—Escribe despacio —aconsejó Elayne—. He trabajado para Delana, y detesta las manchas de tinta y los errores. Te lo hará repetir cincuenta veces si es preciso con tal de que la hoja quede limpia.
Nynaeve se enfurruñó. Puede que su caligrafía no fuera tan delicada y precisa como la de Elayne, pero no era una palurda que acabara de aprender cuál extremo de la pluma había que mojar con tinta. La mujer más joven no advirtió su reacción y salió del cuarto tras dedicarle una sonrisa. A lo mejor sólo había intentado ayudarla. Si las Aes Sedai llegaban a enterarse de lo mucho que detestaba copiar cosas a limpio, empezarían a asignarle esa tarea de continuo como castigo.
—Tal vez deberíais ir con Rand —dijo de repente Moghedien. Estaba sentada con un aire diferente, más erguida, y sus oscuros ojos sostenían con firmeza la mirada de Nynaeve. ¿Por qué?
»Elayne y tú deberíais ir a Caemlyn, con Rand. Ella puede convertirse en reina, y tú… —La sonrisa de la Renegada no era en absoluto agradable—. Antes o después, van a sentarte hasta que te saquen cómo puedes hacer esos descubrimientos tan maravillosos y sin embargo te pones a temblar como una niña a la que se sorprende robando dulces cuando te piden que encauces.
—¡Yo no…! —No pensaba justificarse, y menos ante esta mujer. ¿Por qué mostraba tanto atrevimiento Moghedien de repente?—. Recuerda que, me ocurra lo que me ocurra a mí si descubren la verdad, tu cabeza estará en el tajo antes de que pase una semana.
—En cambio tú tendrás mucho más tiempo para sufrir. Una vez Semirhage tuvo gritando a un hombre todas las horas que estaba despierto durante cinco años. Incluso lo mantuvo en buena forma física, pero al final ni siquiera ella fue capaz de hacer que su corazón siguiera latiendo. Dudo que ninguna de esas pequeñas posea ni una décima parte de la destreza de Semirhage, pero podrías comprobar en tus propias carnes hasta dónde llegan sus conocimientos.
¿Cómo podía estar diciendo tal cosa esta mujer? Se había despojado de su habitual ansiedad y temor como una serpiente al cambiar de piel. Habríase dicho que eran dos iguales discutiendo algo de poca trascendencia. No, peor aún: la actitud de Moghedien daba a entender que era un tema de poca trascendencia para ella, pero de vital importancia para Nynaeve. Ésta deseó tener puesto el brazalete. Habría sido un alivio. Era imposible que el estado de ánimo de Moghedien fuera tan frío y tranquilo como daban a entender su rostro y su voz.
A Nynaeve se le cortó la respiración. El brazalete. Eso era. El brazalete no estaba en el cuarto. Se le hizo un nudo en la boca del estómago y de repente el sudor pareció correr más copioso por su rostro. Lógicamente, que el brazalete estuviera o no allí no tenía importancia. Elayne lo llevaba puesto —«¡Luz, por favor, que no se lo haya quitado!»— y la otra mitad del a’dam rodeaba firmemente el cuello de Moghedien. Sólo que la lógica no tenía nada que ver con esto. Nynaeve no había estado nunca sola con la mujer sin llevar puesto el brazalete. O, mejor dicho, las únicas veces que se había dado una situación así las cosas habían estado a punto de terminar en desastre. Moghedien no llevaba entonces el a’dam, pero eso tampoco tenía importancia. Era una de las Renegadas, se encontraban solas en el cuarto y Nynaeve no tenía medios de controlarla. Aferró la falda con fuerza para no llevar la mano hacia el puñal del cinturón.
La sonrisa de Moghedien se acentuó, como si hubiese leído sus pensamientos.
—Ten la seguridad de que en este asunto sólo quiero lo mejor para ti. Esto —su mano se acercó al collar un instante, con cuidado de no tocarlo— me retendrá en Caemlyn igual que aquí, bien que la esclavitud allí es mejor que la muerte aquí. Pero no tardes mucho en tomar una decisión. Si esas «Aes Sedai» resuelven regresar a la Torre, ¿qué mejor regalo podrían llevar a la nueva Sede Amyrlin que a ti, una mujer tan próxima a Rand al’Thor? Y a Elayne. Si siente por ella aunque sólo sea la mitad de lo que la chica siente por él, retenerla será como atarle una soga al cuello que nunca podrá cortar.
Nynaeve se puso de pie, obligando a sus rodillas a sostenerla.
—Puedes hacer las camas y limpiar el cuarto ahora. Espero encontrarlo impoluto cuando regrese.
—¿Cuánto tiempo te queda? —inquirió Moghedien antes de que Nynaeve hubiese llegado a la puerta. Por su actitud, habríase dicho que preguntaba si el agua estaba caliente para preparar el té—. ¿Unos cuantos días más, como mucho, antes de que envíen su respuesta a Tar Valon? ¿Unas cuantas horas? ¿Qué peso tendrá para ellas Rand al’Thor, incluso los supuestos crímenes de Elaida, en contra de la posibilidad de unificar de nuevo su preciosa Torre?
—Pon especial atención en las bacinillas —dijo Nynaeve sin volverse—. Quiero que queden bien limpias esta vez.
Se marchó antes de que Moghedien pudiese añadir nada más y cerró la puerta tras de sí con firmeza.
Se recostó contra la burda hoja de madera, en el estrecho pasillo sin ventanas, y respiró hondo. Buscó en la bolsita del cinturón y sacó dos arrugadas hojas de menta de ánade, que se metió en la boca. Estas hierbas tardaban un poco en calmar el ardor de estómago, pero las masticó y se las tragó como si así fueran a surtir efecto antes. Los últimos minutos habían sido como recibir un golpe tras otro a medida que Moghedien echaba por tierra todo lo que tenía por cierto. A pesar de su desconfianza, había creído que la mujer estaba acobardada. Falso. Oh, Luz, totalmente falso. Había estado segura de que Moghedien sabía apenas tan poco sobre la relación entre Elayne y Rand como las Aes Sedai. Falso. Y en cuanto a la sugerencia de ir ella donde estaba Rand… Habían hablado con demasiada despreocupación delante de la mujer. ¿Qué más habían dejado escapar y qué uso podía hacer de ello la Renegada?
Otra Aceptada entró en el pasillo por la puerta principal de la pequeña casa, y Nynaeve se irguió mientras se tragaba las hierbas masticadas y se alisaba el vestido. Todos los cuartos excepto el primero se habían convertido en dormitorios, y estaban ocupados por Aceptadas y sirvientes: tres o cuatro en cada habitación, aunque ésta no fuera mucho más grande que la que ocupaban ellas, y en ocasiones con una cama para dos. La otra Aceptada era una mujer menuda, con ojos grises y una rápida sonrisa. A Emara, una illiana, no le caían bien Siuan y Leane, cosa que a Nynaeve no le costaba trabajo comprender, y pensaba que deberían hacerlas marchar —decentemente, como decía ella— como siempre se había hecho con las mujeres neutralizadas, pero aparte de eso era agradable y no se mostraba resentida por el «espacio extra» del que disfrutaban Elayne y Nynaeve ni por que «Marigan» hiciera sus tareas. No muchas opinaban igual que ella.
—Me he enterado de que hoy trabajas para Janya y Delana —dijo con su voz de timbre agudo mientras pasaba a su lado, en dirección a su cuarto—. Hazme caso y escribe tan deprisa como puedas. A Janya le interesa más que se copien todas sus palabras que si cae algún manchón de tinta en la hoja.
Nynaeve asestó una mirada furiosa a la espalda de Emara. Escribir despacio para Delana. Escribir deprisa para Janya. Como si no tuviera bastantes preocupaciones, ahora esos estupendos consejos. En cualquier caso, ahora era incapaz de preocuparse de si al escribir se le caían gotas de tinta o no. Y tampoco por Moghedien hasta que tuviera ocasión de comentarlo con Elayne.
Sacudiendo la cabeza y rezongando entre dientes, salió a la calle. Puede que hubiese estado dando por hecho cosas, dejando que se le escaparan otras al hablar, pero había llegado el momento de despabilarse y ponerle remedio. Sabía a quién tenía que buscar.