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Sin esperar a que respondiera, apagó la vela, volvió a hacerse un ovillo en la cama y, tan pronto como apoyó la cabeza en la almohada, empezó a respirar acompasada y lentamente.

Nynaeve volvió a tumbarse, con la mirada prendida en el techo a través de la oscuridad. Al menos se pondrían en camino hacia Ebou Dar muy pronto. Tal vez mañana mismo. Un día o dos, como mucho, para prepararse para el viaje y detener a un barco fluvial que fuera de paso. Por lo menos…

De repente se acordó de Theodrin. Si necesitaban un par de días para prepararlo todo, Theodrin querría tener dos sesiones, tan seguro como que un pato tenía plumas. Y esperaba que ella no durmiera esa noche. Era imposible que supiera si lo había hecho o no, pero…

Suspirando hondo, se levantó de la cama. No había mucho espacio para caminar por el cuarto, pero se arregló con lo que tenía y se fue enfureciendo más y más a cada momento que pasaba. Lo único que quería era marcharse. Había dicho que no se le daba bien lo de rendirse, pero tal vez sí que estaba cogiendo bastante experiencia en eso de escapar. Sería maravilloso encauzar cada vez que quisiera. Ni siquiera advirtió que las lágrimas empezaban a deslizarse por sus mejillas.

14

Sueños y pesadillas

Al ver a Nynaeve y a Elayne, Egwene no salió del sueño, sino que saltó fuera. No de vuelta a su cuerpo dormido en Cairhien —la noche era joven aún— sino a una vasta negrura llena de puntitos de luz parpadeantes, muchos más que las estrellas en un cielo despejado, cada uno de ellos brillante y nítido hasta donde alcanzaba la vista; si hubiese tenido ojos aquí, se entiende. Incorpórea, flotó en la infinidad existente entre el Tel’aran’rhiod y el mundo de vigilia, la estrecha franja entre el sueño y la realidad.

Si hubiese tenido corazón, le habría estado latiendo como un tambor enloquecido. No creía que la hubiesen visto, pero ¿qué demonios estaban haciendo allí, en una parte de la Torre que no guardaba nada de interés? En esas excursiones nocturnas evitaba con empeño el estudio de la Amyrlin, los aposentos de las novicias e incluso los de las Aceptadas. Si Nynaeve o Elayne o ambas no estaban siempre en uno de esos sitios, entonces lo estaban otras personas. Podría haberse acercado a sus amigas, naturalmente, porque sabían guardar secretos, pero algo le decía que no lo hiciese; había soñado que lo hacía, y siempre parecía una pesadilla. No de aquellas en que uno se despertaba empapado en sudor frío, sino de esas otras que hacían retorcerse de ansiedad. Esas otras mujeres… ¿Sabían las Aes Sedai de Salidar que gentes extrañas merodeaban por la Torre en el Mundo de los Sueños? Al menos, extrañas para ella. Si lo ignoraban, ella no podía advertirles. No del único modo que estaba a su alcance. ¡Era todo tan frustrante!

El inmenso y oscuro océano tachonado de luces giraba a su alrededor, parecía moverse mientras ella permanecía quieta. Sintiéndose como pez en el agua en ese océano, nadaba en él con segura confianza, sin necesitar pensarlo realmente, igual que los peces. Aquellas titilantes lucecitas eran sueños, todos los sueños de todas las gentes del mundo. De todos los mundos, en realidad; lugares que no eran exactamente el mundo que conocía, mundos que no se parecían en nada al suyo. Verin Sedai había sido la primera en hablarle de ellos; las Sabias confirmaron que era así, y ella misma, echando miradas a hurtadillas, había vislumbrado cosas que no acababa de creer, ni siquiera en un sueño. No pesadillas —éstas parecían estar envueltas siempre en color rojo o azul o un gris oscuro semejante a unas densas sombras—, pero sí rebosantes de cosas imposibles. Mejor esquivarlas; era obvio que ella no pertenecía a esos mundos. Asomarse a un sueño así era como si de repente se encontrara rodeada de espejos rotos que giraran y sin saber distinguir arriba de abajo. Le entraban ganas de vomitar y, si allí no tenía estómago, sí lo tendría al volver a su cuerpo. Vomitar no era el mejor modo de despertarse.

Había aprendido varias cosas estando sola como en ese momento, además de lo que las Sabias le habían enseñado, e incluso se aventuraba allí donde ellas le habrían cerrado el paso de saberlo. Y a pesar de todo… Estaba plenamente convencida de que habría aprendido mucho más si hubiese tenido una caminante de sueños vigilándola; diciéndole que esto era demasiado peligroso todavía y, en consecuencia, rotundamente prohibido, cierto, pero al tiempo sugiriéndole lo que debía intentar hacer. Dejadas atrás las cosas sencillas hacía mucho tiempo, descifrándolas fácilmente —bueno, fácil no era en realidad; eso nunca— había llegado a un punto en el que era capaz de razonar por sí misma el siguiente paso a dar, pero había algunos pasos que las Sabias caminantes de sueños habían dado largo tiempo atrás. Lo que le costaba un mes dominar por sus propios medios, ellas podían enseñárselo en una noche, en una hora. Cuando decidían que estaba preparada. Nunca antes. Así de irritante, cuando todo lo que quería era aprender. Aprenderlo todo. Ya.

Cada una de las luces parecía idéntica a las demás, pero había aprendido a distinguir un puñado. Exactamente cómo, lo ignoraba, cosa que la irritaba sobremanera. Ni siquiera las caminantes de sueños sabían eso. Aun así, una vez que identificaba qué sueño pertenecía a quién, era capaz de volver a encontrar los sueños de esa persona con la puntualidad de una flecha volando a la diana, sin importar que estuvieran al otro lado del mundo. Esa luz era Berelain, la Principal de Mayene, la mujer que Rand había puesto al mando en Cairhien. Mirar en los sueños de Berelain causaba incomodidad a Egwene. Por lo general, no eran distintos de los de otras mujeres —cualquier mujer interesada como ella en el poder, la política y la última moda en vestidos— pero a veces Berelain soñaba con hombres, incluso algunos que Egwene conocía, de un modo que hacía enrojecer a la joven cuando los recordaba.

Y aquel brillo ligeramente mortecino era Rand, sus sueños protegidos con una salvaguarda tejida con saidin. Casi se detuvo en él —le picaba que algo que no podía ver ni sentir pudiera impedirle el paso como un muro de piedra—, pero en cambio lo dejó pasar. Otra noche de esfuerzos fútiles no le resultaba atractiva.

Ese lugar distorsionaba el espacio del mismo modo que el Tel’aran’rhiod hacía con el tiempo. Rand estaba durmiendo en Caemlyn, a menos que se hubiese trasladado a Tear, cosa que a Egwene le encantaría saber cómo hacía; pero, a poca distancia de su sueño, la joven localizó otra luz que reconoció: Bair, en Cairhien, a cientos de leguas de Rand. Dondequiera que éste se encontrara, sabía con certeza que no estaba en Cairhien esta noche. ¿Cómo demonios lo haría?

El manto de luces se desplazó rápido como un rayo cuando Egwene se alejó velozmente del sueño de la Sabia. Si hubiese visto también los de Amys y Melaine, tal vez no habría huido, pero si las otras dos Sabias no estaban dormidas y soñando podían encontrarse caminando en sueños. Cabía la posibilidad de que una de ellas estuviera en el mismo sitio que ella, e incluso dispuesta para echársele encima y sacarla a rastras del sueño o llevarla al propio sueño de la Sabia. Dudaba ser capaz de impedírselo; todavía no. Se encontraría a merced de la otra mujer, convertida en parte de su sueño. Aferrarse a uno mismo dentro del sueño de otro era muy difícil aun cuando el soñador fuera una persona corriente que ignorara por completo lo que estaba pasando, aunque no más difícil que salir antes de que dejara de soñar con uno. Con una caminante de sueños, tan consciente de los suyos propios como del mundo de vigilia, era imposible. Y ésa era la parte menos peliaguda de todas.

Se le ocurrió que estaba haciendo el tonto. Huir era inútil. Si Amys o Melaine la hubiesen encontrado, a estas alturas ya habría estado en otra parte. Pensándolo bien, incluso podía estar corriendo hacia ellas. El veloz movimiento de las luces no aminoró la velocidad. Se detuvo de súbito, simplemente. Así era como funcionaban las cosas allí.