—No podemos permitir… ¿Hombres encauzando sueltos por el mundo? Si es cierto, tenemos que impedirlo. ¡Debemos hacerlo! —Estaba a punto de estallar otra vez, y sus ojos echaban chispas.
—Antes de que podamos decidir qué hacer con ellos —manifestó calmosamente Verin—, necesitamos saber dónde los esconde. Parece probable que sea en el Palacio Real, pero comprobarlo sería muy difícil teniendo como tenemos prohibida la entrada a la Ciudad Interior. Esto es lo que propongo…
Alanna se inclinó hacia adelante, pendiente de las palabras de la otra mujer.
Había muchas cosas que resolver, aunque la mayoría podía esperar. Muchas preguntas a las que buscar respuesta, pero más adelante. ¿Estaba muerta Moraine? En tal caso, ¿cómo había muerto? ¿Existían las rebeldes? En tal caso, ¿cuál sería la postura de ellas dos al respecto? ¿Debían intentar enviar a Rand a Elaida o a esas rebeldes? ¿Dónde estaban? Ese conocimiento sería muy valioso, tuviesen las respuestas que tuviesen las otras preguntas. ¿Qué uso le darían a la fragilísima correa que Alanna le había puesto a Rand? ¿Debería una de ellas, o ambas, tratar de ocupar el puesto de Moraine? Por primera vez Alanna había empezado a dejar que sus emociones por la muerte de Owein salieran a la superficie, y Verin se alegraba de que las hubiese tenido retenidas el tiempo suficiente para desestabilizarla. En su actual estado de confusión, Alanna estaba predispuesta a dejarse guiar, y Verin sabía exactamente cómo había que responder a varias de esas preguntas. Dudaba que a Alanna le gustaran algunas de esas respuestas. Más valía ocultárselas hasta que fuera demasiado tarde para cambiarlas.
Rand regresó a galope a palacio, distanciándose poco a poco incluso de los Aiel que corrían, sin hacer caso de sus gritos ni de los gestos amenazadores de la gente que tenía que saltar para apartarse del camino de Jeade’en, ni del revoltijo de sillas de mano volcadas y carruajes enganchados rueda con rueda con carros de mercado que dejaba a su paso. Bashere y los saldaeninos casi no podían mantener el paso con sus caballos más pequeños. Rand no estaba seguro de por qué tenía tanta prisa —sus noticias no eran tan urgentes— pero, a medida que remitía el temblor de sus brazos y piernas, iba siendo cada vez más consciente de estar percibiendo a Alanna, de estar sintiéndola. Era como si se hubiese colado dentro de su cabeza y se hubiese instalado allí. Si él podía sentirla, ¿podía sentirlo ella del mismo modo? ¿Qué más podía hacer la Aes Sedai? ¿Qué más? Tenía que alejarse de ella.
«Orgullo», rió socarronamente Lews Therin, y por una vez Rand no intentó silenciar esa voz.
Tenía en mente un destino que no era el palacio, pero Viajar requería que se conociera el sitio de partida incluso mejor que aquel al que uno se dirigía. Ya en las cuadras de la Puerta del Establo Sur entregó las riendas del semental a un mozo vestido con chaleco de cuero y echó a correr; sus largas piernas lo adelantaron a los saldaeninos por los corredores en los que los sirvientes lo miraban boquiabiertos, y pasó como alma que lleva el diablo ante reverencias interrumpidas a mitad de la inclinación. Ya en el Salón del Trono, aferró el saidin, abrió un acceso en el aire, y cruzó el claro cercano a la granja, para luego interrumpir el contacto con la Fuente.
Exhaló larga y profundamente y se dejó caer de rodillas sobre las hojas muertas. El calor bajo las desnudas ramas fue como un mazazo; había perdido la concentración necesaria para mantenerlo a raya hacía bastante rato. Todavía podía sentirla, pero allí era una sensación más débil… si es que la certeza de que la mujer estaba en esa dirección podía calificarse de una sensación más débil. Podría haberla señalado con los ojos cerrados.
Aferró de nuevo el saidin durante un momento, aquel torrente de fuego y hielo y repugnante cieno. Sostenía en sus manos una espada; una espada hecha de fuego, de Fuego, con la oscura figura de una garza grabada en la roja cuchilla ligeramente curvada, aunque no recordaba haber pensado en ella. Era de Fuego, pero la larga empuñadura tenía un tacto frío y firme contra sus palmas. El vacío no cambiaba nada; el Poder no cambiaba nada. Alanna seguía allí, agazapada en un rincón de su mente, observándolo.
Con una amarga risa, volvió a cortar el contacto con el Poder y continuó arrodillado. ¡Qué seguro había estado! Sólo dos Aes Sedai. Pues claro que podía manejarlas; ya había dominado a Egwene y a Elayne juntas. ¿Qué podían hacerle? Advirtió que seguía riéndose; parecía incapaz de parar. Bueno, la cosa tenía su gracia. Su estúpido orgullo. Demasiado seguro de sí mismo. Ya lo había conducido a problemas antes, y a otros con él. Había estado tan seguro de que los Cien Compañeros y él podían sellar la Perforación sin peligro…
Las hojas crujieron cuando se obligó a incorporarse.
—¡Ése no fui yo! —gritó con voz ronca—. ¡No fui yo! ¡Sal de mi cabeza! ¡Salid todos de mi cabeza!
Lews Therin musitaba algo incomprensible, a lo lejos. Alanna esperaba en silencio, pacientemente, en un lugar recóndito de su mente. La voz parecía tener miedo de ella.
Con deliberada parsimonia, Rand se sacudió las rodilleras del pantalón. No se rendiría a esto. No confiar en ninguna Aes Sedai; lo recordaría de ahora en adelante. «Un hombre que no puede confiar en nadie puede decirse que está muerto», parloteó Lews Therin. No se rendiría.
En la granja no había cambiado nada. O mejor dicho, nada y todo. La casa y el granero seguían igual, con las gallinas, las cabras y las vacas. Sora Grady lo vio llegar desde una ventana, su rostro inexpresivo y frío. Ahora era la única mujer; todas las otras esposas y novias se habían marchado con los hombres que no superaron la prueba de Taim. Éste se encontraba con los estudiantes en un espacio despejado de tierra roja en donde crecían algunas hierbas dispersas, detrás del granero. Los siete. Aparte del marido de Sora, Jur, sólo quedaban Damer Flinn, Eben Hopwil y Fedwin Morr de aquella primera prueba. Los otros eran nuevos, todos casi tan jóvenes como Fedwin y Eben.
A excepción del canoso Damer, los estudiantes estaban sentados en fila, de espaldas a Rand. Damer se hallaba de pie ante ellos, mirando con el entrecejo fruncido una piedra, del tamaño de la cabeza de un hombre, que había a unos treinta pasos de distancia.
—Ahora —dijo Taim, y Rand sintió que Damer asía el saidin y vio al hombre tejer con poca pericia Fuego y Tierra.
La piedra explotó, y Damer y los otros estudiantes echaron cuerpo a tierra para escapar de las esquirlas que salieron disparadas en todas direcciones. Pero no Taim; los fragmentos de piedra rebotaron contra el escudo de Aire que había creado en el último instante. Damer levantó la cabeza cautelosamente y se limpió la sangre de un corte superficial que tenía debajo del ojo izquierdo. Rand apretó los labios; sólo era cuestión de suerte que ninguna de aquellas esquirlas despedidas lo hubiese alcanzado. Volvió la vista hacia la granja; Sora seguía allí, aparentemente indemne. Y todavía mirándolo con fijeza. Las gallinas apenas habían hecho una pausa en su picotear y rascar la tierra; parecían estar acostumbradas a esto.
—Quizás así la próxima vez recordaréis lo que os digo —empezó Taim, calmoso, mientras dejaba que su tejido desapareciera—. Escudaos al tiempo que atacáis o podéis mataros a vosotros mismos. —Miró hacia Rand como si supiera desde el principio que estaba allí—. Continuad —ordenó a los estudiantes y fue hacia donde aguardaba Rand. Su rostro, de nariz aguileña, parecía tener un aire cruel ese día.
Mientras Damer se sentaba en la fila, Eben se incorporó y se tironeó de la oreja con nerviosismo al tiempo que utilizaba Aire para levantar otra piedra de un montón que había a un lado. Sus flujos vacilaron y la dejó caer una vez antes de ponerla en su sitio.