Irritada, pensó qué hacer a continuación. Aparte de descubrir lo que estuviera a su alcance en el Tel’aran’rhiod, su principal propósito al venir allí era recoger alguna información de lo que acontecía en el mundo. En ocasiones era como si las Sabias no accedieran a decirle siquiera que el sol había salido si no lograba verlo por sí misma. Argumentaban que no tenía que alterarse. ¿Cómo no iba a alterarse si no dejaba de darle vueltas a la cabeza todo lo que no sabía? Por eso había estado acudiendo a la Torre Blanca, para descubrir alguna pista de las intenciones de Elaida. Y de Alviarin. Y pistas eran lo único que había sido capaz de encontrar, además de ser pocas. Detestaba no saber las cosas; la ignorancia era como quedarse repentinamente ciega y sorda.
En fin, la Torre en su totalidad quedaba borrada de su lista ahora; no le quedaba más remedio puesto que ya no estaba segura de en qué partes de ella podía moverse sin peligro. El resto de Tar Valon ya había quedado descartado, después de la cuarta vez que estuvo a punto de toparse con una mujer de tez cobriza, a quien en esta última ocasión vio asintiendo con satisfacción mientras examinaba —nada menos— que un establo que parecía recién pintado de azul. Fuera quien fuera, no se había soñado en el Tel’aran’rhiod de manera accidental durante un momento, y daba la impresión de ser de niebla. Estaba, obviamente, utilizando un ter’angreal, lo que significaba casi con toda seguridad que era una Aes Sedai. Egwene sólo conocía un ter’angreal que permitiera acceder al Mundo de los Sueños sin necesidad de encauzar, y Nynaeve y Elayne lo tenían en su poder. Aquella esbelta mujer no llevaba mucho tiempo siendo Aes Sedai, sin embargo. Era muy hermosa —y llevaba un vestido escandalosamente fino— y aparentaba la misma edad que Nynaeve, no tenía un rostro intemporal.
Egwene se había planteado seguirla —podría pertenecer al Ajah Negro, después de todo, ya que habían robado ter’angreal de sueños—; pero, sopesando el riesgo de ser descubierta e incluso capturada con el hecho de no poder revelar nada de lo que descubriese, al menos hasta que volviera a hablar con Nynaeve y Elayne, y a no ser que se enterara de algo que pusiera todo en peligro… Al fin y a la postre, el Ajah Negro era asunto de las Aes Sedai; aunque no hubiese otras razones para guardar el secreto, de eso no podía hablar con cualquiera. En resumen, que no le quedaba otra elección.
Absorta, contempló las luces más próximas en la inmensa oscuridad. No reconoció ninguna de ellas. Permanecían absolutamente inmóviles a su alrededor, cual relucientes estrellas congeladas en un negro y transparente hielo.
Últimamente había mucha gente desconocida en el Mundo de los Sueños para sentirse tranquila allí. Dos, pero eso significaba dos más de la cuenta. La mujer de tez cobriza y otra, una mujer bonita, con aire resuelto y enérgico, ojos azules y rasgos firmes. La mujer decidida, como Egwene pensaba en ella, debía de ser capaz de entrar en el Tel’aran’rhiod por sus propios medios —su apariencia era sólida, no como un jirón de niebla— y, fuera quien fuese y estuviera allí por la razón que estuviera, rondaba por la Torre más a menudo que Nynaeve, Elayne, Sheriam y todas las demás juntas. Parecía estar en todas partes. Además de encontrarla en la Torre, casi había sorprendido a Egwene en su última visita a Tear —por supuesto, no a una reunión nocturna—; la mujer estuvo merodeando por el Corazón de la Ciudadela mascullando entre dientes con irritación. Y también se encontraba en Caemlyn en las dos últimas visitas de Egwene.
Las posibilidades de que la mujer decidida perteneciera al Ajah Negro eran tantas como con la otra; si bien, claro está, también podía proceder de Salidar. O ambas podían venir de allí, aunque Egwene nunca las había visto juntas o con nadie de esa localidad. Pensándolo bien, cualquiera de las dos podía ser de la propia Torre. Allí existían suficientes disensiones para que un bando espiara al otro, y antes o después las Aes Sedai de la Torre sabrían lo del Tel’aran’rhiod, si es que no estaban enteradas ya. Las dos desconocidas sólo planteaban preguntas sin respuestas, de modo que la única solución que se le ocurrió a Egwene fue evitarlas.
Ni que decir tiene que últimamente procuraba evitar a cualquiera en el Mundo de los Sueños. Había tomado por costumbre echar ojeadas por encima del hombro porque en todo momento tenía la sensación de que alguien se le acercaba a hurtadillas por detrás, además de ver cosas. Creía haber vislumbrado fugazmente a Rand, a Perrin, incluso a Lan, por el rabillo del ojo. Todo imaginación, por supuesto, o quizás era el resultado de que rozara sus sueños, pero, sumándolo a todo lo demás, lo cierto es que estaba tan nerviosa como un gato en una perrera.
Frunció el entrecejo o, mejor dicho, lo habría fruncido si hubiera tenido rostro. Una de las luces le parecía… No exactamente familiar, porque no la conocía, pero era como si… la atrajera. Dirigiese la vista donde la dirigiese, siempre volvía al mismo punto reluciente.
A lo mejor podría intentar de nuevo encontrar Salidar. Eso significaba esperar a que Nynaeve y Elayne salieran del Tel’aran’rhiod —conocía los sueños de ambas de vista, por supuesto; «de vista» en sus sueños, puntualizó con una risita silenciosa— y hasta ahora una docena de intentos de localizar Salidar de ese modo habían tenido tan pocos resultados con tratar de atravesar la salvaguarda de los sueños de Rand. La distancia y la ubicación allí no guardaban ninguna similitud con el mundo de vigilia; Amys decía que en ese lugar no había distancia ni ubicación. Por otro lado, era una idea tan buena como…
Advirtió con un sobresalto que el punto luminoso que no dejaba de atraer su mirada había empezado a deslizarse hacia ella, y fue creciendo hasta que lo que antes era una distante estrella se convirtió rápidamente en una luna llena. En su interior alentó una chispa de miedo. Rozar un sueño, asomarse a él, era sencillo, como tocar con un dedo la superficie del agua, un roce tan leve que el líquido se alzaba hacia la yema del dedo, pero sin romper la superficie; empero, se suponía que eso tenía que ocurrir a su voluntad. La caminante de sueños buscaba el sueño, no a la inversa. Sólo que esa luz se movía, expandiéndose hasta llenar su campo visual con su brillantez.
Frenéticamente, trató de alejarse. Luz blanca. Sólo luz blanca, absorbiéndola…
Parpadeó, estupefacta. A su alrededor se extendía un bosque de grandes columnas blancas. La mayoría aparecían borrosas, imprecisas, sobre todo las que estaban lejos, pero algo muy preciso y real era Gawyn, que corría hacia ella por el suelo de baldosas blancas, vestido con una sencilla chaqueta verde, y en su rostro una expresión mezcla de ansiedad y alivio. Mejor dicho, era casi el rostro de Gawyn. Quizás éste no fuera tan guapo como su hermanastro Galad, pero sí era un hombre apuesto, mientras que aquella cara parecía… vulgar. Intentó moverse y no pudo ni poco ni mucho. Tenía la espalda contra una de las columnas y unas cadenas le ceñían las muñecas, por encima de la cabeza.
Debía de ser el sueño de Gawyn. Con la infinidad de puntos luminosos que existían, había tenido que pararse cerca del suyo. Y, de algún modo, se había visto arrastrada hacia él. Cómo, era una pregunta para más adelante. Ahora quería saber por qué soñaba que la retenía cautiva. Fijó firmemente la verdad en su mente: aquello era un sueño, el sueño de otra persona; ella era quien era, no lo que quiera que él deseaba que fuese; no aceptaba la realidad de nada allí; nada de allí podía alcanzar su verdadera esencia. Aquellas verdades se repitieron como un cántico en su mente. Con ello resultaba difícil pensar en algo más, pero mientras las mantuviera firmes podía correr el riesgo de quedarse. Al menos, lo suficiente para descubrir qué ideas peregrinas tenía ese hombre rondándole por la cabeza. ¡Retenerla cautiva! ¡Qué ocurrencia!