En casa, quedaban Maneka y el pequeño Firoz Varun, que dormía en el cuarto de Indira con los demás nietos desde la muerte de Sanjay. La abuela se pasaba largos momentos observando al bebé como si detrás de cada gesto reconociese a su hijo. Quedaban también Rajiv y Sonia, cuyo matrimonio había sobrevivido la separación física, la diferencia cultural, la oposición de las familias, el estrés de la Emergency y la continua infiltración y corrosión de la política en sus vidas. Tenían dos hijos inteligentes, guapos y de buen carácter. Hasta el accidente del tío Sanjay, lo más grave que les había pasado a los niños había sido ver a la abuela en la cárcel y haber perdido a una perra. «Quedaros con el recuerdo de cuando jugabais con ella, lo mucho que se divertía y lo que nos divertíamos todos cuando la sacábamos… -les había escrito Rajiv en una carta llena de ternura paterna, que terminaba con un consejo-. Tenéis que aprender a vivir sabiendo que en algún momento todos tenemos que morir.»
La perfecta vida familiar que disfrutaban parecía algo demasiado bonito y bueno para durar.
ACTO III
Cada vez que das un paso adelante, estás destinado a perturbar algo. Agitas el aire mientras avanzas, levantas polvo, alteras el suelo. Vas atropellando cosas. Cuando una sociedad entera avanza, ese atropello se hace en una escala mucho mayor; y cada cosa que trastornes, los intereses creados que quieras suprimir, todo se convierte en un obstáculo.
MAHATMA GANDHI
27
Veinte años antes, después de la muerte de su marido, Indira tocó fondo y tardó mucho tiempo en salir a flote. Cuando murió su padre, entró en otra crisis existencial profunda, que duró largos meses. Pero ahora, menos de setenta y dos horas después de la muerte de su hijo, estaba de nuevo en su despacho. «La gente viene y se va, pero la nación sigue viva», declaró a la prensa, situando la tragedia familiar en un contexto nacional, como si de esa manera pudiese trascender la desgracia. Se había convencido de que la tarea hercúlea de gobernar la India no podía ser desatendida. Pero su actitud y auto control eran sólo superficiales. En el fondo, estaba irremediablemente herida. Sonia la veía rota por dentro, con el espíritu hecho añicos. Por las noches, la oía levantarse y entre sueños buscaba a Sanjay, y cuando se despertaba se ponía a llorar repitiendo el nombre de su hijo. Su rostro envejeció, su mirada se hizo más dura y empezó a arrastrar un poco las pisadas al caminar. Ya no era tan picajosa con su atuendo, ni le pedía a Sonia consejos sobre su peinado o sobre los accesorios que debían conjuntar con los saris. Al contrario, llevaba el pelo estirado hacia atrás de forma descuidada, y no parecía importarle.
A su inmensa tristeza se unía su preocupación por Maneka, que se pasaba los días sin hacer nada.
– Temo que la ambición de su madre empuje a Maneka a querer ocupar el lugar de Sanjay -confesó a su amiga Pupul.
Aparte de melancólica, Maneka estaba incómoda porque su posición en esa casa se había vuelto muy delicada. Sin la protección de su marido, se sentía vulnerable. Ya no podía usarlo como escudo para defenderse de su suegra o de su cuñado, que en el fondo la seguían intimidando. Su única fuerza era el bebé. Por otra parte, Indira estaba tan devastada que carecía de energía para consolar a los demás. En otras circunstancias, se hubiera volcado con su nuera, pero ahora, su propio dolor la absorbía por completo. Aunque al ver a la joven viuda tan sola y tan perdida, en un arrebato de compasión Indira le ofreció ayuda. En realidad, temía que Maneka, aburrida y aislada, terminase por marcharse de casa, porque entonces dejaría de tener a su nieto cerca. Esa eventualidad la atormentaba:
– ¿Quieres trabajar de secretaria mía?… Te podría llevar de viaje conmigo, y creo que eso te distraería…
Al principio, la oferta pareció satisfacer a Maneka. Luego, quizás influenciada por su madre o simplemente porque se le subieron los humos a la cabeza o por ser inmadura, vio en ello una maniobra para apartarla de su derecho natural a hacerse cargo de la herencia de su marido. Su vida junto a Sanjay le había dado la ilusión del poder, y la oferta de su suegra, después de pensárselo, le pareció casi insultante. Ni siquiera respondió al ofrecimiento. «¡Mírala!… ¿Qué se habrá creído?», confesó a uno de los amigos más cercanos de su marido hablando de Indira.
A Sonia tampoco le hizo gracia esa oferta. Aunque había perdonado a Maneka su trato despectivo de los primeros tiempos, no quería imaginársela controlando la agenda de Indira. Veía la inexperiencia y la arrogancia de su cuñada como un problema potencial para su suegra, y una amenaza para el delicado equilibrio familiar. Que no ayudase en las tareas de casa, se podía aceptar, pero que se parapetara tras el poder de Indira y empezase a mover hilos para beneficiar a su propia familia, a la que Sonia temía tanto, era un peligro que había que evitar a toda costa. Se lo comunicó a Rajiv.
– Lo hablaré con mi madre -le dijo.
– Mejor le dejo una nota -respondió Sonia.
Al leerla, Indira se dio cuenta de que Sonia tenía razón. Maneka de secretaria, tan cerca, podía en efecto ser más un problema que una ayuda. Temía su impulsividad, que la hacía todavía más impredecible. Y también ella desconfiaba de la familia Anand y de sus tejemanejes. Sin embargo, de lo que Indira era muy consciente, aun envuelta en su nube de sufrimiento, era de la necesidad que tenía de Rajiv y de Sonia. Al fin y al cabo, Rajiv era su sangre; y a Sonia la quería como a una hija. De modo que no insistió más, y la oferta cayó en el olvido.
La joven viuda, por su parte, encontró una manera de distraerse que al mismo tiempo daba sentido a su vida: se concentró en el proyecto de hacer un libro fotográfico sobre su marido, una especie de homenaje que incluiría fotos de familia y de su vida política. Le preguntó a su suegra si querría escribir el prefacio. Indira accedió.
Pero entonces ocurrió un desafortunado incidente, que tuvo una larga e indeseada repercusión. El escritor Kushwant Singh, que había ayudado a Maneka y a su madre a lanzar la revista Surya, publicó en su columna periodística un texto en el que sugería que el manto de Sanjay debía recaer naturalmente en los hombros de su joven esposa, «que le había estado apoyando y que había compartido su visión de la India, ya que Rajiv nunca ha mostrado interés alguno por la política y su mujer la aborrece». La idea tenía su fundamento. El artículo acababa con una frase que, más que cualquier otra, desató la paranoia de Indira: «Maneka es como su difunto marido, valiente y decidida, la reencarnación de Durga cabalgando sobre un tigre.» Esa imagen de Durga, que había sido extensamente atribuida a Indira y que encarnaba un simbolismo que le pertenecía, la trastornó profundamente. ¿Cómo podían vivir dos Durgas bajo el mismo techo? Pensó que Maneka se había confabulado con el escritor para urdir ese artículo, que estaba maniobrando a sus espaldas para hacerle la competencia, para robarle la herencia de Sanjay. Empezó a verla como a una enemiga en su propia casa.
Inevitablemente, y ante la desazón de Sonia, todas las miradas se iban dirigiendo hacia el heredero natural, Rajiv. Indira tenía sus dudas: «Nadie puede ocupar el lugar de Sanjay -confesó a su amiga Pupul-. Era mi hijo, pero también me ayudaba como un hermano mayor.» Veía a Rajiv demasiado blando y sensible para el mundo de la política. Además, estaba casado con una extranjera, lo que era considerado, en términos de política nacional, como un obstáculo infranqueable. Y si dimitiese de Indian Airlines, ¿de qué viviría? Sanjay era muy frugal, en cambio a Rajiv y Sonia les gustaba vivir bien, a la europea, sin excesos pero confortablemente.
En este escenario de una familia herida en la cúspide del poder, no sólo decidían los individuos, por muy poderosos que fuesen. Tan importante como la voluntad de Indira era la opinión de sus acólitos, sus amigos, sus parientes, sus compañeros de partido, sus consejeros, sus aduladores, sus gurúes, el país entero. Después de haber entonado la marcha fúnebre a raíz de la muerte de Sanjay, ese coro de voces empezó a salmodiar una melodía familiar, la misma que sonó cuando Indira fue llamada por primera vez a presidir el partido o cuando la cortejaban para que aceptase cualquier cartera en el primer gobierno después de la muerte de su padre. La misma voz que en su día le había dicho «eres la hija de Nehru, demasiado valiosa para no tenerte en el gobierno», reclamaba ahora un sucesor, como si en lugar de una democracia se tratase de una antigua corte imperial. Era un coro tan antiguo como la India misma, cuya mitología contaba la historia de una saga ininterrumpida de monarcas hereditarios. Era un llamamiento que venía de lo más profundo de ese país continente, tan inclinado a confundir el poder temporal con el divino. Como en las tragedias de la Grecia clásica, el coro reclamaba una víctima propiciatoria. Había que responder a la necesidad apremiante que el pueblo tenía de estabilidad, de continuidad y, ¿por qué no?, de eternidad. Eso sólo lo garantizaba una dinastía.