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—Esto no nos está llevando a ninguna parte —dijo al cabo Delana, que asestó una mirada dura a Nynaeve, como si fuera culpa de ella.

—Entonces, ¿puedo irme? —preguntó débilmente la joven. Tenía la impresión de que cada gota de sudor que la empapaba le había sido extraída retorciéndola como una sábana en el lavadero. Se sentía desmadejada. Y también sentía unas ganas locas de abofetear aquellos fríos rostros de Aes Sedai.

Delana y Janya intercambiaron una mirada. La Gris se encogió de hombros y se acercó al aparador para servirse otra taza de té.

—Claro que puedes —dijo Janya—. Sé que esto ha debido de ser difícil para ti, pero realmente necesitamos conocer a Rand al’Thor más incluso de lo que se conoce a sí mismo él, para poder decidir qué es lo mejor. De otro modo, todo podría convertirse en una catástrofe. Oh, vaya, sí. Lo has hecho muy bien, pequeña. Claro que nunca esperé menos de ti. Cualquiera que sea capaz de hacer los descubrimientos que has hecho tú, considerando tu limitación… En fin, de ti sólo puedo esperar algo excelente. Y pensar que…

Tardó un rato en agotar todos sus comentarios y dejar que Nynaeve saliera tambaleándose. Porque así fue como salió, sintiendo temblorosas las rodillas. Todo el mundo hablaba de ella. Pues claro que lo hacían. Debería haber hecho caso a Elayne y haber empezado a atribuir los supuestos descubrimientos a ella sola. Moghedien tenía razón: antes o después iban a empezar a azuzarla para saber cómo lo hacía. Así que tenían que decidir qué era lo mejor, evitar la catástrofe, ¿no? Eso no le daba ninguna pista sobre las intenciones que tenían respecto a Rand.

Una ojeada al sol, que ya había alcanzado casi el cenit, le confirmó que llegaba tarde a la cita con Theodrin. Al menos esta vez tenía una buena excusa.

La casa de Theodrin —la suya y la de otras dos docenas de mujeres— estaba más allá de la Torre Chica. Nynaeve aminoró el paso al llegar a la altura de la antigua posada. El corro de Guardianes apostados fuera, cerca de Gareth Bryne, ponía de manifiesto que la reunión seguía teniendo lugar. Un residuo de ira la permitió ver la salvaguardia, una cúpula casi plana, en su mayor parte de Fuego y Aire, con unos toques de Agua, brillante a sus ojos por encima de todo el edificio, con el nudo que la ataba ofreciéndose tentador. Tocar ese nudo sería tanto como ofrecer su piel a un curtidor; había muchas Aes Sedai en la abarrotada calle. De vez en cuando, algunos de los Guardianes iban y venían atravesando la brillante barrera, invisible para ellos, a medida que un grupo se formaba y otro se rompía. Era la misma salvaguardia que Elayne había sido incapaz de penetrar, un escudo para impedir que se escuchara a escondidas. Con el Poder.

La casa de Theodrin se encontraba a cien pasos más o menos, calle adelante, pero Nynaeve giró en el patio anexo a la casa de techo de paja que estaba dos más allá de la antigua posada. Una valla de madera desvencija cercaba el pequeño solar de hierba marchita que había detrás de la casa, pero tenía una puerta que colgaba de un gozne lleno de herrumbre. Chirrió escandalosamente cuando la joven empujó la tranquera. Nynaeve echó una rápida ojeada en derredor —nadie en ninguna de las ventanas; nadie en la calle que ella alcanzaba a ver—, se recogió las faldas y se metió velozmente en el estrecho callejón al que daba, en su otro extremo, la habitación que compartía con Elayne.

Vaciló un momento mientras se secaba las manos sudorosas en el vestido, recordando lo que Birgitte había dicho. Sabía que, por mucho que detestara admitirlo, en el fondo era una cobarde. En otro tiempo se consideraba muy valiente; no una heroína, como Birgitte, pero sí valerosa. La vida la había sacado de su error. Sólo de pensar lo que las hermanas le harían si la sorprendían, le entraban ganas de dar media vuelta y correr a casa de Theodrin. Además eran muy escasas las probabilidades de que encontrara una ventana en la misma habitación donde estaban reunidas las Asentadas. Muy, muy escasas.

Intentando salivar un poco para humedecerse la boca —¿cómo podía tenerla tan seca mientras el resto de su cuerpo estaba empapado?— se acercó sigilosamente un poco más. Algún día le gustaría saber cómo se sentía una siendo tan valiente como Birgitte o Elayne, en lugar de ser una cobarde.

La salvaguardia no le causó cosquilleo al atravesarla. Era como si allí no hubiese nada, pero sabía que sería así. Tocarla no podía ocasionar ningún daño, pero aun así se aplastó contra la tosca pared de piedra. Trocitos de enredadera, aferrada a las grietas, le rozaron la cara.

Avanzó lentamente hacia la ventana más próxima… y estuvo a punto de dar media vuelta y marcharse en ese momento. Estaba herméticamente cerrada, con los cristales reemplazados por tela untada de aceite que permitía que penetrase la luz pero que impedía ver nada a través. Ni escuchar; al menos, si había alguien dentro, no se oía ningún ruido. Respiró hondo, y se dirigió muy despacio hacia la siguiente ventana. También en ésta se había reemplazado uno de los cristales, pero el que quedaba dejaba ver una destartalada mesa en tiempos ornamentada, cubierta de papeles y tinteros, así como unas cuantas sillas, pero por lo demás la habitación estaba vacía.

Mascullando entre dientes una maldición que había aprendido de Elayne —la chica tenía un repertorio sorprendente de ellas— continuó avanzando a lo largo de la tosca pared de piedra. Había una tercera ventana abierta. Se asomó cautelosa y lentamente, pero al punto se echó hacia atrás. En realidad no había esperado encontrar nada, pero Tarna estaba allí. No con las Asentadas, sino con Sheriam, Myrelle y el resto de ese grupo. Si el corazón no le hubiese estado latiendo con tanta fuerza habría oído el murmullo de sus voces antes de mirar.

Se agachó y se acercó todo lo posible al hueco de la ventana sin que la vieran quienes estaban dentro. La parte inferior de la ventana le rozaba la cabeza.

—¿… seguras de que es ése el mensaje que queréis que transmita —era la voz de Tarna—: Que necesitáis más tiempo para pensarlo? ¿Qué es lo que tenéis que pensar?

—La Antecámara… —empezó Sheriam.

—La «Antecámara» —repitió con sorna la enviada por la Torre—. No me consideréis tan necia como para no advertir quién es aquí el verdadero poder. La opinión de la supuesta «Antecámara» es la que le marcáis vosotras.

—La Antecámara ha pedido más tiempo —manifestó firmemente Beonin—. ¿Quién sabe a qué decisión llegarán sus representantes?

—Elaida tendrá que esperar a saber su decisión —abundó Morvrin con un tono frío que no tenía nada que envidiar al de Tarna—. ¿Es que no puede esperar un poco para ver unificada de nuevo a la Torre Blanca?

—Transmitiré la respuesta de vuestra… «Antecámara» a la Amyrlin —repuso la enviada, con un timbre incluso más frío—. Veremos qué opina de ello.

Una puerta se abrió y se cerró violentamente, y Nynaeve tuvo que apretar los dientes para no gritar de frustración. Si Janya y Delana la hubiesen dejado marchar un poco antes… En fin, eso era mejor que nada. Mejor que «Regresaremos y obedeceremos a Elaida». En cualquier caso, no tenía sentido continuar allí, arriesgándose a que alguien se asomara a la ventana y la descubriera. Había empezado a desplazarse con todo el cuidado posible, cuando Myrelle habló.

—Quizá deberíamos limitarnos a enviar un mensaje, llamarla, simplemente.

Nynaeve frunció el entrecejo y siguió en su escondite. ¿De quién hablaban?

—Hay que respetar las normas —adujo ásperamente Morvrin—. Debe seguirse el procedimiento adecuado.

—Tenemos que cumplir la ley al pie de la letra —manifestó al punto Beonin utilizando su tono más firme—. El más pequeño desliz sería utilizado en contra nuestra.

—¿Y si nos hemos equivocado? —La voz de Carlinya sonaba acalorada quizá por primera vez en su vida—. ¿Cuánto tendremos que esperar? ¿Cuánto podemos permitirnos esperar?