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Nynaeve asestó un tirón a su trenza. Si realmente había algo en ese lugar que pudieran utilizar —tenía que haberlo, a no ser que las Sabias hubiesen mentido— entonces también debía haber un modo de llegar a ello en el mundo de vigilia. Los angreal y objetos por el estilo no se guardaban bajo estrecha vigilancia; cuando ellas vivían en la Torre, solían estar protegidos por un candado y una novicia de servicio. La puerta estaba hecha de gruesos tablones y cerrada con un cerrojo de hierro negro. Sin duda estaba echado, pero lo imaginó abierto y empujó.

La puerta se abrió a un cuarto de guardia. Unos estrechos catres, colocados unos encima de otros, llenaban una de las paredes, mientras que un astillero con alabardas ocupaba otra. Detrás de una pesada y destartalada mesa, rodeada de banquetas, había otra puerta reforzada con bandas de hierro y un pequeño hueco enrejado.

Al volverse hacia Elayne reparó de repente en que la puerta estaba cerrada de nuevo.

—Si no podemos conseguir lo que necesitamos aquí, tal vez lo hagamos en otro sitio. Quiero decir que quizás haya alguna otra cosa que nos sirva. Al menos ahora tenemos una pista. Me parece que todos esos objetos son ter’angreal que nadie ha descubierto todavía cómo utilizar. Tiene que ser la única razón para que estén vigilados, así. Podría ser peligroso incluso encauzar cerca de ellos. —Elayne la miró con mala cara.

—Pero, si lo intentamos otra vez, ¿no nos traerá al mismo sitio? —argumentó—. A menos que… A menos que las Sabias te dijeran cómo pasar por alto un sitio en la búsqueda.

No lo habían hecho, ya que no parecían muy dispuestas a contarle nada de nada; sin embargo, en un lugar donde se abrían cerrojos pensando simplemente que lo estaban, cualquier cosa era posible.

—Esto es exactamente lo que haremos. Fijaremos en la mente la idea de que lo que queremos no está en Tar Valon. —Nynaeve miró con el ceño fruncido los estantes y añadió—: Y apuesto a que es un ter’angreal que nadie sabe cómo utilizarlo. —Aunque no se le ocurría cómo podría ayudar algo así a Rand con la Antecámara.

—Necesitamos un ter’angreal que no se encuentra en Tar Valon —repitió Elayne, como queriendo convencerse a sí misma—. Muy bien, vamos a ello.

Alargó las manos y al cabo de un instante Nynaeve se las cogió. La antigua Zahorí no entendía por qué había acabado siendo ella la que había insistido en continuar. Al fin y al cabo, quería marcharse de Salidar, no encontrar una razón para quedarse. No obstante, si ello significaba asegurar que las Aes Sedai de Salidar respaldarían a Rand…

Necesidad. Un ter’angreal. No en Tar Valon. Necesidad.

Cambio.

Estuvieran donde estuviesen, la ciudad bajo la mortecina luz del alba no era Tar Valon. A menos de veinte pasos de distancia, la ancha calle pavimentada daba paso a un blanco puente de piedra con estatuas a ambos lados y cuyo arco se extendía sobre un canal encauzado entre piedras. A cincuenta pasos de distancia había otro. Por doquier se divisaban esbeltas torres circundadas por balcones, semejantes a lanzas seccionadas en tramos por ornamentaciones. Todos los edificios eran blancos, y las puertas y ventanas estaban rematadas por arcos puntiagudos, en ocasiones dobles o triples. En los edificios más grandes, amplias balconadas de hierro forjado pintado en blanco, con intrincadas rejas forjadas a guisa de pantallas que impedían ver a quien hubiese dentro, se asomaban a las calles y canales, y las níveas cúpulas, ribeteadas con colores escarlatas o dorados, se elevaban hasta acabar en puntas tan agudas como las torres.

Necesidad. Cambio.

Podría haberse tratado de otra ciudad distinta. La calle era angosta y con el pavimento irregular, flanqueada por edificios de cinco o seis pisos de altura, con el enjalbegado exterior agrietado y desconchado en muchos sitios, de manera que se veían los ladrillos de debajo. Aquí no había balcones y las moscas zumbaban en el aire; resultaba difícil saber si todavía estaba amaneciendo a causa de las sombras que envolvían la parte inferior de la calle.

Intercambiaron una mirada. No parecía muy probable que encontraran un ter’angreal en tal lugar, pero habían llegado demasiado lejos para detenerse ahora. Necesidad.

Cambio.

Nynaeve estornudó antes de haber abierto los ojos, y volvió a estornudar una vez que los abrió. Cada movimiento de sus pies levantaba nubes de polvo. Este almacén no se parecía en nada al de la Torre. Arcones, cajas y barriles abarrotaban el pequeño cuarto, apilados de cualquier forma unos sobre otros, dejando apenas un espacio para andar entre medias, y todo cubierto por una espesa capa de polvo. Nynaeve estornudó tan fuerte que creyó que se saldría de los zapatos… Y el polvo desapareció por completo, hasta la última mota. Elayne exhibía una sonrisilla satisfecha. Nynaeve no dijo nada, limitándose a fijar en su mente la imagen del almacén sin polvo. Tendría que haber pensado en ello.

Echó un vistazo al revoltijo de objetos y suspiró. El cuarto no era más grande que aquel en el que sus cuerpos dormían en ese momento, en Salidar, pero buscar entre todo aquel embrollo…

—Tardaríamos semanas.

—Podríamos intentarlo otra vez. Puede que así al menos supiéramos entre qué cosas buscar. —La voz de Elayne ponía de manifiesto que albergaba tantas dudas como la propia Nynaeve.

Aun así, la sugerencia era tan buena como cualquier otra, de modo que Nynaeve cerró los ojos y de nuevo se produjo el desplazamiento.

Cuando volvió a mirar, estaba de pie al final del pasillo, al otro extremo de la puerta, de cara a un arcón cuadrado de madera que le llegaba más arriba de la cintura. Los herrajes de hierro parecían estar completamente oxidados, y el propio arcón tenía el aspecto de haber pasado los últimos veinte años recibiendo martillazos. Nynaeve era incapaz de imaginar un recipiente más inadecuado para guardar algo útil, y menos un ter’angreal, pero Elayne estaba de pie a su lado, contemplando el mismo arcón.

La antigua Zahorí puso una mano sobre la tapa —pensando que los goznes se abrirían fácilmente— y tiró de ella hacia arriba. No sonó el menor chirrido. Dentro, dos espadas llenas de herrumbre y un peto tan oxidado que tenía un agujero yacían sobre una maraña de paquetes envueltos en trapos y lo que parecía ser un apretado montón de ropa vieja de alguien y un par de hornillos. Elayne rozó una pequeña tetera con el pitorro roto.

—Semanas no, pero sí el resto de la noche.

—¿Lo intentamos de nuevo? —sugirió Nynaeve—. No tenemos nada que perder.

Elayne se encogió de hombros. Cerraron los ojos. Necesidad.

Nynaeve alargó la mano y sus dedos se posaron en algo duro y redondo, cubierto con un trapo que se deshacía al tocarlo. Cuando abrió los ojos, la mano de Elayne estaba justo pegada a la de ella. La sonrisa de la joven le llegaba de oreja a oreja.

Sacarlo no resultó tan fácil. No era pequeño, y tuvieron que retirar chaquetas harapientas, ollas abolladas y paquetes cuya envoltura se deshizo dejando a la vista figurillas, tallas de animales y toda clase de trastos inútiles. Una vez que lo hubieron sacado, tuvieron que sostenerlo entre las dos; tenía una forma redonda y aplastada y estaba envuelto en trapos podridos. Tras quitarlos, resultó ser un cuenco somero de grueso cristal, de más de medio metro de diámetro y tallado por dentro del vidrio con lo que parecían nubes arremolinadas.

—Nynaeve —dijo lentamente Elayne—. Creo que esto es…

La otra mujer dio un respingo y estuvo a punto de soltar el lado que sostenía cuando de repente se tornó de un pálido color azul acuoso y las nubes talladas empezaron a desplazarse lentamente. Un instante después, el cristal volvía a ser transparente y las nubes permanecieron inmóviles. Sólo que Nynaeve estaba segura de que eran distintas de las de antes.