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Janya y Delana esperaban en la estancia delantera de la casa que compartían con otras tres Aes Sedai. Con una habitación para cada una, naturalmente. Cada Ajah contaba con una casa para sus reuniones, pero las Aes Sedai estaban repartidas por todo el pueblo, dependiendo de cuándo habían llegado a Salidar. Mirando con el ceño fruncido al suelo y con los labios apretados, Janya pareció no darse cuenta de la llegada de las dos mujeres. Delana, cuyo cabello era tan claro que resultaba imposible distinguir si había canas en él, clavó en ambas sus ojos, igualmente claros, tan pronto como cruzaron la puerta. Nicola dio un brinco. Nynaeve habría disfrutado con ello si no hubiese hecho otro tanto. Por lo general, los ojos de la fornida Gris no eran diferentes de los de cualquier otra Aes Sedai, pero cuando los enfocaba de verdad en uno, era como si no existiese nada aparte de uno mismo. Había quien decía que Delana tenía éxito como mediadora sólo porque las dos partes en conflicto llegarían a un acuerdo con tal de que dejara de mirar de ese modo. Uno empezaba a pensar qué había hecho mal aun en el caso de no haber hecho nada. La lista que pasó rápidamente por la mente de Nynaeve hizo que su reverencia fuera tan profunda como la de Nicola antes de ser consciente de ello.

—Ah —dijo Janya, que parpadeó como si las dos mujeres hubieran brotado del suelo—, ahí estás.

—Perdonad por mi retraso —se apresuró a disculparse Nynaeve, y que Nicola pensara lo que quisiera. Era Delana la que estaba mirándola de hito en hito, no Nicola—. Perdí la noción del tiempo.

—No importa. —Delana tenía un timbre de voz profundo para ser mujer, y su acento era un ronco eco del shienariano de Ino. Resultaba curiosamente melodioso en una mujer tan fornida; claro que Delana era curiosamente grácil para alguien de su corpulencia—. Nicola, puedes marcharte. Tienes que hacer recados para Faolain hasta que empiece tu próxima lección.

La novicia no perdió tiempo en hacer otra reverencia y salir a toda prisa. Quizá quería oír lo que las Aes Sedai le decían a Nynaeve por llegar tarde, pero nadie pisaba ningún límite con una Aes Sedai.

A Nynaeve le habría dado igual si a Nicola le hubiesen crecido alas. Acababa de darse cuenta de que no había tintero en la mesa donde las Aes Sedai tomaban las comidas, ni recipiente con arena ni pluma ni papel. Nada de lo que necesitaría para escribir. ¿Es que esperaban que lo llevase ella? Delana seguía mirándola de hito en hito. La mujer nunca miraba a nadie durante tanto tiempo a menos que tuviese una razón.

—¿Te apetece un té de menta frío? —preguntó Janya, y ahora le llegó el turno a Nynaeve de parpadear desconcertada—. Creo que el té es reconfortante. Siempre he opinado que facilita la conversación.

Sin esperar respuesta, la menuda hermana Marrón empezó a llenar tazas desparejadas con una tetera de rayas azules que había sobre el aparador. Una piedra sustituía una de las patas del mueble. Las Aes Sedai disponían de más espacio, pero su mobiliario era igualmente destartalado.

—Delana y yo hemos decidido que nuestras notas pueden esperar un poco más de tiempo —continuó la hermana Marrón—. En lugar de eso, sólo charlaremos. ¿Un poco de miel? A mí me gusta sin ella, porque tanto dulzor echa a perder el sabor del té. Sin embargo las jóvenes siempre quieren miel. Son maravillosas todas las cosas que habéis hecho. Me refiero a Elayne y a ti. —Un sonoro carraspeo hizo que alzara la vista hacia Delana con aire sorprendido. Al cabo de un momento, dijo—: Oh. Sí.

Delana había cogido una de las sillas de la mesa y la había colocado en medio del cuarto. Una silla con el asiento de mimbre. Desde el momento en que Janya mencionó una conversación, Nynaeve supo que no era eso en absoluto lo que iba a ocurrir. Delana señaló la silla, y Nynaeve tomó asiento en el mismo borde; aceptó una taza con el plato desportillado que Janya le tendía.

—Gracias, Aes Sedai.

No tuvo que esperar mucho.

—Háblanos de Rand al’Thor —dijo la Marrón. Parecía estar a punto de añadir algo más, pero Delana volvió a carraspear, y Janya parpadeó y guardó silencio para tomar un sorbo de té.

Las dos mujeres estaban de pie a ambos lados de Nynaeve. Delana lanzó una mirada intensa a Janya; luego suspiró y encauzó para servirse otra taza para ella. El recipiente flotó por el aire desde el aparador hasta sus manos. De inmediato, Delana volvió a clavar los ojos en Nynaeve de ese modo que parecían agujerearle a uno el cráneo, en tanto que Janya parecía absorta en sus pensamientos y tal vez sin verla siquiera.

—Os he contado todo lo que sé. —Nynaeve suspiró—. Bueno, se lo he contado a Aes Sedai. —Tuvo que hacerlo, ya que nada de lo que sabía sobre él podía perjudicarlo, al menos no más de lo que lo hacía saber quién era, y quizá podría ayudarlo si lograba hacer que las hermanas lo vieran como a un hombre. No uno que podía encauzar; sólo un hombre. Aunque eso no era tarea fácil tratándose del Dragón Renacido—. No sé nada más.

—No te enfurruñes —espetó Delana—. Y estáte quieta.

Nynaeve soltó la taza en el plato y se limpió la muñeca con la falda.

—Pequeña —dijo Janya, con un tono rebosante de compasión—, sé que crees habernos dicho todo lo que sabes, pero Delana… No creo que ocultases nada a propósito…

—¿Y por qué no iba hacerlo? —bramó la hermana Gris—. Nació en el mismo pueblo. Lo vio crecer. Puede que su lealtad hacia él sea más fuerte que con la Torre Blanca. —Aquella mirada cortante volvió a caer sobre ella—. Dinos algo que no nos hayas contado antes. He oído todas tus historias, muchacha, así que lo sabré.

—Inténtalo, pequeña. Estoy segura de que no querrás que Delana se enfade contigo. Vaya, pero si… —Otro carraspeo la hizo enmudecer de nuevo.

Nynaeve confiaba en que creyeran que el tintineo de la taza en el plato se debía a que estaba temblando de miedo. Mira que llevarla a rastras allí aterrada —no; aterrada no, pero sí preocupada— por lo enfadadas que podrían estar y ahora salir con éstas. Estar rodeada de Aes Sedai le enseñaba a uno a prestar mucha atención a lo que decían. Puede que ni aun así se cogiera lo que realmente querían decir, pero sí se tenían más oportunidades que si sólo se las escuchaba por encima, como hacía la mayoría de la gente. Ninguna de las dos había dicho claramente que pensaban que estaba ocultando algo. Sólo intentaban asustarla con la esperanza de sacarle algo nuevo. No temblaba de miedo. Bueno, no mucho. Temblaba de rabia.

—Cuando era niño —dijo con cuidado—, aceptaba el castigo sin discutir si pensaba que lo merecía; pero, si no lo creía así, se resistía desde el principio hasta el final.

Delana resopló.

—¡Eso ya se lo has dicho a todo el que ha querido escucharte! Algo más. ¡Y deprisa!

—Es posible dirigirlo, o convencerlo, pero no admitirá que lo presionen. Se planta como una mula si cree que se le…

—Y eso también. —Puesta en jarras, Delana se inclinó hasta que su cara estuvo a la misma altura que la de Nynaeve. Ésta casi deseó que Nicola estuviera sopesándola con su mirada otra vez—. Algo que no le hayas contado a todas las cocineras y lavanderas de Salidar.

—Inténtalo, pequeña —intervino Janya y, sorprendentemente, lo dejó ahí.

Siguieron escarbando, Janya apremiándola con afable compasión, Delana sin piedad, y Nynaeve sacó hasta la última pizca que era capaz de recordar. Pero hacerlo no le sirvió para darle un respiro; cada mínimo detalle lo había contado ya tantas veces antes, que podía identificar cada uno de ellos como si los saboreara. Delana se lo hizo notar amablemente. Bueno, no tan amablemente. Para cuando Nynaeve tuvo ocasión de dar un sorbo al té, le supo a rancio, y estaba tan dulzón que casi le dio una arcada. Por lo visto era verdad que Janya creía que a las jóvenes les gustaba con un montón de miel. La mañana transcurrió lentamente. Muy lentamente.