Выбрать главу

Finalmente Anaiya se detuvo y frunció el entrecejo. La disolución de la coligación cogió desprevenida a Nynaeve. Durante un instante se tambaleó, mirando en derredor con aire desconcertado. Gemidos y sollozos habían reemplazado los gritos y chillidos; en la calle alumbrada por la pálida luz de la luna reinaba la calma, nada se movía excepto las personas que intentaban ayudar a los heridos. Por la posición del satélite, había transcurrido menos de una hora, pero a Nynaeve le parecían diez. Le dolía la espalda donde la banqueta la había golpeado, sentía flojedad en las rodillas y los ojos irritados. Bostezó con tantas ganas que tuvo la sensación de que los oídos iban a estallarle.

—No ha sido en absoluto lo que habría esperado de un Renegado —masculló Anaiya entre dientes. También parecía cansada, pero se lanzó de inmediato hacia la siguiente tarea, y agarró a Nicola por el hombro—. Apenas te sostienes en pie. Vete a la cama. Vamos, vamos, pequeña. Mañana, lo primero que quiero hacer es hablar contigo, antes de desayunar. Angla, tú quédate; todavía puedes coligarte otra vez y prestar un poco de fuerza para la Curación. Lanida, a la cama.

—No fue el Renegado —dijo Nynaeve o, más bien, murmuró. Luz, qué cansada estaba—. Era una burbuja maligna.

Las tres Aes Sedai la miraron fijamente. En realidad, también la miraron las otras Aceptadas, salvo Elayne, y las novicias. Incluso Nicola, que todavía no se había marchado. Por una vez, a Nynaeve le dio igual lo mucho o lo poco que la mujer la calibrara con la mirada; estaba demasiado adormilada para que le importara lo más mínimo.

—Vimos una en Tear —explicó Elayne—. En la Ciudadela. —En realidad sólo habían visto las secuelas, pero era todo lo más que ambas habrían querido tener contacto con una de ellas—. Si Sammael nos hubiese atacado no habría lanzado palos por el aire.

Ashmanaille intercambió una mirada indescifrable con Bharatine, una Verde que se las ingeniaba para hacer que una extrema delgadez pareciera grácil esbeltez y que una nariz larga pareciera elegante. Anaiya ni siquiera pestañeó.

—Pareces estar pletórica de fuerzas todavía, Elayne. Puedes ayudar también con la Curación. Y tú, Nynaeve… Lo has vuelto a perder, ¿verdad? En fin, tienes aspecto de necesitar que te lleven a la cama enseguida, pero tendrás que arreglártelas para hacerlo sola. Shimoku, levántate y ve a acostarte, pequeña. Calindin, tú ven conmigo.

—Anaiya Sedai —llamó, con cautela, Nynaeve—. Elayne y yo hemos descubierto algo esta noche. Si pudiésemos hablar con vos a so…

—Mañana, pequeña —la interrumpió la Azul—. Vamos, a la cama, antes de que te desplomes.

Anaiya no esperó siquiera a comprobar si la obedecía. Seguida por Calindin, tras ella, se dirigió hacia un hombre que gemía en el suelo, con la cabeza recostada en el regazo de una mujer, y se inclinó sobre él. Ashmanaille tiró de Elayne hacia otro lado, y Bharatine condujo a Angla en otra dirección. Antes de perderse entre la multitud, Elayne miró hacia atrás a Nynaeve y sacudió la cabeza levemente.

En fin, tal vez no era el mejor momento ni el lugar de sacar a relucir lo del cuenco y Ebou Dar. Había habido algo extraño en la reacción de Anaiya, como si la hubiese decepcionado saber que aquello en realidad no había sido un ataque de algún Renegado. ¿Por qué? Estaba demasiado cansada para pensar con claridad. Anaiya habría controlado los flujos, pero el saidar había pasado a través de Nynaeve durante más de una hora, lo suficiente para agotar incluso a cualquiera que hubiese disfrutado de un buen sueño esa noche.

Tambaleándose, Nynaeve vio a Theodrin entre la gente. La domani caminaba cojeando junto con un par de novicias, deteniéndose allí donde alguien parecía sufrir una herida que su capacidad de Curación pudiera sanar. Ella no vio a Nynaeve.

«Me iré a la cama —pensó, resentida, la antigua Zahorí—. Anaiya Sedai me lo ordenó». ¿Por qué le había parecido decepcionada la Azul? Una idea se insinuaba en su mente, pero estaba demasiado agotada para cogerla. Arrastraba los pies al caminar de tal manera que tropezó varias veces en el suelo libre de obstáculos. Se iría a dormir, y que Theodrin se lo tomara como quisiera.

15

Un montón de arena

Egwene abrió los ojos y miró al vacío. Durante un instante permaneció tendida en el catre, jugueteando ociosamente con el anillo de la Gran Serpiente ensartado en el cordón que llevaba al cuello. Lucirlo en la mano ocasionaba demasiadas miradas raras. Era más sencillo pasar por una estudiante de las Sabias si nadie la tomaba por una Aes Sedai. Cosa que no era, naturalmente, sino una Aceptada, aunque llevaba tanto tiempo fingiendo serlo que a veces casi olvidaba que no era una hermana de hecho.

Una leve claridad se coló por la solapa de la entrada, iluminando apenas el interior de la tienda. Se sentía como si hubiese pasado toda la noche en vela, y las sienes le dolían. Desde el día en que Lanfear había estado a punto de matarlas a Aviendha y a ella, el mismo en que la Renegada y Moraine se mataron la una a la otra, la cabeza le dolía cada vez que entraba en el Tel’aran’rhiod, aunque nunca con suficiente intensidad para considerarlo una verdadera molestia. En fin, Nynaeve le había enseñado algo sobre hierbas curativas, allá en casa, y se las había ingeniado para encontrar unas pocas de las indicadas allí, en Cairhien. La raíz de pasionaria la dejaría amodorrada, o puede que estando tan débil la hiciera dormir durante horas, pero al menos borraría todo vestigio de jaqueca.

Se levantó, estiró el arrugado y sudoroso camisón, y caminó sobre las alfombras hacia la palangana, un recipiente de cristal tallado que probablemente en otro tiempo había servido para el ponche de algún noble. En cualquier caso, resultó tan adecuado como una palangana para contener el agua que vertió de una jarra de vidrio azul, agua que apenas notó fresca cuando se mojó la cara con ella. Su mirada se encontró con sus propios ojos en el pequeño espejo de marco dorado, apoyado contra la lona de la tienda, y el rubor le tiñó las mejillas.

—Bueno, ¿qué pensabas que iba a pasar? —susurró. No lo habría creído posible, pero el reflejo de su rostro se tornó aun más colorado.

Sólo había sido un sueño, no como en el Tel’aran’rhiod, donde lo que ocurriese seguía siendo real al despertar. Pero lo recordaba todo, hasta el más pequeño detalle, como si hubiese sido verdad. Temió que sus mejillas echaran a arder. Sólo un sueño, y, además, uno de Gawyn. No tenía derecho a soñar con ella así.

—Todo fue cosa de él —dijo a su reflejo—. ¡No mía! ¡No tuve elección!

Cerró bruscamente la boca. Mira que intentar responsabilizar a un hombre por sus sueños. Y hablarle a un espejo como una imbécil.

Se paró ante la solapa de la entrada y echó una ojeada fuera. Su tienda se encontraba al borde del campamento Aiel. Las grises murallas de Cairhien se alzaban unos tres kilómetros al oeste de las peladas colinas, sin nada entre medias excepto el suelo carbonizado allí donde extramuros rodeaba anteriormente la ciudad. A juzgar por la escasa claridad, todavía debía de faltar un buen rato para que el sol saliera, pero los Aiel ya se movían afanosos entre las tiendas.

Esa mañana no madrugaría. Después de pasarse una noche entera fuera de su cuerpo… Sus mejillas se encendieron de nuevo; Luz, ¿es que iba a estar enrojeciendo toda la vida a costa de un sueño? Mucho se temía que sí. En fin, después de eso, podría dormir hasta la tarde. El olor de las gachas de avena no podía competir con la pesadez de sus párpados.

Débilmente regresó a las mantas y se derrumbó en ellas mientras se frotaba las sienes. Estaba demasiado cansada para preparar la raíz de pasionaria; claro que estando tan agotada, pensó, tampoco importaba mucho si no se tomaba la infusión. El sordo dolor siempre remitía al cabo de una hora más o menos, de modo que se le habría pasado cuando despertara.