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—Hacer preguntas es bueno —opinó Bair—. Adelante.

Egwene eligió las palabras con todo cuidado. Y siguió vistiéndose con aire despreocupado, poniéndose una blusa blanca de algode y una amplia falda de lana iguales a las que llevaban las Sabias:

—¿Es posible que lo arrastren a uno contra su voluntad hacia el sueño de otro?

—Pues claro que no —repuso Amys—, a menos que seas una manazas al rozarlo.

—Y a no ser —abundó Bair, como si eso fuera poco— que haya emociones intensas involucradas. Si intentas observar el sueño de alguien que te ama o te odia, te puede arrastrar hacia él. O si tú amas u odias a esa persona. Ésa es la razón de que no intentemos observar los sueños de Sevanna y ni siquiera hablar con las Sabias Shaido en sus sueños.

A Egwene no dejaba de sorprenderle que estas mujeres, así como las otras Sabias, siguieran viéndose y hablando con las Sabias Shaido. Se suponía que estas mujeres estaban por encima de batallas y conflictos entre clanes, pero a su modo de ver oponerse al Car’a’carn, jurar matarlo, situaba a las Shaido más allá de cualquier límite.

—Salir del sueño de alguien que te odia o te ama —continuó Bair— es como intentar trepar por un agujero profundo de paredes escarpadas.

—Exacto. —Amys pareció recobrar el buen humor de repente y lanzó una mirada de reojo a Melaine—. Por eso ninguna caminante de sueños jamás comete el error de intentar ver los sueños de su esposo. —Melaine mantenía la mirada prendida al frente, y su gesto se ensombreció—. Al menos, no comete el mismo error dos veces —añadió Amys.

Bair esbozó una sonrisa que marcó más sus arrugas y de manera ostentosa evitó mirar a Melaine.

—Puede ser muy conmocionante —dijo—. Sobre todo si está enfadado contigo, si, por poner un ejemplo, el ji’e’toh lo obliga a alejarse de ti, y tú, como una chiquilla tonta, fueras lo bastante necia para decirle que no se iría si te amara de verdad.

—Esto se está apartando mucho de la pregunta de la muchacha —adujo Melaine, muy estirada y colorada hasta la raíz del pelo.

Bair se echó a reír sin rebozo. Egwene, denotando un gran sentido común, contuvo la curiosidad y el regocijo.

—¿Y puede ocurrir aunque uno no intente meterse en su sueño? —inquirió, haciendo que su voz sonara con absoluta indiferencia.

Melaine le dedicó una mirada agradecida y la joven sintió un cierto remordimiento, aunque no lo bastante para que más adelante no quisiera enterarse de la historia completa. Si Melaine se había puesto tan colorada la cosa tenía que ser muy divertida.

—Me hablaron de ello cuando era joven y empezaba a aprender —contestó Bair—. Mora, la Sabia del dominio Colrada, me instruía, y dijo que si el sentimiento era muy intenso, un amor o un odio tan fuerte que no dejaba lugar para nada más, uno podía ser arrastrado simplemente siendo consciente del sueño de la otra persona.

—Nunca había oído tal cosa —adujo Melaine. Por su parte, Amys parecía dubitativa, simplemente.

—Ni yo, salvo la vez que me lo dijo Mora —respondió Bair—, pero era una mujer excepcional. Me contaron que se acercaba a los trescientos años cuando murió a causa de una mordedura de cobra sanguina, y sin embargo parecía tan joven como cualquiera de vosotras. Yo sólo era una chiquilla, pero la recuerdo muy bien. Sabía muchas cosas y podía encauzar con gran fuerza. Venían Sabias de todos los clanes para aprender de ella. Creo que un amor tan grande, o un odio tan fuerte, no es corriente, pero ella me contó que esto le había ocurrido en dos ocasiones, una vez con el primer hombre que se casó, y otra con una rival en el interés de su tercer marido.

—¿Trescientos años? —exclamó Egwene, que se paró a medio atar una de las suaves botas. Seguramente ni siquiera las Aes Sedai tenían una vida tan longeva.

—He dicho que me lo contaron —repuso Bair, sonriendo—. Algunas mujeres envejecen más despacio que otras, como por ejemplo Amys; y, cuando se trata de una mujer como Mora, empiezan a correr historias. Algún día te contaré la referente a cómo movió Mora una montaña. Supuestamente, al menos.

—En otro momento, ¿vale? —opinó Melaine con un tono un poco demasiado amable. Saltaba a la vista que todavía la mortificaba lo que quiera que hubiese ocurrido en el sueño de Bael, así como el hecho de que las otras lo supieran—. Escuché todas las historias sobre Mora siendo niña; creo que las sé de memoria. Si Egwene acaba de vestirse de una vez, tenemos que asegurarnos de que coma algo. —Un brillo en sus verdes ojos reveló que se proponía ver cada bocado que tragara; obviamente no había desechado sus sospechas respecto a la salud de la muchacha—. Y responder a todas sus preguntas.

Egwene trató desesperadamente de pensar en otra. Por lo general tenía muchas que hacerles, pero los acontecimientos de la noche pasada le habían dejado vacía la mente de preguntas salvo ésa. Si lo dejaba así, podían empezar a preguntarse si no se le había ocurrido por haber estado espiando el sueño de alguien en contra de sus instrucciones. Tenía que hacer otra pregunta… que no estuviera relacionada con sus extraños sueños. Algunos de ellos seguramente tenían un significado, si es que era capaz de descubrirlo. Anaiya sostenía que Egwene era una Soñadora, capaz de predecir el curso de acontecimientos futuros, y estas tres mujeres pensaban que era posible, pero decían que sólo ella podía encontrar la certeza dentro de sí. Además, no estaba segura de querer discutir sus sueños con nadie. Estas mujeres sabían más de lo que sería de su agrado sobre lo que pasaba dentro de su mente.

—Eh… ¿Y las caminantes de sueños que no son Sabias? Quiero decir que si habéis visto otras mujeres en el Tel’aran’rhiod.

—A veces —contestó Amys—, pero no a menudo. Sin una guía para enseñarle, una mujer podría no darse cuenta de que tiene algo más que sueños muy vívidos.

—Y, por supuesto —abundó Bair—, al no saber nada, el sueño podría matarla antes de que se entere…

Habiendo conseguido desviar la conversación hacia otros temas más seguros, Egwene se relajó. Había recibido una respuesta más clara de lo que esperaba. Ya sabía que amaba a Gawyn —«Así que lo sabías, ¿no?», susurró una vocecilla en su cabeza. «¿Y estabas dispuesta a admitirlo?»— y los sueños de él indicaban que su amor era correspondido. Aunque, naturalmente, si los hombres eran capaces de decir cosas que no sentían estando despiertos, muy probablemente podían hacer lo mismo soñando. Sin embargo, verlo confirmado por las Sabias, saber que la amaba con tanta intensidad como para superar cualquier cosa que ella…

No. Éste era un tema para meditarlo después. No tenía la menor idea de dónde se encontraba Gawyn. Lo importante ahora era que sabía el peligro. La próxima vez sería capaz de reconocer los sueños de Gawyn y evitarlos. «Si es que es eso lo que realmente quieres hacer», susurró la vocecilla en su cabeza. Confió en que las Sabias tomaran el rubor de sus mejillas como un tono saludable. Ojalá supiera qué significaban sus sueños. Si es que tenían algún significado.

Bostezando, Elayne se encaramó a una piedra para poder ver por encima de las cabezas del gentío. Ese día no había soldados en Salidar, pero las personas abarrotaban la calle y se asomaban a las ventanas. El rebullir inquieto de los pies y alguna que otra tos causada por el polvo eran los únicos sonidos. A pesar del tremendo calor matinal, la gente apenas se movía aparte de agitar un abanico o un sombrero para darse un poco de aire.

Leane estaba en el hueco que había entre dos casas de techo de bálago, del brazo de un hombre de rasgos duros que Elayne no había visto nunca. Muy, muy del brazo del hombre. Sin duda era uno de los espías de Leane. La mayoría de los informadores de las Aes Sedai eran mujeres, pero parecía que todos los de Leane eran hombres. Mayormente los mantenía fuera de la vista de los demás, pero Elayne la había visto una o dos veces dando palmaditas en una mejilla desconocida y mirando sonriente un par de ojos extraños. No tenía ni idea de cómo lo conseguía Leane. Elayne estaba segura de que, si utilizaba esos trucos de domani, el tipo pensaría que le había prometido mucho más de lo que tenía intención de dar, pero estos hombres aceptaban la palmadita y la sonrisa de Leane y se alejaban tan contentos como si le hubiesen regalado un arcón lleno de oro.