En su recorrido por los pasillos del hospital, Rajiv se fue encontrando con toda una serie de personajes que habían formado parte de la vida de su madre, incluyendo a una llorosa Maneka, al inefable gurú Dhirendra Brahmachari, que repetía que Indira tenía que haberle escuchado para conjurar el peligro que se cernía sobre su vida, a ministros y funcionarios, ayudantes y secretarios que lloraban en pequeños corros. Los barones del partido estaban todos en el hospital y aprovecharon su llegada para hacerle saber que lo querían como nuevo líder del Congress y, en consecuencia, nuevo líder de la nación. Todos daban por hecho que hablaban con el futuro primer ministro. «Tienes que aceptar -le decían-. Si no por ti, hazlo por tu mujer e hijos, por vuestra seguridad. Y por tu madre, por la memoria de tu abuelo, por la familia, por la India.»
Eran las tres y cuarto de la tarde cuando Rajiv llegó a la sala adjunta al quirófano. Se fundió en un abrazo con Sonia, que rompió en sollozos. Quizás se acordaba de aquella primera cita con Indira en Londres, cuando le había entrado un pánico cerval a conocerla. ¿Quién iba a pensar entonces que la querría tanto, y que les dejaría así, solos ante el abismo?
Rajiv abrazó luego a los niños, que estaban muy asustados. La ola de terror que el atentado había desatado se había propagado como una epidemia. ¿No había jurado un grupo de fanáticos, después de la Operación Blue Star, exterminar a los descendientes de Indira hasta la centésima generación? ¿Quién sería el próximo? «… ¿Papá, mamá, nosotros?» ¿Quién sabía si detrás de cualquier enfermero, de cualquier visitante, de cualquiera de los muchos que recorrían los pasillos de ese hospital no se escondía otro terrorista asesino? ¿Dónde se detendría la furia vengadora de los extremistas sijs?
No tuvo mucho tiempo de consolar a su familia porque la gente le solicitaba constantemente. El país exigía su atención, sin siquiera darle tiempo a llorar la muerte de su madre y tranquilizar a los suyos. «Recuerdo que sentí la necesidad de estar a solas con él, aunque sólo fuese un momento», diría Sonia. Se lo llevó a un rincón del quirófano, a pocos metros de donde los médicos estaban cosiendo el cadáver de Indira. Olía a formol y a éter. La blanca luz de los neones mostraba con toda su crudeza las facciones devastadas del rostro otrora suave de Rajiv.
– Me van a hacer primer ministro -le dijo en un susurro.
Sonia cerró los ojos. Era lo peor que podía haber escuchado. Era como el anuncio de una segunda muerte en el mismo día. Rajiv le cogió ambas manos, mientras siguió susurrándole las razones que le obligaban a aceptar el cargo.
– Sonia, ésa es la mejor manera de protegernos, créeme. Dispondremos de la máxima protección. Ahora, es lo que necesitamos.
– Vámonos a vivir a otro sitio…
– ¿Y crees que estaremos seguros en otro país? Estamos todos en la lista negra de los extremistas, y esos fanáticos son capaces de golpear en cualquier lugar. No, Sonia, no nos queda más remedio que vivir protegidos constantemente, por lo menos hasta que la amenaza remita.
Sonia lloraba desconsoladamente. Sabía lo que eso significaba.
Significa tener que vivir en un entorno claustrofóbico, que los niños no podrían disfrutar de una existencia normal… ¿Era eso vivir? ¿Y la felicidad en todo esto? ¿Esa felicidad a la que se habían tan cómodamente acostumbrado?
– Te lo suplico, Rajiv, no dejes que te hagan esto -le rogó Sonia.
– Te aseguro que es por nuestro bien.
– ¿Por nuestro bien? Pero si ese sistema de protección del que hablas ha demostrado ser totalmente ineficaz. ¡Una primera ministra tiroteada en su propia casa, y ni siquiera el equipo de emergencia más básico a mano…! ¿Te das cuenta?
– La avisaron de que debía prescindir de sus guardias sijs, pero no hizo caso…
– ¿Qué quieres decir, que se lo buscó?
– Tendría que haber escuchado al jefe de la policía y al de Inteligencia. Seguiría ahora con nosotros, si lo hubiera hecho.
Él la abrazó de nuevo. Ella prosiguió:
– Dios mío, te matarán a ti también.
– No tengo elección, me matarán de todas maneras, esté o no en el poder…
– Por favor, no aceptes, diles que no…
– No puedo, mi vida. ¿Te imaginas seguir viviendo como si nada, siempre con miedo, aquí, en Italia o en donde fuese?… Es lo que pasaría si no acepto. Así es como tienes que verlo. Es mi destino. Nuestro destino… Hay momentos en que la vida no te deja elegir porque no hay elección posible. Ayúdame a aceptarlo.
– ¡Oh no, Dios mío, no!… -musitaba Sonia inmersa en un mar de lágrimas-. Te matarán, te matarán… -repetía mientras el secretario oficial de Indira, P.C. Alexander, vino a interrumpirles. La rueda de la sucesión no podía esperar. Era urgente ponerla en marcha. Cogió a Rajiv del brazo.
– Tenemos que organizar la toma de posesión -dijo en voz baja.
– Voy a casa a cambiarme de ropa -le contestó Rajiv-. Estaré antes de las seis en el palacio del presidente de la República.
Entonces Sonia supo que no había nada que hacer, que de nuevo tenía que doblegarse ante unas fuerzas que le sobrepasaban y que nunca podría controlar. ¿Qué podía hacer ella contra un país que se había quedado huérfano y que reclamaba la cabeza del hijo? Cuando Rajiv le dio un beso en la frente y se separó lentamente de ella, Sonia, presa de una indefinible sensación de melancolía, sintió un desgarro en las entrañas, como cuando estaba en el Ambassador sosteniendo la cabeza de una Indira moribunda entre sus brazos.
Por la tarde de ese mismo día tuvo lugar la ceremonia de toma de posesión de Rajiv Gandhi como sexto primer ministro de la India en el salón Ashoka del Palacio del Presidente de la República, el mismo lugar donde su abuelo y su madre habían sido investidos para el mismo cargo. De los seis primeros ministros, tres habían pertenecido a la misma familia y los otros tres habían sido muy breves. En treinta y seis años de independencia, los Nehru habían sido primeros ministros durante treinta y tres años. Indira había sido la tercera en morir en el cargo, pero la primera de una muerte violenta. No fue una ceremonia animada, como correspondería en circunstancias normales. Allí estaba un hombre joven, a quien no le habían dado tiempo para asimilar la muerte de su madre y su repercusión en la nación, empujado a aceptar el papel más difícil y exigente al que podía aspirar cualquier ciudadano de la India. Sin quererlo ni desearlo.
Antes de aceptar, Rajiv había dejado claro que mantendría el gobierno anterior, sin miembros nuevos ni cambios de cartera. A continuación tuvo lugar su primer consejo de ministros, en el que el debate giró en torno a los funerales de Indira. Decidieron instalar la capilla ardiente en Teen Murti House, la antigua residencia de Nehru, el palacete donde Rajiv había pasado su infancia. Usha, la fiel secretaria, fue de las primeras en llegar y así describió a su antigua jefa, tendida en el féretro, el cuerpo amortajado pero el rostro descubierto: «Su cara estaba hinchada y sin color. Mejor que no se hubiera visto así porque no se hubiera gustado, ella que siempre iba tan bien arreglada y que cuidaba tanto su apariencia.» Lo mismo debió de pensar Sonia. La televisión captó un momento corto e intenso, un gesto que quedó grabado en la memoria de millones de indios y que hablaba, más que cualquier declaración escrita o expresada oralmente, del vínculo que unía a ambas mujeres. Sonia, serena, pasó un pañuelo por la comisura de los labios de Indira para secarle el brillo de la piel. Como si en lugar de muerta estuviera viva y siguiese necesitando sus cuidados. La lealtad sobrevivía así a la muerte.