»Una vez que los tenga a una distancia prudencial del pueblo, puedo traerlos aquí a través de un acceso. Tal vez algunos se dejen llevar por el pánico, pero no creo que resulte difícil manejarlos. Una vez que han accedido a seguir a un hombre que puede encauzar, difícilmente pueden oponerse a que les haga la prueba. Los que fracasen, los enviaré a Caemlyn. Es hora de que empecéis a reunir un ejército propio en lugar de depender de otros. Bashere podría cambiar de idea; lo hará si la reina Tenobia se lo ordena. Y quién sabe lo que harán esos tal Aiel.
Esta vez hizo una pausa, pero Rand no abrió la boca. Esa misma idea ya se le había ocurrido a él, aunque ciertamente no con respecto a los Aiel, pero Taim no tenía por qué saberlo. Al cabo de un momento, el hombre continuó como si no hubiese sacado el tema a colación:
—Os hago una apuesta y dejo que seáis vos quien establezca qué nos jugamos. El primer día que reclute gente, encontraré tantos hombres capaces de aprender como los que lleguen a Caemlyn por sus propios medios en un mes. Una vez que Flinn y algún otro estén preparados para continuar sin mí… —Extendió las manos—. Igualaré a la Torre Blanca para vos en menos de un año. Y cada uno de esos hombres será un arma.
Rand vaciló. Dejar marcharse a Taim era un riesgo; era demasiado agresivo. ¿Qué haría si en uno de sus viajes de reclutamiento se topaba con una Aes Sedai? Quizá mantendría su palabra y no le quitaría la vida, pero ¿y si ella descubría quién era? ¿Y si lo capturaba y lo aislaba con un escudo? Ésa era una pérdida que no podía permitirse. Él solo no podía instruir a los estudiantes y hacer todo lo demás también. Seis años para igualar a la Torre. Eso, si las Aes Sedai no encontraban antes este sitio y lo destruían junto con los estudiantes antes de que ellos supieran lo suficiente para defenderse. O en menos de un año. Finalmente asintió. La voz de Lews Therin era un demencial zumbido en la distancia.
—Tendréis los caballos —accedió.
12
Preguntas y respuestas
¿Y bien? —preguntó Nynaeve con toda la paciencia que pudo. Mantener las manos en el regazo le costó un gran esfuerzo, igual que seguir sentada en la cama sin moverse. Refrenó un bostezo. Era muy temprano y no había dormido bien desde hacía tres noches. La jaula de mimbre estaba vacía, ya que habían liberado al verderón. Ojalá estuviese libre ella, deseó—. ¿Y bien?
Elayne estaba arrodillada en su cama, con la cabeza y los hombros asomados por la ventana hacia el pequeño callejón que había detrás de la casa. Desde allí se atisbaba un poco de la parte trasera de la Torre Chica, donde la mayoría de las Asentadas estaban recibiendo a la enviada de la Torre esa mañana. Una vista muy reducida, pero suficiente para advertir la salvaguarda que envolvía la posada contra oídos indiscretos. Era de la clase que paraba a cualquiera que intentara escuchar con el Poder. Tal era el precio de compartir conocimientos.
Al cabo de un momento, Elayne se sentó sobre los talones, con la frustración reflejada en su semblante.
—Nada. Dijiste que se podían atravesar esos flujos sin que se detectara. No creo que me hayan descubierto, pero desde luego no he oído nada.
Sus palabras iban dirigidas a Moghedien, que estaba sentada en la destartalada banqueta, en un rincón. El que la mujer no sudara irritaba sobremanera a Nynaeve. La Renegada afirmaba que hacía falta estar trabajando con el Poder durante un tiempo antes de poder alcanzar el distanciamiento necesario para hacer caso omiso del calor y del frío, lo que no se diferenciaba gran cosa de las vagas promesas de las Aes Sedai respecto a que «finalmente» lo conseguirían. Elayne y ella estaban sudando a mares, mientras que Moghedien parecía tan fresca como si fuera un día de principios de primavera, y ¡Luz, cómo le crispaba los nervios eso!
—Dije que deberían. —Los oscuros ojos de la Renegada se volvieron hacia ella a la defensiva, aunque en casi todo momento tenía prendida la mirada en Elayne; siempre estaba pendiente de la que llevaba puesto el brazalete del a’dam—. Que deberían. Hay miles de formas de tejer distintas salvaguardas. Podría tardarse días en urdir un agujero a través de una.
Nynaeve se mordió la lengua, pero a duras penas. Lo habían estado intentando durante días. Éste era el tercero desde la llegada de Tarna Feir, y la Antecámara seguía guardando silencio sobre el mensaje de Elaida que portaba la hermana Roja. Bueno, Sheriam y Myrelle y las otras de ese grupo lo sabían —a Nynaeve no la habría sorprendido si ellas lo hubiesen sabido antes hasta que la Antecámara— pero hasta Siuan y Leane habían quedado fuera de las reuniones diarias. Al menos, supuestamente.
Nynaeve cayó en la cuenta de que estaba dándose tirones de la falda y se obligó a dejar quietas las manos. De algún modo tenían que descubrir qué se proponía Elaida y, lo que era más importante, qué respondía la Antecámara. Tenían que conseguirlo. De un modo u otro.
—He de irme —suspiró Elayne—. Tengo que enseñar a más hermanas cómo se hacen los ter’angreal.
Muy pocas Aes Sedai de Salidar poseían talento para ello, pero todas querían aprender y la mayoría parecía creer que podría conseguirlo una vez que Elayne les hubiese hecho tantas demostraciones como fuera menester.
—Será mejor que te quedes con esto —añadió la joven mientras se desabrochaba el brazalete—. Quiero intentar algo nuevo con el proceso de creación una vez que haya terminado con las hermanas, y después tengo una clase de novicias.
Tampoco parecía muy feliz con esto último, al menos no como lo estaba antes de empezar a enseñar. Después de cada clase, volvía tan irritada que parecía una gata erizada. Las alumnas más jóvenes habían sobrepasado la edad normal de iniciar el aprendizaje, y se adelantaban en cosas que no tenían ni idea de cómo manejar, a menudo sin preguntar antes; y las mayores, aunque un poco más prudentes, tendían a discutir o a oponerse directamente a una orden dada por alguien seis o siete años más joven que ellas. Elayne había cogido por costumbre rezongar «estúpidas novicias» o «tercas idiotas» como si llevara diez años como Aceptada.
—Tendrás tiempo para hacerle preguntas —continuó—. Quizá tengas más suerte que yo en cómo detectar a un hombre encauzando.
Nynaeve sacudió la cabeza.
—Se supone que tengo que ayudar a Janya y a Delana con sus notas esta mañana. —No pudo menos de hacer una mueca de desagrado. Delana era una Asentada del Ajah Gris, al igual que Janya lo era del Marrón, pero Nynaeve no conseguía sacarles lo más mínimo sobre nada—. Y después tengo otra «lección» con Theodrin. —Otra pérdida de tiempo. Todo el mundo en Salidar estaba desperdiciándolo—. Póntelo —le dijo a Elayne cuando la joven iba a dejarlo colgado en una clavija de la pared, junto con sus ropas.
La joven rubia soltó un sonoro suspiro, pero volvió a abrocharse el brazalete. En opinión de Nynaeve, Elayne era excesivamente descuidada con el a’dam. Cierto, mientras Moghedien siguiera llevando el collar, cualquier mujer capaz de encauzar podía encontrarla con el brazalete y controlarla. Si nadie lo llevaba puesto, la Renegada no podía alejarse más de doce metros de él sin caer de rodillas, sacudida por las náuseas, igual que si movía el brazalete más de un palmo del lugar donde se había dejado o intentaba desabrocharse el collar. Puede que la retuviera estando incluso en la clavija, pero a lo mejor una Renegada era capaz de discurrir un modo de evitar todo eso si se le daba la ocasión y escapar. Una vez, en Tanchico, Nynaeve había dejado a Moghedien aislada con un escudo y atada con el Poder, sólo durante unos instantes, y se las había ingeniado para escapar. Cómo lo había logrado fue una de las primeras cosas que Nynaeve le preguntó una vez que se la capturó de nuevo, aunque para sacarle la respuesta casi había hecho falta retorcerle el cuello. Un escudo atado era vulnerable, al parecer, si la mujer aislada por él disponía de un poco de tiempo y tenía paciencia. Elayne se empeñaba en que tal cosa no pasaría con un a’dam —no había nudo contra el que actuar, y con el collar puesto Moghedien ni siquiera podía intentar tocar el saidar sin permiso— pero Nynaeve prefería no correr riesgos.