— ¿O sea que me hubiera abandonado en mitad de la nada?
— Todos los muertos están siempre en mitad de la nada… — fue la tranquila respuesta—. Y lo mismo da que lleven muertos un día que mil años. Se lo dije y se lo repito: mi responsabilidad hacia usted concluirá en el momento mismo en que se le ocurra la mala idea de dejar de respirar.
— Pues si tengo que volver por el mismo camino es muy posible que deje de respirar de una vez por todas… — Hizo un gesto hacia la lejanía al inquirir —: ¿No hay salida hacia abajo?
— ¿Hacia abajo? — repitió desconcertado su interlocutor—. ¡Naturalmente! La que utilizó Orellana por el cauce del Alto Coca, pero supongo que ya sabe lo que le costó. Desde entonces, y pronto hará quinientos años de eso, nadie ha sido capaz de reencontrar el camino. — El ecuatoriano agitó una y otra vez la cabeza negativamente—. Y le aseguro que no seré yo quien lo busque, puesto que el Coca más arriba de las cataratas está considerado, y con razón, un río maldito que devora a cuantos se aproximan a sus orillas.
Poco después reemprendieron la marcha para dejar prudentemente a la derecha Papallacta y alcanzar al fin un mísero poblacho que no constituía en realidad más que una agrupación de chozas de techo de paja, una desvencijada iglesia en la que probablemente no se celebraban oficios desde hacía treinta años, y un pretencioso «hotel» que no contaba más que con dos oscuras y hediondas habitaciones ocupadas ya por los hombres de Galo Zambrano.
Éstos admitían ser profanadores de tumbas prehis-pánicas, pero por su carácter y catadura de igual modo podrían haber admitido ser salteadores de caminos, piratas caribeños, o asesinos a sueldo.
Dos eran cholos andinos, otro un indio alama nacido a orillas del Napo, y el último un negrazo gigantesco llegado de la norteña región bananera de Esmeraldas.
Fue Galo Zambrano quien durante la cena le aclaró a su acompañante la razón de tan distintos lugares de procedencia.
— Ecuador… — comenzó diciendo — es como Dios, a la vez «Uno y Trino». «Uno», porque los ecuatorianos tenemos muy arraigado el espíritu patriótico, siendo como somos una nación diminuta emparedada entre Perú y Colombia. Y «Trino» porque estamos constituidos por tres regiones que en apariencia no tienen nada que ver las unas con las otras. En el centro se alza la cordillera, de gigantescas montañas pobladas por cholos descendientes directos de los incas; en el oriente las selvas, de indios amazónicos, algunos aún tan salvajes como los aucas que asesinan a cuantos se atreven a pisar su territorio, y en el poniente, las tierras calientes, dominadas por negros descendientes de esclavos africanos.
— ¿Y quién ostenta el poder? — quiso saber Bruno Guinea.
— ¿El poder? — repitió su interlocutor negando con un leve gesto de la cabeza—. También en esto nos dividimos en tres, puesto que existe el «poder social», es decir, el de las clases altas que suelen ser descendientes de las familias españolas que se establecieron en Quito, y que siendo antaño grandes terratenientes, fueron perdiendo su fuerza a medida que dividían sus tierras entre sus descendientes. Luego existe el «poder económico» que está en manos de los inmigrantes sirios y libaneses que se establecieron en Guayaquil amasando increíbles fortunas con el café, el cacao, el banano y el comercio. Y por último existe el «poder político» que suelen repartirse tanto los profesionales como los militares, según las circunstancias, y que igual pueden provenir de un sector, como de otro.
— ¡Curioso!
— En mi país casi todo es curioso cuando nos sorprende, aunque lo más sorprendente que ha ocurrido en estos últimos tiempos, se circunscribe al hecho de que de pronto llegue un matasanos español y gane una fortuna apostando al número del Diablo. ¿Cómo.lo consiguió?
— Como se suele conseguir casi todo en la vida: con mucha suerte.
— La suerte acostumbra a tener límites — sentenció Galo Zambrano.
— Se equivoca… — le contradijo el Cantaclaro—. Ni la suerte, ni la mala suerte conocen fronteras. Hay personas que nacen con una buena estrella que les acompaña hasta el día de su muerte, y otras que nacen estrelladas y mueren de igual modo.
— ¿Y usted es de las primeras?
— ¡Ni por lo más remoto! — se escandalizó el otro—. Lo que ocurrió la otra noche incluso a mí me resulta inexplicable.
— Pero ¿por qué tres veces el seis?
— ¿Y por qué no? Cada vez que gira la ruleta puede caer en un número con total independencia del que haya salido con anterioridad.
— ¡De acuerdo! — aceptó el ecuatoriano dando por concluido el tema—. Lo único que espero es que cuando nos veamos en peligro tenga un golpe de suerte parecido y nos salve el pellejo… — Le guiñó un ojo en un gesto impropio de su carácter—. Y ahora intente descansar, puesto que nos esperan jornadas muy duras.
— ¿Adonde nos dirigimos?
El otro hizo un gesto que denotaba sorpresa.
— ¿Y usted me lo pregunta? — inquirió—. A cuatro horas de camino comienza la Alta Amazonia, y en cualquier momento, nunca se sabe exactamente dónde, a qué hora, ni por cuánto tiempo, nos engullirá el Mar Blanco, pero aún no me ha aclarado qué es lo que busca.
— «El Mar Blanco»… — repitió confuso Bruno Guinea—. ¿Qué es eso del «Mar Blanco»?
— La niebla más espesa que nunca haya visto nadie; un océano de nubes que llegan desde miles de kilómetros de distancia, porque como aquí el viento sopla siempre del este, empuja hacia los Andes todo el vapor de agua que el sol ha ido levantando de la humedad de la cuenca amazónica. Un poco más abajo de donde nos encontramos, la Cordillera Real se convierte en una barrera natural en la que «la mitad del tiempo hay lluvia, y la otra mitad diluvia».
— Nunca me había hablado de eso… — protestó con gesto de cansancio el español.
— Son muchas las cosas malas de esta región de las que nunca le he hablado, y si tampoco le he mencionado las buenas es porque no conozco ninguna. Pero es usted quien paga por venir.
— ¿Y cómo podemos evitar ese Mar Blanco?
— Procurando mantenernos por encima de las nubes, pero eso no siempre es posible, ya que de improviso ascienden más de mil metros y te atrapan antes de que hayan tenido tiempo de reaccionar.
— Difícil me lo pone.
— Difícil es.
Es noche, tumbado en un mugriento jergón arrinconado en una hedionda estancia que se veía obligado a compartir con dos profanadores de tumbas, Bruno Guinea soñó que se sumergía en empapados algodones de entre cuyas prietas fibras surgían de tanto en tanto informes bestias que intentaban devorarle.
También soñó con Alicia, y con el acogedor estudio repleto de libros en el que tan a gusto se había sentido siempre.
Cuando al fin despertó el sol estaba muy alto, machacando con furia la solitaria plazoleta de tierra apisonada, y le sorprendió descubrir que en todo cuanto alcanzaba la vista no se distinguía más vida que tres perros, dos cerdos, media docena de gallinas, y a su derecha, casi invisible bajo el porche de la vetusta iglesia cerrada a cal y canto, la figura de un viejo y andrajoso nativo que permanecía acuclillado con la espalda apoyada contra el muro.
Se aproximó a él.
— ¡Buenos días! — saludó.
— Buenos serán si usted lo dice… — fue la en cierto modo desconcertante respuesta.
— ¿Dónde están todos?
— ¿No los ve?
— No.
— Pues si usted no los ve, imagínese yo.
Fue en ese justo momento cuando el Cantaclaro descubrió que los ojos del anciano eran como dos bolas de cristal translúcido.
— ¡Lo siento! — balbuceó desconcertado.