Al cabo de unos instantes, cuando consiguió calmarse ante la incómoda expresión de su acompañante, señaló:
— Por estos pagos no hay forma humana de cargar con una tienda de campaña, dejando a un lado de que de nada serviría, puesto que los murciélagos muerden atravesando la lona por gruesa que sea. Lo único que les detiene son estas cañas.
— No creo que consiga dormir jamás como un rollito de primavera — se lamentó el Cantaclaro—. Me produce claustrofobia.
— Pues vértigo y claustrofobia son los peores compañeros de viaje en este lugar y en este caso…
Como siempre, el ecuatoriano sabía muy bien de lo que hablaba puesto que apenas dos horas más tarde alcanzaron el borde de un precipicio del que resultaba imposible ver el fondo puesto que a unos seiscientos metros bajo ellos se extendía un mar de nubes que se perdía de vista en la distancia.
Tomó asiento, con los pies colgando sobre el abismo, y mientras pelaba con toda calma un plátano cuya piel lanzó al vacío, comentó con absoluta naturalidad:
— ¡Aquí la tiene…! La Caída del Infierno. El muro contra el que chocan todas las nubes de la cuenca amazónica y el espectáculo más grandioso que puede contemplarse en este mundo.
— Sí que lo es — se vio obligado a admitir el español.
— A nuestra espalda se alza el Roncador, que cuando se enfada hace que todo tiemble, a lo lejos aún se distingue la cima del Sangay y aquel de allá arriba es el Cayambe. Como puede comprobar, nos rodean nubes, selva, precipicios y volcanes… ¿Qué más se puede pedir?
— ¿Qué tal un buen techo y una cama? — aventuró con una leve sonrisa su interlocutor.
— ¡Eso lo puede tener cualquiera…! — fue la respuesta—. Pero para disfrutar de este paisaje es necesario ser alguien «muy especial» y tener los cojones bien puestos… — Le propinó un fuerte mordisco al plátano, y con lo que le quedaba en la mano señaló la siguiente colina al añadir —: Sobre todo cuando tengamos que pasar al otro lado.
— ¿Y eso por qué?
— Porque es terreno pedregoso, de matorral bajo, hierba alta y muchas cuevas en las que proliferan las vizcachas.
— ¿Qué es una vizcacha?
El guaquero se volvió a observarle con innegable desconcierto.
— ¿Me quiere hacer creer que nunca ha visto una vizcacha?
— Nunca.
— ¿Ni ha oído hablar de ellas? — Ante la nueva
negativa agitó una y otra vez la cabeza y por último añadió —: Es una especie de enorme conejillo de indias, de piel muy cara y bastante bueno para comer.
— ¿Y ataca?
— ¿Atacar? — se escandalizó el otro—. ¿A quién coño va a atacar un conejo de indias?
— ¿Y yo qué sé? — se lamentó Bruno Guinea, al que cada vez se le advertía más confundido—. Creí entenderle que tendríamos problemas al cruzar por la zona en la que habitan.
— ¡Sí, claro! Naturalmente que los tendremos. Y muchos.
— ¿Y a qué se debe, si por lo que dice no atacan?
— A que donde abundan las vizcachas, abundan las japutas, que se alimentan de ellas, y que como su mismo nombre indica, son las serpientes más venenosas y más «coño-e-madre» de toda esta maldita región.
— ¡Ya empezamos! Esto es como «salir de Guatemala para meterse en Guatepeor». Y no me repita que me lo advirtió, porque no pasa un solo día que no me venga con una historia más aterradora que la anterior… — Hizo un gesto hacia la colina—. ¿Y no podemos evitar pasar por ahí?
El ecuatoriano se limitó a negar con un leve ademán de cabeza:
— Al otro lado hay un precipicio de lo más puñete-ro. Ese es el único camino.
— ¿Para ir adonde?
— A ninguna parte. Usted quería conocer la alta amazonia, y aquí estamos. O avanzamos, o retrocedemos… ¡No hay más cera que la que arde! Se apoderó de una piedra y la lanzó para que trazara un arco y se precipitara cada vez más rápidamente hacia el mar de nu-
bes—. Y como comprenderá, por aquí no vamos a ninguna parte.
— Eso no se lo discute nadie… ¿Atacan esas serpientes?
— ¿Por qué cree que las llaman «japutas»?
— ¿Y son venenosas?
— Mortales.
— ¿Y qué piensa hacer?
— Cruzar.
— ¿Cómo?
— Con mucho cuidado y mucha sal.
— ¿Sal?
— Eso he dicho.
— ¿Acaso les gusta la sal?
— ¡No diga pendejadas! — se irritó Galo Zambrano que comenzaba a impacientarse—. ¿Dónde se ha visto que a una serpiente le guste la sal si en toda la Amazonia no existe ni un gramo de sal? — Se volvió a medias y le gritó a uno de sus hombres —: ¡Ramiro! ¡Trae la sal!
El llamado Ramiro, un indio amazónico de alta estatura y piel muy clara se aproximó de inmediato portando un saco de unos cinco kilos que colocó junto a su jefe, abriéndolo para mostrar que se encontraba efectivamente lleno hasta los bordes de sal gruesa.
El guaquero extrajo entonces del bolsillo un pañuelo, se anudó una punta al dedo meñique de la mano izquierda, lo extendió sobre una laja de piedra y lo llenó de sal. A continuación unió las tres puntas restantes y las aferró cerrando fuertemente el puño de tal forma que se convertía en una especie de bolsa que colgaba bajo su mano.
— Esto es lo que tiene que hacer — dijo—. Extender el brazo y llevar siempre el pañuelo por delante.
— ¿Y eso espanta a las japutas?
— ¡Ni de vaina!
— ¿Entonces?
— Cuando se tropiece con una serpiente como de metro y medio, grisáceas y con manchas negras, advertirá que se alza de inmediato sobre la cola en posición de ataque, y en ese momento, sin pensárselo dos veces, abra la mano y deje que el pañuelo caiga y la sal se derrame.
— ¿Y qué se consigue?
— Que la serpiente, que tiene unos reflejos muy rápidos, advertirá que algo que al recibir los rayos del sol lanza destellos brillantes se mueve ante sus ojos, por lo que creerá que la atacan y contraatacará en el acto.
— ¿Y…?
— Que cerrará con fuerza las mandíbulas esperando clavar los colmillos en un enemigo tangible, pero se encontrará con que las fosas nasales y la boca se le han llenado de algo desagradable e irritante que se le disuelve en la saliva, se le introduce por debajo de las glándulas venenosas y no sabe cómo expulsar.
— Supongo que lo escupirá.
— Supone mal, porque la mayoría de las serpientes, al igual que otros muchos animales, no poseen una lengua como la del ser humano, acostumbrada a escupir, por lo que la japuta suele salir echando leches con el rabo entre las piernas.
— Las serpientes no tienen piernas.
— ¡Más a mi favor!
— ¿Y a quién se le ocurrió ese truco?
— ¡Ni idea! Pero lo cierto es que ha salvado muchas vidas.
— No sé por qué, pero tengo la impresión de que me está tomando el pelo.
— Es muy libre de pensar lo que le apetezca, pero le aconsejo que si pretende llegar al otro lado de esa maldita colina, aguce el ojo y tengo la mano rápida.
Resultaba del todo punto curioso, y a decir verdad en cierto modo ridículo, ver avanzar a seis hombreto-nes hechos y derechos, muy despacio, mirando y remirando una y otra vez en todas direcciones y con un brazo alargado como si transportaran un apagado farol a plena luz del día.
Las vizcachas abundaban, eso era cierto, y prolife-raban en tal número que mataron a palos a tres de ellas, garantizándose la cena y el almuerzo del día siguiente, pero también fue cierto que el Cantaclaro no tuvo ocasión de distinguir ni tan siquiera la sombra de una serpiente, por lo que se quedó con la duda sobre si se había convertido o no en víctima de una pesada broma.
Cuando poco más tarde preguntó si no podría darse el caso de que las vizcachas que se estaban asando a fuego lento hubieran contraído la rabia, el negro Rosario le hizo notar que resultaba del todo imposible, puesto que desde poco antes de que se pusiese el sol se refugiaban en profundas madrigueras a las que ningún murciélago de este mundo tendría posibilidad de acceder.