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Pero Rajiv se sentía como pez en el agua entre estadistas internacionales. En el fondo, se había criado entre ellos y hablaba su mismo lenguaje. No daba la imagen de un oscuro político del tercer mundo, sino la de un hombre moderno y progresista con ideas propias capaz de medirse con cualquier líder mundial. Iba respaldado por los logros conseguidos en sus primeros dos años de mandato, que sumaban más que los de ningún otro primer ministro en un lapso de tiempo comparable. Cuando le criticaban porque su política de apertura económica le acercaba a Estados Unidos o viceversa, cuando en Occidente le acusaban de que la India se inclinaba hacia la Unión Soviética, a él le gustaba repetir una frase de su madre: «Nos mantenemos derechos, no escoramos hacia ningún lado.» Rajiv consiguió que el presidente Ronald Reagan hiciese una excepción en su política de no vender a la India tecnología que pudiera ser desviada a países del Este. Quería una supercomputadora americana para ayudar a predecir la evolución de los monzones con un alto grado de precisión, algo que pensó sería de inestimable ayuda para los campesinos. Reagan lo entendió y accedió a la petición.

Para Rajiv, esos viajes suponían asistir a interminables mesas redondas, ceremonias, conferencias y firmas de acuerdos. Disfrutaba sobre todo visitando laboratorios y empresas punteras que producían los últimos adelantos tecnológicos y se preguntaba siempre cómo se podrían aplicar en la India para aliviar la pobreza. En Japón, Rajiv alabó al «primer país asiático en haber asimilado el conocimiento científico» y resaltó los logros de su propio país: «En 1947, ni siquiera producíamos tornos; hoy construimos nuestros reactores atómicos y lanzamos nuestros satélites al espacio.» Estaba especialmente satisfecho de haber salido airoso de lo que consideraba el mayor desafío de su mandato, la sequía de 1987, catalogada corno la más severa del siglo xx y que afectó a doscientos cincuenta y ocho millones de personas y a ciento sesenta y ocho millones de cabezas de ganado. Tomó el asunto firmemente en sus manos, manteniendo un estrecho contacto con funcionarios locales responsables de los programas de desarrollo y de socorro, asegurándose de que los excedentes de reserva eran apropiadamente distribuidos y de que los gastos de la ayuda de urgencia se convertían en inversiones para el desarrollo, por ejemplo ayudando a cavar pozos de agua y realizando obras de irrigación. Su dedicación y la planificación casi militar, que recordaba a muchos la capacidad organizativa de su madre, hizo que el país no tuviera que importar grano y, por primera vez en su historia, la India salía de una sequía a escala nacional sin hambrunas, sin epidemias, sin muertos y con un producto nacional bruto positivo. «¡Fue una gran satisfacción para él!», diría Sonia.

En otros frentes, los resultados no eran tan alentadores. En política exterior, Rajiv había heredado una situación viciada en Sri Lanka, creada en parte por su madre. La antigua isla de Ceilán era un país poblado por diecisiete millones de habitantes, la mayoría de cultura cingalesa y religión budista, excepto una minoría en el norte de dos millones y medio de tamiles, de religión hindú, que tenían fuertes vínculos raciales y lingüísticos con los cincuenta y cinco millones de tamiles que poblaban el estado indio de Tamil Nadu. Esta minoría se había sentido siempre marginada por la mayoría cingalesa. Se sentían tratados como ciudadanos de segunda, sobre todo desde que el gobierno, en los años cincuenta, declarase el cingalés idioma oficial de la isla. Años de resentimiento desembocaron en el surgimiento de una guerrilla, los Tigres Tamiles, que buscaba la independencia de su territorio en la punta noreste de la isla. Durante años, los Tigres contaron con el apoyo discreto de la India. El jefe del gobierno del estado indio de Tamil Nadu, un ex actor de cine de Tamil reconvertido al populismo, les suministraba armas, dinero y refugio. Indira hacía la vista gorda por razones de estrategia política interna, ya que este hombre era su único aliado en el sur y necesitaba su apoyo político.

En 1983, los Tigres eran tan fuertes que intensificaron la lucha armada. El gobierno de Sri Lanka reaccionó con todos los medios a su alcance y de manera brutal, de forma que el conflicto entró en una espiral de terrorismo y represión que reforzó aún más el deseo de independencia de los tamiles. Las altísimas cotas de salvajismo y de crueldad de ambos bandos ofrecían un contraste sangriento con la belleza paradisíaca de la isla. La expresión serena de los Budas esculpidos en piedra por los antiguos moradores de la isla parecían de pronto fuera de lugar.

Cuando Rajiv llegó al poder, se encontró con el problema de que una avalancha de refugiados cruzaban a la India, huyendo de la ofensiva del ejército de la isla. Aparte del problema logístico que suponía alimentar y alojar a miles de personas, existía el riesgo de que el descontento de los tamiles de la isla se contagiara a los del subcontinente, alimentando el deseo de independencia del estado indio de Tamil Nadu, uno de los estados con personalidad propia muy marcada, y creando más tensiones secesionistas en la India, como si no hubiera bastantes.

– Me recuerdas a tu madre, cuando tuvo que enfrentarse a la primera oleada de refugiados de Bangladesh -le dijo Sonia-. Al principio no sabía muy bien qué hacer.

– Lo que hay que hacer es arreglar el problema en su origen, es lo que hubiera pensado ella. No hay que dar razones a los tamiles de Sri Lanka para que vengan. El problema hay que arreglarlo en Colombo. Como mi madre, que tuvo que arreglarlo en Bangladesh.

Rajiv despachó una serie de enviados especiales a Sri Lanka, cuya misión era convencer al gobierno de la isla para que concediese un cierto grado de autonomía a los tamiles, dejando entender que si el gobierno hacía las paces con los tamiles, la India se comprometía a cortar por completo la ayuda a la guerrilla. Pero el gobierno de Sri Lanka, embarcado en una solución militar, hizo oídos sordos. Continuó con su ofensiva e impuso un bloqueo a la península de Jaffna, el territorio de los tamiles en el noreste de la isla. Gasolina, alimentos y medicinas empezaron a escasear.

– No hacen caso. Tienen que entender que la India no puede quedarse de brazos cruzados. Si no nos invitan a colaborar en la solución de un problema que nos amenaza directamente, intervendremos sin pedir permiso.

– ¿Otra guerra? -dijo Sonia-. Piénsatelo bien.

Rajiv planificó bien la jugada. En el bloqueo vio la oportunidad de que la India se impusiera de una vez por todas. Decidió mandar cinco aviones de carga escoltados por cazas en dirección a la península de Jaffna para socorrer a la población, lanzando cuarenta toneladas de arroz, medicinas y suministros varios. Era un gesto animado de un auténtico motivo humanitario y al mismo tiempo de la voluntad de la India de afirmarse como poder regional.

La presión funcionó. El presidente de Sri Lanka acabó por firmar un acuerdo con Rajiv, según el cual el gobierno cingalés concedía una amplia autonomía a los tamiles. El acuerdo también estipulaba que una fuerza de paz india sería trasladada a la isla. El ejército de Sri Lanka se retiraría a sus barracones, y los militantes de los Tigres Tamiles serían persuadidos -o forzados- a deponer las armas. «Este acuerdo no sólo acaba con el conflicto -declaró Rajiv-, también trae paz y hace justicia a las comunidades minoritarias de la isla.»