– ¿Y cuál es la recompensa para los otros?
– Sólo una. La satisfacción de verse realizado como ser humano.
Rajiv se encogió de hombros. Era una respuesta demasiado borrosa y abstracta para su gusto. Luego preguntó:
– ¿Qué dice mamá?
– Me ha dicho textualmente que no quiere influenciar tu juicio, que hagas lo que te parezca.
– ¿Ella sabe que has venido a hablar conmigo?
– Sí. Se lo pregunté… y me dijo que si quería hablarte, por ella no había problema.
Hubo un silencio. Rajiv le mostró unos cuadernos y unos libros que tenía desplegados sobre la mesa.
– ¿Sabes que estoy a punto de cumplir uno de los sueños de mi vida?
– ¿Ah, sí?
– Indian Airlines está terminando de renovar la flota, y sólo habrá jets. Hasta ahora volaba de segundo en el Boeing 737. El mes que viene me examino de comandante. Me subirán el sueldo y podré pedir la ruta Delhi- Bombay, lo que me permitirá tener unos horarios más decentes.
Kaul paseó la mirada sobre el compás, la calculadora, las cartas desdobladas con anotaciones de correcciones de rumbo y cálculos escritos a lápiz en los márgenes… Luego, con el semblante grave, se volvió hacia Rajiv:
– ¿Entonces entiendo que tu respuesta es «no»?
Rajiv asintió con la cabeza, y añadió:
– Para mí, entrar en política sería como entrar en la cárcel. Al sentir la mirada de su tío fija en él, soltó:
– … Además, ni siquiera tengo el carné del Congress.
– Piénsalo, Rajiv. Piensa en todos los sacrificios que la familia ha hecho por el país. Cuando erais pequeños y fuisteis a vivir a Teen Murti House, lo hicisteis porque tu abuelo estaba solo y necesitaba ayuda. Como ahora tu madre. Ella sacrificó su vida personal para servirlo. Lo hizo porque era una mujer. Tu deber como hombre es ayudarla y apoyarla en lo que puedas.
Los argumentos del tío Kaul eran contundentes y apelaban al deber filial y a un cierto sentido de la predestinación, a una supuesta misión familiar y nacional inscrita en los astros. Los de Rajiv eran racionales y prácticos. Hablaban de cosas sencillas como la vida cotidiana, la vocación, el cariño familiar. Pero la realidad era más compleja, era una mezcla de emociones y ambiciones de mucha gente, de temores y dudas, de sueños y ocultas pulsiones, de historia y política. Durante meses, la presión continuó sobre Rajiv, y por ende sobre Sonia. «Me pasé horas y horas intentando convencerla para que dejase a su marido meterse en política, pero ningún argumento le parecía suficientemente bueno -diría Nirmala Deshpande, una amiga de la familia-. A cada intento, Sonia, muy educada pero con firmeza, decía que no.» Un día, la italiana llegó a confesarle: «Prefiero tener a mis hijos mendigando en la calle a que Rajiv se meta en política.»
Para el matrimonio, fue un año terrible en el que ambos se sentían cada día más impotentes a medida que se acercaban al abismo. Les invadía el sentimiento extraño y perverso que de pronto su vida no les pertenecía. Habían pasado de ser dueños de su existencia a víctimas de una maniobra de acoso y derribo en nombre de grandes principios y nobles causas de las cuales, en ese momento, se sentían ajenos. Como si ese país tan gigantesco no pudiera vivir sin ellos. Rajiv estaba desgarrado por el conflicto entre su deber de hijo y su propia felicidad. Sonia estaba atrapada entre su marido y su suegra, dos personas que adoraba. «Al mismo tiempo -escribió más tarde- estaba furiosa y resentida contra un sistema que, tal y como lo veía, exigía un cordero sacrificial. Un sistema que lo aplastaría y lo destruiría -de eso estaba absolutamente convencida.»
Rajiv adelgazó y apenas dormía. Su sentido del deber le empujaba a ayudar a su madre. Su amor por Sonia y el compromiso que había adquirido con ella le tiraban en dirección opuesta. Todos tenían sus razones, todas eran válidas, y él se encontraba en medio, confuso y desgraciado. Entonces se refugiaba en sus estudios para examinarse de comandante del Boeing 737, lo único que le permitía abstraerse de una realidad que se le hacía insoportable. Él, que siempre había huido de conflictos y confrontaciones, vivía angustiado siendo el blanco de todas las exigencias. «¿No disminuirá nunca esta presión? ¿No acabará nunca este infierno?», se preguntaba al ver que pasaban los meses y el coro de voces se hacía ensordecedor.
«Yo esperaba un milagro -diría Sonia-, una solución que fuera aceptable y justa para todos nosotros.»
Pero ese milagro no se producía. Al contrario, cada día que pasaba, los principales actores de este drama se encontraban peor:
Indira, cada vez más sola y abrumada por los problemas, que se amontonaban, Rajiv y Sonia, cada día más atormentados.
– No puedo seguir viéndote así -le dijo Sonia un día, abrazándole con fuerza- no quiero verte tan mal…
– Es como si nos hubieran robado nuestra vida…
– Rajiv, olvida lo que te dije cuando estaba tan enfadada. Olvídalo todo. Si piensas que debes ayudar a tu madre, hazlo… No quiero verte tan infeliz. Nos estamos consumiendo.
– No pienso tomar ninguna decisión sin ti.
– Hazlo -le dijo Sonia llorando, la cabeza apoyada en el pecho de su marido-. Adelante. La vida cambia, a mí me cuesta mucho aceptarlo… En el fondo, pienso que voy a acabar perdiéndote, pero quizás sea egoísmo mío, no sé… Lo que sé es que no podemos seguir así.
«Era mi Rajiv -diría Sonia-, nos queríamos, y si pensaba que debía ofrecer su ayuda a su madre, yo me plegaría ante esas fuerzas que ya eran demasiado poderosas para que yo las pudiera combatir, e iría con él allá donde le llevasen.»
Sonia demostró, una vez más, que su amor por su marido le importaba más que cualquier otra consideración. ¿No era la lealtad la esencia misma del amor? ¿No le había seguido siempre? ¿No había dejado su familia y su país por él? ¿No se había convertido en una impecable nuera india por él? Si toda su vida había girado en torno a él, si un día le había prometido seguirlo al fin del mundo, ahora tocaba cumplir con aquella promesa. Le seguiría adonde fuese, al infierno de la política si fuese necesario. Aunque ambos acabasen ardiendo en sus llamas.
Después de cuatro larguísimas y muy intensas visitas del tío T.N. Kaul, Rajiv acabó diciendo:
– … Si mamá quiere que la ayude, lo haré.
Kaul suspiró.
– Es una decisión juiciosa -dijo-. Estamos seguros de que puedes ganar las elecciones de Amethi, la circunscripción de tu hermano, lo que te dará la legitimidad necesaria para trabajar junto a tu madre.
– Pero no quiero formar parte del gobierno, ésa es mi condición. Sólo estoy dispuesto a trabajar dentro del partido, porque me doy cuenta de que hay un vacío y no veo a nadie que pueda colmarlo.
– Lo importante es que ganes tu escaño por Amethi.
– ¿Y si pierdo?
– Dejas el campo abierto a Maneka y a los seguidores de Sanjay, y eso es muy peligroso, date cuenta.
– Maneka no tiene veinticinco años, la edad reglamentaria para ser diputada del Parlamento.
– Pero la tendrá en las próximas elecciones. No puede haber dos herederos distintos de Sanjay Gandhi. De ahí la prisa para que aceptes. Y es fundamental que ganes Amethi.
Hubo un silencio. El rostro de Rajiv había envejecido. Casi en voz baja, añadió:
– … Hay un sentido de inevitabilidad en todo esto, ¿no?
– Cuando tu madre fue a ayudar a tu abuelo -le dijo Kaul-, tampoco formó parte del gobierno -hizo una pausa, consciente del ingente sacrificio que esta decisión exigía de la familia-. ¿Qué dice Sonia?
– No hubiera tomado la decisión sin ella. Intentaré compaginar mi carrera de piloto con la política, mientras pueda. Luego veremos lo que pasa.
– Es una solución sensata -concluyó Kaul.