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Sonia apenas podía controlar su temblor. La idea de que el enemigo estaba dentro de casa era terrorífica. ¿De quién fiarse? ¿Y si algún sirviente, algún empleado, algún secretario estaba compinchado? Era como si todas las certezas de la vida se hubieran desmoronado de golpe. ¡Otra vez esa sensación de estar sobre arenas movedizas, donde nada es lo que parece y todo puede cambiar de un minuto a otro! «¡¿Dios mío, y los niños?!» No podía evitar pensar en el asesinato de Sheikh Rahman y de toda su familia. El hijo tenía la misma edad que Rahul. ¿Habrán ido a por los niños al colegio? ¡Si solamente pudiese hablar con su hermana! Pero Nadia no estaba en Nueva Delhi por esas fechas.

Fue Pupul Jayakar, la amiga del alma de Indira, quien llegó primero y quien la tranquilizó. Los niños estaban en casa, a salvo y estaban todo lo serenos que se podía estar en esas circunstancias. Pupul le dijo que la noticia todavía no había trascendido y que los movimientos de la calle eran normales. «Encontré a Sonia en estado de shock -contaría más tarde-. Casi no podía hablar. Empezó a temblar y no quise hacer preguntas.» Pupul le había traído ropa y Sonia trocó el albornoz manchado de sangre por un sari. En la hora siguiente, empezaron a llegar otros amigos, miembros del partido y del gobierno. A Sonia le hubiera gustado echarles a todos de la sala, a todos menos a los amigos íntimos y los compañeros que habían mostrado su lealtad inquebrantable hacia Indira, tan pocos que se podían contar con los dedos de una mano. Pero eso era olvidar que Indira no sólo era la madre de su marido, sino la de todo un pueblo. Su asesinato revestía una gravedad extrema. El país estaba descabezado, sin timonel. Aún no sabía nadie si el atentado había sido una venganza puntual contra Indira o si formaba parte de un complot más amplio para acabar en golpe de Estado. De eso trataban las conversaciones susurradas en los pasillos del hospital entre miembros del gobierno y de la oposición, mientras el vicepresidente departía con altos funcionarios del Gobierno en un cuarto del piso inferior. Departían sobre el futuro del país, porque Indira ya era el pasado. Estaba a punto de entrar en la historia. A las dos y veintidós de la tarde, cinco horas después de ser abatida a balazos por hombres cuya misión era proteger su vida, los médicos declararon que Indira Gandhi había muerto. Diez minutos después, la BBC daba la noticia al mundo.

A tres mil kilómetros de distancia, el Ambassador de Rajiv corría lo más rápidamente posible por una carretera estrecha y llena de baches del estado de Bengala, sorteando elefantes, carricoches, motos, camiones atiborrados de mercancías y gente, mucha gente. Quería llegar a Calcuta lo antes posible para desde allí volar a Delhi y quizás llegar a tiempo para despedirse de su madre. Su recorrido de precampaña electoral había sido interrumpido cuando, a doscientos kilómetros al sur de Calcuta, su coche fue interceptado por un Jeep de la policía. Un agente le entregó una nota: «Ha habido un accidente en casa de la primera ministra. Cancele todas las citas y regrese inmediatamente a Delhi.» Por la radio del coche que circulaba por un paisaje de centelleantes arrozales y aldeas de adobe, Rajiv se enteró de que su madre había sido tiroteada por sus escoltas y transportada al hospital, donde los médicos intentaban salvarla. Reaccionó con aplomo y tranquilidad, quizás porque todavía albergaba una leve esperanza de que sobreviviese. Después de dos horas y media de estrepitoso viaje, cuando estaban a unos cincuenta kilómetros de Calcuta, un helicóptero de la policía interceptó su coche. Rajiv subió al aparato, que lo dejó en el aeropuerto, donde un Boeing de Indian Airlines le estaba esperando para llevarlo a casa. Hizo el viaje en cabina, con los pilotos, que estaban en contacto por radio con la capital. La ausencia de noticias le hizo sentir que ya no volvería a verla viva. Fue a través de una comunicación llena de interferencias como se enteró por fin de que había fallecido. Se quedó quieto, sin hablar, sin llorar. Los Nehru no lloran en público cuando son golpeados, eso le habían enseñado siempre. Parecía que la noticia no le hubiera sorprendido, quizás porque le embargaba un cierto sentido de la fatalidad parecido al que tenía su madre.

En el hospital, después del anuncio de los médicos, Sonia pidió a Pupul que la acompañase a casa a por ropa para vestir a Indira para su último viaje. Además, Sonia estaba deseando ver a sus hijos y salir de ese hospital invadido de gente. Fuera, la actividad de las calles parecía normal. La noticia todavía no había trascendido.

Cuando llegó a casa y sus hijos le preguntaron: «¿Cómo está la abuela?», Sonia se vino abajo. Sus sollozos ahogaban sus palabras. ¿Pero eran necesarias las palabras? Rahul se aferró a su madre y Priyanka corrió al interior de la casa y regresó con el inhalador. Sonia no lo necesitó y poco a poco fue calmándose. Luego, después de darles todas las explicaciones, Pupul y Sonia fueron al vestidor de Indira. Para su viaje final, le eligieron uno de sus saris favoritos, color rosa viejo, y un corpiño que había sido un regalo de un viejo sabio que ella admiraba mucho.

Los niños no quisieron quedarse en casa. También ellos querían ver por última vez a su abuela, y no querían dejar a su madre en ese estado, de modo que Sonia y Pupul se los llevaron de vuelta al hospital. El ambiente de la calle había cambiado por completo. Las tiendas estaban cerrando. «Veíamos a hombres con caras de ansiedad pedaleando con rapidez para volver a casa», diría Pupul. A medida que se acercaban al hospital, vieron a cada vez más gente caminar en la misma dirección. Tanta era la afluencia que la policía bloqueó la entrada principal, de modo que tuvieron que utilizar una entrada de servicio.

A la misma hora, Rajiv aterrizaba en el aeropuerto Palam con un nudo en el estómago. No estaban ni Sonia ni sus hijos para recibirle, los únicos que de verdad hubiera querido ver en ese momento. En cambio, en la pista, a pie de escalerilla, le esperaban sus ayudantes, algunos amigos y, sobre todo, muchos políticos del Congress. Ya estaban allí. Rajiv supo enseguida lo que venían a pedirle. Venían a exigirle que, le gustase o no, fuese el próximo primer ministro de la India.

Unos amigos lo condujeron al hospital. También ellos estaban de acuerdo con la idea de que él debía suceder a su madre. Nadie parecía disentir de lo que era considerado como ley de vida. Además, era lo mejor que podía pasarle para su seguridad y la de su familia, porque dispondría de todo el poder del Estado para protegerle. Era un argumento poderoso, que hizo mella en Rajiv.

– Pero eso lo tienen que decidir el partido y el presidente de la República -objetó-. El presidente es el encargado por ley de escoger a la persona que debe formar gobierno.

– Ya ha tomado la decisión.

– ¡Pero si no está en Delhi!

– Ya lo ha hecho saber. Tienes que aceptar, Rajiv, es lo mejor para vosotros.

En el avión en el que regresaba de un viaje oficial a Yemen, interrumpido por la noticia del asesinato de Indira, el presidente de la República, viejo amigo de la familia Nehru, ya había tomado la decisión de pedirle a Rajiv que fuese primer ministro. Y además que asumiese el cargo de inmediato, ya mismo, sin dejar pasar más tiempo. El momento era de una extrema importancia. La muerte de Indira a manos de pistoleros sijs hacía temer un estallido de violencia entre comunidades, la pesadilla de todo dirigente indio. Por eso era urgente evitar el vacío de poder, para mantener el país unido frente a semejante amenaza que podía acabar con el orden constitucional y, en definitiva, con la India como nación. Así se lo hizo saber el miembro decano del partido, en el mismo aeropuerto: «No debemos dejar el trono vacío, es muy peligroso.» Cuando, más tarde, el presidente de la República explicó las razones de su elección, dijo que tenía que escoger a un nuevo primer ministro del Congress, porque era el partido con mayoría aplastante en el Parlamento. ¿Y quién mejor que Rajiv, que tenía una reputación intachable y era joven e inteligente? Existía otra razón, que no tenía nada que ver con los méritos profesionales de Rajiv, y es que esa elección es la que le hubiera gustado a Indira. «Conocía su manera de pensar y lo que quería -confesó el presidente-, aunque nunca lo discutimos específicamente. Simplemente, sabía cómo era ella.» De modo que Rajiv se encontró en un callejón sin salida. Desde el más allá, la voz de su madre retumbaba en sus oídos. Si no la había abandonado nunca en vida, ¿iba a hacerlo ahora en la muerte? ¿No había tomado ya la decisión de entrar en política? ¿No era lo que le pedía el país la lógica consecuencia de ello? Nunca había querido ser primer ministro, a lo sumo tener un cargo en el gobierno, pero a veces la vida se acelera y no deja elegir.