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De nuevo Sanjay, por la proximidad a su madre, disfrutaba de un poder irresistible. Se inmiscuía en todos los aspectos de la vida india, desde los corredores aéreos de la capital a la congestión en los hospitales, desde los planes de desarrollo rural a la protección de los animales, causa favorita a la que su mujer le había arrastrado. Corría el bulo por Nueva Delhi de que antes de un año, sería primer ministro, pero su madre no estaba dispuesta a ello. Cuando los miembros de la asamblea legislativa del Congress de Uttar Pradesh eligieron a Sanjay como su líder, le pidieron a Indira que le nombrase jefe de gobierno de ese estado, el mayor del país. Maneka ya se veía disfrutando de las prebendas que venían con el cargo, incluido vivir en un palacio cargado de sirvientes. Pero Indira se negó rotundamente. A los admiradores de su hijo les dijo que le quedaba mucho por aprender antes de poder hacerse cargo de semejante responsabilidad. Sanjay protestó y discutió con su madre, pero ella no dio su brazo a torcer. Al final, él se tranquilizó y no volvió a insistir.

Aunque seguía rodeado de una corte de aduladores, Sanjay no era el mismo de antes. Hasta sus detractores empezaron a admitir que, en efecto, poseía cualidades que el país necesitaba en ese difícil trance. Reconocían su enorme capacidad de trabajo y su probada aptitud para tomar decisiones duras e impopulares. En realidad, le estaba ocurriendo lo que le había ocurrido a su abuelo Nehru y a Indira. Todos en la familia habían tardado tiempo en madurar como adultos, y lo habían conseguido después de enfrentarse a grandes desafíos. A los treinta y tres años, Sanjay estaba en camino de convertirse en un hombre responsable, sin las estridencias ni los comportamientos aberrantes del pasado. Su madre estaba convencida de que, después de un buen aprendizaje político, su hijo pasaría de ser un joven inexperto e impulsivo a un político visionario y enérgico. Tenía los genes para lograrlo, pensaba ella. Lo increíble es que muchos en la India también lo creían así, algo impensable hacía tan sólo seis meses. O el país se había vuelto amnésico o el tirón popular de los Gandhi seguía representando la única posibilidad de salvación para millones de indios.

Rajiv, Sonia y sus hijos pasaron esos meses soñando con las vacaciones. Habían decidido pasar unos días en Italia, y tenían pensado hacerlo en junio, cuando arrecia el calor en Nueva Delhi. Pensaban coincidir con su amigo el actor indio Kabir Bedi, que en aquellos años era mundialmente conocido por su papel estelar en la serie Sandokán, y que había prometido visitarlos. Además esta vez pensaban viajar por el norte de Italia. Tenían pensado alquilar un coche y visitar la región de Asiago y la aldea de Lusiana, donde había nacido Sonia. Quería enseñar a los niños el lugar donde se había criado, presentarles a los vecinos y a los parientes que todavía quedaban allí. Una zambullida en las otras raíces familiares.

El día de la partida, antes de despedirse, Maneka le enseñó a Sonia una bolsa, que contenía algo que había comprado, con intención de empezar a usarlo.

– No te lo vas a creer…

– ¿Y qué es? -preguntó Sonia, intrigada.

Maneka sacó de una bolsa un libro de recetas de cocina. Les entró una carcajada a ambas. Fue la última vez que se las vio reír juntas.

26

De no haber sido interrumpidas, hubieran sido unas vacaciones perfectas: relajadas, divertidas e interesantes. Los niños perfeccionaron su italiano, Sonia se puso al día en sus compras de ropa europea y Rajiv hizo lo mismo con su material fotográfico. Al final, ni siquiera tuvieron que alquilar un coche, su hermana Anushka les prestó un descapotable que hizo las delicias de los niños. En él recorrieron el norte de Italia, en la dirección opuesta a la del patriarca Stefano cuando había abandonado su pueblo natal de Lusiana en busca de un futuro mejor en el cinturón industrial de Turín. Treinta y cinco años después, su hija y sus nietos volvían a los montes Asiago, como una familia normal de italianos en vacaciones. De camino, se detuvieron en el bellísimo lago de Garda, rodeado de olivares, campos de limoneros y tupidos bosques de cipreses, pasearon en Verona por las anchas calles de mármol rojo, se dejaron seducir por el encanto de Venecia y se bañaron en las playas del Adriático. Ascendieron los montes Asiago por un paisaje que reflejaba el esplendor de la primavera. Flores silvestres malvas, blancas y amarillas crecían en la cuneta de la carretera que serpenteaba entre bosques de abedules. Los campos donde pacían las vacas se habían vestido con un verde intenso y al fondo los Alpes les recordaba la vista del Himalaya desde la planicie. En Lusiana, la aldea original de la familia, el aire era cristalino, apetecía beberlo, la temperatura era perfecta. ¡Pensar que ahora en Delhi, la abuela, los tíos y sobre todo el pequeño Firoz estarían soportando 45 grados a la sombra, a la espera de la llegada de las lluvias! Desde el coche, Priyanka y Rahul se reían leyendo los rótulos de los negocios: «Panadería Maino», «Trattoria Maino», «Café Maino», «Gasolinera hermanos Maino»… ¡Cómo habían prosperado las diferentes ramas de la familia desde los tiempos de la posguerra!, pensó Sonia. Fueron recibidos con enorme cariño y curiosidad: todos querían conocer a la hija pródiga del pueblo cuyo destino extraordinario seguían a través de la prensa. A todos les sorprendía lo mismo: la sencillez de la familia. Sonia iba vestida con gusto, con pantalones ajustados y camisetas sin mangas, un lujo que no podía permitirse en la India, donde una mujer podía enseñar la tripa pero estaba mal visto que enseñase los hombros. Se hicieron fotos frente a la casa de piedra familiar, la última de la Rua Maino, que llevaba tres décadas deshabitada. Fueron espléndidamente agasajados, tanto que no disponían de tiempo para aceptar todas las invitaciones, todas las visitas.

Volvieron a Orbassano, donde Stefano y Paola les esperaban con muchas ganas. Lo habían pasado tan mal siguiendo la actualidad de la India durante los últimos años que ahora sentían un pellizco en el corazón cada vez que su hija y sus nietos se marchaban, aunque fuese al Véneto o simplemente a pasar la tarde a Turín. A esa inquietud se añadía la que sentían por su hija pequeña, Nadia, que se había casado con un diplomático español que acababa de ser destinado a Nueva Delhi. Por un lado, estaban contentos porque las dos hermanas iban a hacerse compañía; por otro, no les gustaba tenerlas tan lejos. Bromeaban diciendo que no podían escapar del karma de la India. La hija mayor, Anushka, que vivía en el piso de debajo del chalet de Via Bellini, tenía la intención de abrir una tienda de artesanía india en un centro comercial próximo a Orbassano. A su hija mayor le había puesto de nombre Aruna.

Rahul y Priyanka también estaban felices de volver a casa de los abuelos, precisamente porque sus primos, los hijos de Anushka, vivían abajo, de modo que los niños lo pasaban en grande en esa gran casa familiar, jugando en el jardín o en la calle. Jugaban a lo mismo que Sonia de niña, cuando dibujaba con una tiza en el asfalto los días de la semana y pasaba horas saltando de una casilla a otra. Stefano se sentía muy feliz con esas reuniones familiares. ¿No había construido la casa para tener bajo el mismo techo a todas sus hijas y a sus familias? Ellas bromeaban diciendo que debía haber sido indio en otra vida de tanto que le gustaba la familia… Las conocidas de Sonia se sorprendían de que su antigua amiga siguiera teniendo una actitud tan humilde, y vistiese de una manera tan sencilla, con joyas pequeñas y discretas. «A la "Cenicienta de Orbassano" -decía una vecina aguantando la risa- no se le ha subido a la cabeza la boda que ha hecho.» Así la describía la prensa local desde su matrimonio: «Cenicienta de Orbassano», un apelativo que provocaba en Sonia vergüenza ajena: «Menuda cursilada», decía. Para Rajiv también las vacaciones en Italia eran el mejor desahogo que hubiera podido desear. Huir de Nueva Delhi era un lujo. Saltar en la Vespa naranja de Pier Luigi e ir a la tienda de electrónica Allegro en el Corso Re Umberto a comprar piezas para su radio que no se encontraban en la India y no ser reconocido era un placer, como lo era visitar en familia el fabuloso Museo Egipcio -donde Sonia, de adolescente, quedaba con sus amigos para evitar el frío de la calle- sin estar inmediatamente rodeado de una nube de gente pidiendo un autógrafo o señalando con el dedo. Pero el placer duraría poco. A finales de junio, la visita de Sandokán a Orbassano causó una auténtica conmoción. De pronto los niños y los jóvenes del pueblo se acercaron a Via Bellini para ver de cerca a este príncipe de Borneo que había jurado vengarse de los británicos en la imaginación de Emilio Salgari. Se formó tanto revuelo que Sonia propuso abandonar la casa. Acabaron la tarde en una pizzería del cercano pueblo de Avigliana, felices y riéndose.