial con los fotógrafos. A su madre le regaló un álbum en miniatura plegable que ella llevaba consigo en todos sus viajes. «Rajiv, ponme fotos más recientes», le pedía reiteradamente cuando se cansaba de ver siempre las mismas. A Indira le encantaban las fotos de sus nietos. Elegía las que le gustaban en las hojas de contactos y le pedía a Rajiv que las ampliase y las enmarcase. Su despacho estaba lleno.

Por las noches, Rajiv se encerraba en su taller y establecía contacto con radioaficionados del mundo entero. Había comprado un transmisor de radio en kit automontable y nada le hacía más feliz que conectar con Pier Luigi allá en Orbassano, el amigo de la infancia de Sonia, las noches claras sin interferencias. Protegido por el anonimato, hablar por radio con gente del mundo entero era otra forma de viajar y, al mismo tiempo, de olvidarse de sí mismo y de relajarse.

El 16 de febrero de 1980, un mes después de la toma de posesión de Indira, ocurrió en la India un fenómeno extraordinario que no se repetía desde hacía casi un siglo: un eclipse total de sol. Rajiv instaló un telescopio en el jardín, ayudado por Rahul y Priyanka, que estaban muy excitados con la idea. Además disponían de gafas negras, que Rajiv había conseguido de un colega piloto. Sanjay se entretenía ajustando los mandos de un avión controlado por radio. La afición al aeromodelismo le había venido después de que el gobierno le retirase su licencia de piloto sin mediar razón alguna. Ahora estaba a la espera de recuperarla para volver a lo que se había convertido en su afición favorita: volar. Quedaba lejos la pasión por los coches, sepultada por el fiasco del Maruti. Pupul, que había sido invitada por su amiga a presenciar el acontecimiento, tomaba una taza de té en la veranda. Cuando se acercó la hora del eclipse, Indira, influenciada por las sombrías predicciones de conocidos astrólogos que habían anunciado en los periódicos terremotos, inundaciones y desastres de todo tipo, mandó a Maneka a su cuarto. Considerado como una amenaza directa hacia el niño no nacido, ninguna mujer embarazada debía exponerse a su nefasta influencia. Aun en asuntos que nada tenían que ver con la política, Indira estaba en sintonía con su electorado. La mayoría de la gente optó por esconderse en sus chozas. Los hindúes no salen a la calle durante los eclipses, considerados perjudiciales porque, simbólicamente, la luz se oculta. Unos ayunaron, otros realizaron ofrendas o recitaron mantras para conjurar el peligro. Cuando la luna empezó a invadir el sol, una misteriosa luz envolvió la casa y el jardín y las sombras desaparecieron. Indira se levantó, y fue a encerrarse en su habitación hasta el final del fenómeno. Su gurú Brahmachari le había dicho que el eclipse era especialmente peligroso para ella y para Sanjay, y ella prefirió creerle. Rajiv, Sonia y los niños, todos con gafas negras, asistieron extasiados al paso de la luna delante del sol. Pupul siguió a Indira a su cuarto. «Ésta no era la Indira robusta de los días anteriores al estado de excepción -pensó-. Me sorprendió lo influenciada que estaba por el ritual y la superstición. ¿De qué estaba asustada? ¿Qué sombra, qué oscuridad caminaba junto a ella?»

Los meses siguientes estuvieron marcados por la armonía familiar y la felicidad de volver a disfrutar de una vida normal. Las atenciones que Maneka recibía de parte de su suegra, de su cuñada y de su marido, que la acompañaba a todas las revisiones médicas porque decía que el sufrimiento físico la aterraba, la hacían sentirse en la gloria. Al igual que su hermano Rajiv, Sanjay participó en todo el proceso del parto. Firoz Varun nació el 13 de marzo de 1980 sin mayor problema. Fue la guinda del pastel de la bonanza familiar. A partir de ese momento, la pizpireta Maneka empezó a disfrutar de su papel de madre y esposa, aconsejada por Sonia, en quien recayeron los primeros cuidados del niño. Indira estaba tan contenta que lo reclamó en su cuarto para dormir con él. Le daba igual no pegar ojo.