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Después de terminar la primaria en el colegio de chicas del pueblo de Sangano, Sonia hubiera querido continuar sus estudios en la escuela de Orbassano, pero su padre se opuso. «Nada de escuela pública para mis hijas. Para ellas, siempre lo mejor.» Lo mejor, según los Maino, era el colegio de las hermanas de María Auxiliadora en Giaveno, una bella ciudad medieval a unos veinte kilómetros de casa, conocido lugar de esparcimiento de muchos turineses. Allí tendrían la posibilidad de mezclarse con niñas de un «mejor ambiente» que en la escuela pública de Orbassano. Aparte de que valoraban mucho la educación religiosa, también querían quitarse el sambenito de paesane. De modo que dejaban a las niñas los lunes por la mañana y las recogían los viernes. No era un internado duro, al contrario, estaba lleno de monjas salesianas amables que en seguida tomaron afecto a Sonia. «La mayor tenía mucho genio y era difícil, pero Sonia era la bondad misma», diría de ella la hermana Domenica Rosso, quien fue asignada su tutora. «Che bel carattere, sempre gioviale», recuerda la hermana Giovanna Negri, antes de añadir: «Estudiaba para salir del paso, pero era risueña y siempre muy servicial.» Sonia mostraba ya una cualidad que se revelaría de gran importancia en su edad adulta: era conciliadora. «Tenía un talento especial para que dos compañeras que se peleaban dejasen de hacerlo, o para poner de acuerdo a un grupo y hacer una actividad en común. Era una chica muy serena, desde pequeña, quizás a causa de su problema, que la hizo madurar antes de tiempo…» El problema al que se refería la hermana Giovanna era el asma. Recuerda que los ataques de tos eran de tal intensidad que tuvieron que acomodarla en una habitación individual. Era la única interna que dormía sola, y lo hacía con las ventanas abiertas hasta en invierno, a pesar del viento glacial que soplaba de los Alpes. El internado, que contaba con doscientas alumnas, estaba en una loma que dominaba la ciudad: las torres de sus iglesias medievales emergían entre un mosaico de tejados antiguos, y del otro lado del río había un gran risco cuya cima solía estar cubierta de nieve. Cuando los ataques de tos cedían, Sonia, bajo su edredón de plumas, se quedaba mirando esa montaña, levemente iluminada por el reflejo de las luces de la ciudad y que le recordaba a su Lusiana natal.

Sonia aprendió a esquiar, como todos los piamonteses, para quienes el esquí es el rey de los deportes. Pero nunca fue una gran aficionada, como no lo fue a ningún deporte, porque temía que el ejercicio desencadenase un ataque de asma. Para compensar, a lo que sí se aficionó mucho fue a la lectura, una pasión que le duraría toda la vida. Al principio, como era de rigor en los colegios católicos leía las vidas de los santos. Sobre todo le gustaban las historias de los misioneros que lo daban todo por los pobres en países lejanos. Ser misionera le parecía una vida heroica, llena de sentido, porque había que entregarse a los demás, y excitante, porque estaba llena de aventura. Las monjas del internado proyectaban regularmente películas que contaban las grandes gestas y mitos del cristianismo -como la vida de San Francisco de Asís, por ejemplo- y que dejaban a las niñas, sobre todo a Sonia, petrificadas de emoción. Pero el placer de los libros duraba más que el de las películas, y podía releerlos y recrearse al tiempo que aprendía de las experiencias y de los pensamientos de los personajes. La lectura le abría las puertas al mundo. Gracias a ella, y a su curiosidad innata, la adolescente Sonia desarrolló un sentimiento que las monjas llamaban amor mundi, amor del mundo según la exquisita descripción que había hecho de ello San Agustín.

En las clases tuvo que aprenderse la vida de los grandes héroes de la historia moderna de su país como el filósofo y político Mazzini, que contribuyó a que Italia fuese una república democrática; o las andanzas del peculiar Garibaldi, idealista y guerrero que peleó por la unificación del país. Aprendió sobre el Risorgiraento, el movimiento nacionalista del siglo XIX, pero del resto del mundo las monjas enseñaban poco. Por ejemplo, de la India, de su lucha por la independencia y de su irrupción como un Estado moderno ni siquiera oyó hablar. La vaga figura de Gandhi le sonaba algo, pero tampoco hubiera podido decir de quién se trataba, como la gran mayoría de estudiantes no sólo italianos, sino europeos. Nehru, en cambio, le era más familiar. La silueta de ese hombre elegante, tocado con su característica gorra, la vislumbró alguna vez de camino a la cama, ya con el camisón puesto, en el noticiero nocturno que sus padres veían en la televisión.

De todas maneras, a Sonia la historia no le interesaba particularmente, como tampoco las materias científicas, o las que tuvieran que ver con la política. De siempre le gustaron los idiomas, para los cuales tenía una cierta facilidad. Su padre le había animado a aprender ruso y le había pagado un profesor particular. Sonia lo entendía y lo hablaba, aunque le costaba leerlo. También aprendió francés, en casa. Además los idiomas servían para viajar, para conocer otra gente, otras costumbres, otros mundos, para descubrir esos lugares que había podido avistar en las vidas de los misioneros.

Más tarde, cuando hubo dejado el internado de Giaveno y se matriculó en un instituto de Turín para hacer el preuniversitario, sus sueños infantiles se fueron transformando. Se fueron adaptando a la realidad. La idea de ser azafata de Alitalia, de ganarse la vida viajando por el mundo, llegó a seducirla. No requería un esfuerzo excesivo y, cuando hubiera terminado el bachillerato, cumpliría con casi todos los requisitos; era bien parecida, de buenos modales, medía lo que tenía que medir, sabía ruso y francés, lo tenía todo… Sólo le faltaba perfeccionar su inglés.

– Papá, quiero ir a Inglaterra a aprender bien inglés…

– Ni hablar.

A Stefano, la idea de que su hija viviese entre aviones y hoteles de acá para allá no le hacía la más mínima gracia, y tampoco le parecía algo serio. Si quería aprender inglés, ya le pagaba clases en una academia, no necesitaba marcharse de casa. ¿Acaso no había aprendido ruso con un profesor particular? ¿Acaso no había aprendido francés sin ir jamás a Francia? Sonia, que conocía bien la testarudez de su padre, evitaba enfrentarse a él, pero en el fondo era igual de cabezona cuando estaba convencida de lo que quería. De casta le viene al galgo…