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En los últimos días reinaba el silencio en Salidar a pesar de que las calles seguían igual de abarrotadas. Para empezar, las forjas que había en las afueras del pueblo estaban calladas. Se había advertido a todo el mundo que, mientras Tarna estuviera allí, tuviera cuidado con lo que hablaba respecto a la delegación que iba de camino a Caemlyn, respecto a Logain, a quien habían llevado a uno de los campamentos de soldados, incluso respecto a los propios soldados, y sobre el motivo por el que se habían agrupado allí. En consecuencia, todos tenían miedo de decir nada y lo poco que hablaban lo hacían en susurros. El quedo runrún de las conversaciones en voz baja tenía un sonido ominoso.

Todos estaban afectados. Los sirvientes que, por costumbre, iban deprisa ahora se movían con vacilación, echando ojeadas temerosas por encima del hombro. Incluso las Aes Sedai parecían cautelosas bajo su aparente calma, mirándose unas a otras de un modo intencionado. Ahora había pocos soldados por las calles, como si Tarna no hubiese visto todo lo que había que ver el primer día y hubiese sacado sus conclusiones. Si la Antecámara daba la respuesta equivocada, todos acabarían con lazos corredizos al cuello; hasta los dirigentes y nobles que quisieran mantenerse aparte de los problemas de la Torre, seguramente colgarían a todos los soldados a los que pudieran atrapar, aunque sólo fuera para impedir que la idea de rebelión se extendiera. Conscientes de lo inseguro de su situación, los pocos que iban y venían por las calles lo hacían con rostros inexpresivos o con ceños de ansiedad. Excepto Gareth Bryne, que esperaba pacientemente delante de la Torre Chica. Había estado allí todos los días, desde antes de que las Asentadas llegaran hasta que se marchaban. Nynaeve suponía que lo hacía porque quería asegurarse de que no se olvidaran de él y de lo que estaba haciendo por encargo suyo. La única vez que Nynaeve había visto salir a las Asentadas, no pareció que les agradara la presencia del hombre.

Sólo los Guardianes daban la impresión de no haber cambiado desde la llegada de la hermana Roja. Los Guardianes y los niños. Nynaeve se llevó un buen susto cuando tres chiquillas salieron de repente ante ella como codornices levantando el vuelo, con cintas en el pelo, sudorosas, polvorientas y riendo mientras se alejaban corriendo. Los niños no sabían qué estaba esperando Salidar, y probablemente no lo habrían entendido si lo supieran. Cada Guardián seguía a su Aes Sedai, con su consentimiento o sin él y dondequiera que fuera, sin inmutarse.

Gran parte de las quedas conversaciones parecían girar en torno al tiempo. Y sobre historias de otros sitios referentes a sucesos extraños, como terneros con dos cabezas parlantes, hombres asfixiados por enjambres de moscas, la desaparición de todos los niños de un pueblo durante la noche, y gente que se desplomaba muerta a plena luz del día por el ataque de algo invisible. Cualquiera con dos dedos de frente sabía que la sequía y el calor impropio de la estación se debían a la mano del Oscuro tocando el mundo, pero ni siquiera las Aes Sedai daban crédito a las afirmaciones de Elayne y Nynaeve de que esos otros sucesos eran igualmente reales, que las burbujas malignas ascendían desde la prisión del Oscuro a medida que los sellos se debilitaban, y, tras llegar a la superficie, se deslizaban por el Entramado hasta que estallaban. Casi nadie era capaz de razonar con claridad. Algunos culpaban a Rand. Otros decían que el Creador estaba disgustado porque el mundo no se había unido al mando del Dragón Renacido, o porque las Aes Sedai no lo habían capturado y amansado, o porque las Aes Sedai se oponían a una Amyrlin designada. Nynaeve había oído decir a varios que el tiempo sería de nuevo normal tan pronto como la Torre volviera a unificarse. Siguió caminando entre la multitud.

—¡Juro que es cierto! —murmuraba una cocinera, con los brazos cubiertos de harina hasta los codos—. Hay un ejército de Capas Blancas agrupado al otro lado del Eldar, esperando la orden de Elaida para atacar.

Aparte del tiempo y de los terneros de dos cabezas, las historias sobre Capas Blancas superaban en número a cualquiera de los otros temas; pero ¿unos Capas Blancas esperando órdenes de Elaida? ¡El calor había afectado el cerebro de esta mujer!

—La Luz es testigo de que digo la verdad —murmuró un carretero canoso a una mujer ceñuda, cuyo vestido de buen corte la señalaba como una doncella de Aes Sedai—. Elaida ha muerto. La Roja ha venido para pedir a Sheriam que sea la nueva Amyrlin.

La mujer asintió con la cabeza, aceptando como cierta hasta la última palabra del carretero.

—Pues yo digo que Elaida es una buena Amyrlin —manifestó un hombre vestido con una burda chaqueta y que cargaba al hombro un haz de leña—. Tan buena como cualquiera. —Éste no habló en susurros a su compañero, sino en voz bien alta, intentando con empeño no mirar en derredor para ver quién lo había oído.

Nynaeve torció la boca en un gesto amargo. El tipo intentaba adelantarse a los acontecimientos. ¿Cómo era posible que Elaida hubiese descubierto Salidar tan pronto? Tarna tenía que haber salido de Tar Valon poco después de que las Aes Sedai habían empezado a reunirse en el pueblo. Siuan había hecho notar, sombría, que un buen número de hermanas Azules seguían sin aparecer —el mensaje original de reunirse en Salidar había ido dirigido a las Azules— y Alviarin había hecho notar ese detalle como sospechoso. Era una idea que revolvía el estómago, pero no tan terrible como la explicación más lógica: había partidarias secretas de Elaida allí, en Salidar. Todos se miraban de reojo, y el leñador no era el primero a quien Nynaeve había oído decir lo mismo y del mismo modo. Puede que las Aes Sedai no lo expresaran en voz alta, pero Nynaeve sospechaba que algunas habrían querido manifestarlo así. Todo ello tenía a Salidar como un guiso a punto de romper a hervir, y no precisamente uno de sabor agradable. Eso le daba una razón más para seguir con lo que pensaba hacer.

Encontrar a la persona que buscaba no le llevó mucho tiempo. Tenía que estar entre un grupo de chiquillos jugando, y no había tantos en el pueblo. Ni que decir tiene que Birgitte estaba vigilando a cinco pequeños que correteaban por la calle lanzándose una pequeña bolsa con guijarros unos a otros, y riendo a mandíbula batiente cuando alguno de ellos recibía el golpe, incluido el que lo recibía. Tenía tan poco sentido como cualquier juego de chicos. O de hombres.

Birgitte no estaba sola, naturalmente. Rara vez lo estaba a menos que se lo propusiera con empeño. Areina se encontraba a su lado, enjugándose el sudor que le resbalaba por la cara e intentando no parecer aburrida de estar con los niños. Un año o dos más joven que Nynaeve, Areina llevaba el oscuro cabello tejido en una trenza a imitación de la de Birgitte, aunque todavía le llegaba sólo un poco más abajo de los hombros, mientras que la de la arquera le colgaba hasta la cintura. También copiaba el estilo de su indumentaria —una chaqueta corta que terminaba en la cintura, de color gris pálido, y unos amplios pantalones de tono broncíneo, fruncidos en los tobillos, por encima de las botas bajas, con tacón—, al igual que el arco que llevaba y la aljaba colgada a la cintura. Nynaeve dudaba mucho que Areina hubiese manejado nunca un arco antes de conocer a Birgitte. Hizo caso omiso de ella.

—Necesito hablar contigo —le dijo a Birgitte—. A solas.

Areina le asestó una mirada intensa, y los azules ojos traslucieron una expresión próxima al desprecio.

—No sé por qué imaginé que llevarías puesto tu chal haciendo tan buen día, Nynaeve. Vaya, pero si estás sudando como un caballo. ¿Cómo es eso?

El rostro de Nynaeve se tensó. Había hecho amistad con la mujer antes que Birgitte, pero esa relación se había ido al traste al llegar a Salidar. Descubrir que Nynaeve no era Aes Sedai le había producido algo más que decepción. Sólo gracias a la petición de Birgitte, Areina no había informado a las Aes Sedai que la joven se había hecho pasar por una de ellas. Además, Areina había prestado los juramentos como cazadora del Cuerno, y ciertamente Birgitte era un modelo mucho mejor para ese tipo de vida que Nynaeve. ¡Y pensar que en una ocasión había curado las contusiones de esa mujer!