Pasadas las once de la noche, el nuevo primer ministro apareció en televisión, en un discurso que fue retransmitido por radio al mundo entero. Sonia estaba en el estudio de grabación, el corazón partido al ver cómo el poder había secuestrado a su marido, utilizando sin escrúpulos los apellidos Nehru-Gandhi para mantener el país unido en tiempo de crisis. ¿No era una crueldad haber pedido a alguien con tan poca veteranía en política como su marido que aceptase un cargo que precisaba de tanta experiencia, al menos en esos tiempos tan difíciles?
«Indira Gandhi ha sido asesinada -empezó diciendo Rajiv ante las cámaras-. Sabéis cuán cerca de su corazón estaba el sueño de una India próspera, unida y en paz. A causa de su muerte prematura, su labor ha quedado interrumpida. A nosotros nos toca acabarla.»
Su discurso, y el tono de emoción contenida con el que lo pronunció, recordó a muchos el discurso que hizo su abuelo Nehru tras el asesinato de Gandhi. Entonces Nehru tuvo miedo de que los musulmanes fuesen culpados del magnicidio, por eso se apresuró en decir alto y claro que el culpable había sido un fanático hindú. Treinta y seis años más tarde, Rajiv Gandhi no hizo referencia alguna a los asesinos de su madre, o a sus motivos. Aludió a la naturaleza religiosa del asesinato cuando hizo un llamamiento a la calma y a la unidad, diciendo que nada le dolería más al alma de Indira Gandhi que un brote de violencia en cualquier lugar del país.
Pero la violencia ya había estallado. Primero empezó en los alrededores del hospital, cuando varios taxis conducidos por sijs fueron apedreados y un templo sij, incendiado. Cualquier hombre enturbantado parecía de pronto sospechoso. Los vecinos sijs recogieron a sus niños de las calles, se encerraron en casa, bajaron las persianas y apagaron la luz, procurando hacerse invisibles. Las mujeres miraban espantadas entre las rendijas. Algún sij corría a buscar refugio. Para otros, no había refugio. Sabían que el asesinato de Indira Gandhi los habían convertido en blanco de la ira del pueblo. Al caer la noche, se formaron grupos de gente en las callejuelas, la mayoría hindúes, algunos con palos en la mano, otros incitando a la caza del sij. Fue una noche negra, aún más oscura por la oleada de odio y terror que se abatió sobre la ciudad, que apenas durmió. La intensidad de las matanzas aumentaba a medida que surgían rumores de que los sijs habían envenenado los depósitos de agua potable de la capital, o de que un tren lleno de hindúes que venían del Punjab había sido atacado. No eran verdad, pero la gente los creía. Bandas de gamberros, que al principio destrozaban casas y comercios propiedad de sijs, sacaron luego de sus hogares a hombres y niños con turbante para despedazarlos a machetazos frente a sus mujeres horrorizadas. En las calles, grupos de matones se abalanzaban sobre los sijs, a los que daban palizas de muerte o rociaban de gasolina para prenderles fuego. Familias enteras fueron acuchilladas en trenes y autobuses. La policía no se atrevía a intervenir, por pura desidia y también porque en el fondo estaban de acuerdo en vengarse de esa turbulenta minoría. Durante tres días, mientras miles de personas desfilaban ante el cuerpo de Indira Gandhi, entre los que se encontraban estrellas de cine, jefes de Estado, líderes políticos, amigos, familiares y miles de ciudadanos que nunca habían conocido a Indira pero que sentían profundamente su pérdida, la orgía de violencia siguió extendiéndose. Más de dos mil coches, camiones y taxis ardieron, así como un rosario de fábricas propiedad de familias sijs, como la de Campa Cola, la respuesta india a la Coca -Cola, que pertenecía a un antiguo amigo de Sanjay que les había ayudado en tiempos de penuria. Los periodistas documentaron un episodio particularmente atroz en un barrio de la margen derecha del río Yamuna, donde un grupo bien organizado dio muerte de manera sistemática a todo sij frente a la pasividad de la policía. Ni siquiera les daban la oportunidad de salvarse porque prendían fuego a las casas con sus habitantes dentro. Una de las periodistas que fue testigo de lo ocurrido llamó por teléfono a Pupuclass="underline" «Por favor, haz algo, la situación es trágica», le dijo con voz asustada. Pupul se quedó perpleja. Hasta hacía muy poco tiempo, hubiera sabido qué hacer. Habría cogido el teléfono y hubiera llamado a su amiga Indira, que habría actuado inmediatamente. Pero ahora no sabía a quién dirigirse. De modo que llamó al ministro del Interior que casualmente estaba reunido con Rajiv en el número 1 de Safdarjung Road. Le explicó las masacres, las violaciones, el horror de lo que estaba ocurriendo a menos de diez kilómetros de donde se encontraban. «Hable con el primer ministro», le dijo, y acto seguido le pasó a Rajiv. Pupul le repitió lo que ya había contado. «Me era difícil dirigirme a Rajiv como primer ministro, me era difícil entender que el enorme poder y la masiva autoridad de Indira ahora recaían en él» Rajiv la hizo ir a su casa, donde Pupul contó con más detalle todo lo que sabía. El primer ministro parecía desconcertado e indeciso.
– ¿Qué hago, Pupul? -le preguntó.
– No me corresponde decir lo que debe hacer el primer ministro -le contestó ella-. Te puedo decir lo que tu madre hubiera hecho. Habría llamado al ejército y hubiera mantenido el orden a toda costa. Habría salido en televisión y con todo el prestigio de su cargo hubiera dejado bien claro que bajo ningún concepto consentiría las masacres.
– Ayúdame a redactar un discurso como los que hubiera hecho mi madre -le pidió Rajiv mientras la acompañaba hasta la puerta-. Por favor, hazlo ya, es urgente.
Pupul lo hizo, pero cuando se sentó frente al televisor, no apareció Rajiv, sino el ministro del Interior. Pupul pensó que no era una presencia suficientemente contundente para calmar los ánimos. Le pareció que el discurso carecía de la angustia del hijo y de la autoridad de un primer ministro. De hecho, el ejército no fue llamado a intervenir esa noche por miedo a inflamar aún más los ánimos, de modo que el terror y la barbarie continuaron. Esa indecisión fue atribuida por muchos a la inexperiencia de Rajiv. Pero la verdad es que estaba superado por los acontecimientos, todavía bajo el trauma de haber perdido a su madre y de encontrarse con las riendas del poder, sin saber realmente cómo funcionaban los resortes de ese poder.
Entre los sijs cundía tal pánico que por primera vez en su vida, muchos de ellos se quitaron el turbante y se cortaron las barbas y el pelo para salvarse. Unos cien mil huyeron de la capital. El escritor Kushwant Singh se refugió con su mujer en la embajada de Suecia: «Lo que las turbas buscaban eran los bienes de los sijs, los televisores y las neveras, porque somos más prósperos que los demás. Matar y quemar gente viva sólo era parte de la diversión.» Al anochecer, grupos de sijs se dispersaban por la ciudad buscando refugio. Dos de ellos llegaron a casa de Pupul, y sorprendieron a la mujer del dhobi, el lavandero, que a esas horas debía estar participando en los disturbios. Ante los gritos de susto de la mujer, los sijs salieron corriendo, pero Pupul les hubiera dado cobijo esa noche, como lo hicieron también muchas familias hindúes. De la misma manera que muy pocos sijs habían sido seguidores de Brindanwale, muy pocos hindúes querían vengarse de los sijs. Pero los que lo hicieron fueron de una crueldad que recordaba a los tiempos de la Partición. En tres días, unos tres mil fueron masacrados.