– Déjame ayudarte a encontrar tus medicinas -le susurró Indira, que obviamente no había dormido nada.
Las encontró y fue a por un vaso de agua para Sonia.
– Llámame si te encuentras mal otra vez -le pidió Indira-.
Procura descansar.
– Eso te digo yo a ti, que descanses… ¿No consigues dormir?
– No… Estoy pensando en irme a Cachemira el fin de semana. Quiero ver los chinares en flor. ¿Los has visto alguna vez?
Sonia negó con la cabeza. Indira prosiguió, en susurros:
– Es el árbol más bonito que existe, y sólo se da en Cachemira. Es como una mezcla de plátano y de arce grande, y en otoño se pone de unos colores espectaculares… rojo, naranja, pardo, amarillo. Es un espectáculo que me recuerda a mi infancia. Hay uno en Srinagar del que estoy enamorada desde que era niña. El más bello de todos los chinares". Tengo ganas de volverlo a ver.
«Aquel árbol parecía tener un significado especial para ella -diría Sonia-. ¿Era acaso la necesidad de despedirse de sus raíces, de los recuerdos y de todo lo que representaba Cachemira para ella?» Indira dudó en quedarse más de una noche en Srinagar, porque estaba preocupada por el asma de Sonia. Pero su nuera la animó y al final Indira se llevó a los nietos. Quería enseñarles esa tierra bella como el paraíso de donde eran oriundos. Y de paso el árbol.
Estuvieron treinta y seis horas en Srinagar y sus alrededores. Pero, para su gran decepción, el chinar de su infancia había muerto hacía poco tiempo. La noticia la conmovió. Supersticiosa como era, la reciente muerte de este chinar centenario no podía ser más que una señal del destino. No dejó traslucir su desazón y tuvo tiempo de llevar a sus nietos a dar una vuelta en shikara, esos barquitos en forma de góndola, sobre las aguas centelleantes y cubiertas de lotos del lago Dal. Les contó sus últimas vacaciones con el abuelo Firoz en uno de los barcos habilitados como hotelitos. Les habló de su amor por las montañas, que había heredado de su padre, y de cómo Cachemira había representado siempre, para Nehru y para ella, una cierta idea del Edén. Luego quiso mostrarles un bosque que exhibía los colores de fuego de los chinares y después los dejó en el hotel. Acompañada de un solo guardia de seguridad, se fue a ascender un monte sagrado para visitar un templo donde vivía un viejo sabio. Estuvieron unas horas juntos. «Indira me dijo que sentía que su tiempo se acababa y que le rondaba la muerte. Yo también lo sentí», confesaría el sabio, que no quiso perder la oportunidad de pedirle que fuese a inaugurar un edificio nuevo adjunto al ashram. «Volveré si sigo viva», fue la respuesta de Indira.
«Regresaron a Delhi el 28 de octubre e Indira pasó una velada tranquila con nosotros en el salón -escribiría Sonia-. Como solía hacer siempre, trajo de su estudio su taburete de mimbre y sus carpetas, y se puso a trabajar, echando un vistazo de vez en cuando a la televisión o charlando con nosotros.» Indira tenía la intención de convocar elecciones generales muy pronto, quizás en dos meses. Por la noche, Sonia le ayudó a preparar la ropa que se pondría al día siguiente para viajar a Orissa, en la costa este. Indira escogió un sari burdeos. El actor Peter Ustinov estaba dirigiendo un documental para la BBC sobre la India e iba a filmarla en su gira por el estado, uno de los más pobres del país. En Bhubaneswar, la capital de Orissa, la primera ministra hizo un discurso emotivo en el que habló de los grandes momentos de la historia de la India, desde los tiempos antiguos hasta la lucha por la independencia. De pronto, hacia el final cambió el tono de su voz, así como la expresión de su rostro: «Estoy aquí hoy, puede que no esté aquí mañana -dijo-. No me importa si vivo o muero… Continuaré sirviendo a mi pueblo hasta mi último suspiro y cuando muera, cada gota de mi sangre alimentará y fortalecerá a mi país, libre y unido.» Después, se dirigió a la Casa del Gobernador donde pensaba pernoctar. El gobernador se mostró sorprendido por la alusión a una muerte violenta.
– Sólo estoy siendo realista y honesta -le dijo Indira-. He visto a mi abuelo y a mi madre morir lentamente y con dolor, así que prefiero morir de pie.
La conversación se interrumpió con la noticia de que el todoterreno en el que sus nietos iban al colegio había sufrido un pequeño accidente esa misma mañana. Nadie había resultado herido. Pero Indira se puso lívida y muy nerviosa. Su eterna amiga, esa vieja paranoia, afloró de nuevo. Decidió regresar a Delhi inmediatamente.
Sonia estaba despierta cuando llegó su suegra a las tres de la madrugada.
– ¿Cómo están los niños? -preguntó Indira, angustiada.
– Bien. Están durmiendo. No les ha pasado nada.
Su secretario principal acudió a verla. La encontró muy cansada. Seguía llevando el mismo sari burdeos, arrugado y polvoriento. Indira estaba convencida de que el percance de la mañana era parte de un complot para secuestrar a sus nietos o agredirlos, y nada de lo que dijo su secretario sirvió para hacerla cambiar de opinión. Luego insistió en discutir asuntos urgentes sobre Cachemira y el Punjab.
– ¿No prefiere dejarlo para mañana? -sugirió el hombre.
– No, hablemos ahora. Mañana quiero descansar un poco.
Tengo una entrevista con el ex primer ministro británico James Callaghan, y por la noche una cena oficial aquí en casa en honor a la princesa Ana…
– Está todo listo para la cena, no te preocupes -dijo Sonia-. Sólo necesito que me digas dónde quieres sentar a la gente.
– Mañana mismo te haré una nota.
Sonia hizo un gesto de despedida y se fue a acostar.
Cuando Indira terminó de dirimir los asuntos pendientes con su secretario principal, llamó al otro, el fiel Dhawan, a quien dio instrucciones para que cancelase todas las citas del día siguiente, excepto la que tenía con Peter Ustinov, que quería entrevistarla por la mañana, y las previstas con la delegación británica por la tarde. Estaba muy cansada.
Dos horas más tarde, a las seis de la mañana, se levantó. Hizo sus ejercicios de yoga, se duchó y escogió un precioso sari de seda en tonos pardos y azafrán con un borde negro. Escogió esos tonos porque le recordaban los colores otoñales de Cachemira y además porque le habían dicho que quedaban bien en televisión. Por la misma razón no se puso el chaleco antibalas que la obligaban a llevar bajo la blusa desde que se multiplicaron las amenazas contra su vida. Probablemente no reparó en que el color azafrán era el color de la renuncia según la creencia hindú, y particularmente sij. Luego desayunó una tostada y una taza de té en su habitación mientras ojeaba la prensa. Sus nietos Rahul y Priyanka fueron a charlar un instante con ella, antes de ir al colegio. Cuando Priyanka le dio un beso de despedida, se extrañó de que su abuela la apretase tan fuertemente contra su cuerpo. Lo achacó al miedo que debía haber sentido con el pequeño accidente de la víspera. Luego Indira llamó a Rahul y le dijo: «¿Te acuerdas de lo que te dije el otro día, de que si me pasa algo, no quiero que lloréis por mí?» El chico asintió y, sorprendido, se dejó abrazar.
Después del desayuno, Indira fue a su vestidor, donde se puso en manos de dos maquillado ras del equipo de Ustinov. Sonia pasó a verla para informarle del menú de la cena. Indira siempre se cuidaba de no servir lo mismo al invitado que repetía en casa. No tuvieron mucho tiempo para hablar porque en seguida el secretario Dhawan fue a avisarla que el equipo de televisión estaba esperándola en su despacho de Akbar Road.
– Ultimaremos los detalles a la hora de comer -le dijo a Sonia al marcharse.
Indira cruzó el comedor, la antesala, y salió de casa. Era un día precioso, una mañana clara, sin neblina, luminosa. El sol teñía de oro la vegetación lujuriosa del jardín. La temperatura era perfecta y la brisa, un bálsamo. Olía a flores y a césped recién cortado. Anduvo por el camino que separaba su residencia de la oficina del partido en Akbar Road, entre macizos de flores y matorrales de hoja perenne. Un policía caminaba a su lado, llevando un paraguas negro para protegerla del sol. El secretario Dhawan seguía unos pasos detrás, y luego un escolta. Pasaron delante de un gran arce que exhibía hojas amarillentas y rojizas. Al final del sendero, ahora bordeado de buganvillas, Indira reconoció a su escolta Beant Singh abriéndole la pequeña verja que daba al jardín donde se encontraban las oficinas. Era difícil no verlo, porque Singh era un gigante, un sij del Punjab, tocado con un turbante a juego con el color caqui de su uniforme. Iba acompañado de otro escolta, también sij, que Indira apenas conocía. Al acercarse a ellos, interrumpió la conversación que mantenía con su secretario por encima del hombro para saludarlos. Lo hizo a la manera tradicional, juntando las manos a la altura del pecho, inclinando levemente la cabeza y diciendo: «Namasté.» Como respuesta, Beant Singh, su fiel escolta de los últimos cinco años, desenfundó una pistola y la apuntó contra ella. Hubo un silencio que duró la eternidad de medio segundo, interrumpido por el canto de un pájaro en las altas ramas de los nims. «¿Qué estás haciendo?», preguntó Indira. En ese momento, Singh le descerrajó cuatro tiros a bocajarro. Indira levantó el brazo como para protegerse. El escolta giró la cabeza hacia su compañero y gritó: «¡Dispara!» El otro escolta sij vació el cargador de su fusil automático Sten -veinticinco balas- en el cuerpo de Indira. El impacto la hizo girar sobre sí misma antes de desplomarse sobre la tierra húmeda del sendero. Tenía los ojos abiertos. Parecían mirar las copas de los árboles, quizás el cielo. Eran las nueve y dieciséis minutos. Cayó en el lugar exacto donde, unos días antes, había visto jugar a su nieto Rahul con uno de los perros.