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—Sí, Aes Sedai —respondió lisa y llanamente Elayne.

Morvrin gruñó; esa mujer dudaba de todo. Sheriam asintió y se ajustó el chal.

—Entonces habéis hecho bien en contarlo. Enviaremos una carta a Merilille. —Merilille Ceandevin era la hermana Gris que habían enviado para convencer a la reina de Ebou Dar de que apoyara a Salidar—. Tendréis que darnos todos los detalles.

—Nunca lo encontrará —barbotó Nynaeve antes de que Elayne tuviera ocasión de abrir la boca—. Pero Elayne y yo sí que podremos.

Los ojos de las Aes Sedai adquirieron una expresión gélida.

—Probablemente a ella le será imposible —se apresuró a intervenir Elayne—. Nosotras vimos dónde está el cuenco, e incluso así no nos resultará sencillo. Pero al menos sabemos lo que vimos. Dar una descripción por carta no será igual.

—Ebou Dar no es un lugar para Aceptadas —adujo fríamente Carlinya.

—Todas debemos hacer aquello para lo que estamos más preparadas, pequeñas —abundó Morvrin con un tono algo más amable, pero aun así reprobador—. ¿Creéis que Edesina o Afara o Guisin querían ir a Tarabon? ¿Qué pueden hacer ellas para poner orden en esa tierra agitada? Pero teníamos que intentarlo, así que fueron allí. Kiruna y Bera probablemente están en este momento en la Columna Vertebral del Mundo, de camino al Yelmo de Aiel a buscar a Rand al’Thor porque pensábamos, sólo pensábamos, que podría estar allí cuando las enviamos. Que tuviésemos razón no hace menos fútil su viaje ahora, que él ha salido del Yermo. Todas hacemos lo que podemos, lo que debemos. Vosotras sois Aceptadas, y las Aceptadas no salen corriendo hacia Ebou Dar o a ningún otro sitio. Lo que las dos podéis y debéis hacer es quedaros aquí y estudiar. Incluso si fueseis hermanas de hecho seguiría sin daros permiso para marcharos. Nadie ha hecho la clase de descubrimientos que vosotras habéis conseguido, tantos en tan corto espacio de tiempo, desde hace un siglo.

Siendo como era, Nynaeve hizo caso omiso de lo que no quería oír y clavó la mirada en Carlinya.

—Pues no lo hemos hecho nada mal valiéndonos por nosotras mismas, gracias —dijo—. Dudo que Ebou Dar sea tan peligrosa como Tanchico.

Elayne no creía que su amiga fuera consciente de que se estaba aferrando la trenza con todas sus fuerzas. ¿Es que nunca iba a aprender que con simple cortesía a veces se conseguía lo que con franqueza no se lograba?

—Comprendo vuestra preocupación, Aes Sedai —intervino la heredera del trono—, pero aunque peque de inmodestia lo cierto es que soy la persona más cualificada de Salidar para localizar un ter’angreal. Y Nynaeve y yo sabemos mejor dónde buscar de lo que podríamos indicar dando datos en una carta. Si nos enviáis con Merilille Sedai, estoy convencida de que, bajo su guía, podríamos localizarlo en poco tiempo. Sólo serían unos cuantos días de viaje en un barco fluvial hasta Ebou Dar y otros cuantos de regreso, con unos pocos allí bajo la vigilancia de Merilille Sedai. —Le costó un gran esfuerzo no pararse para coger aire—. Entre tanto, podríais enviar un mensaje a una de las informadoras de Siuan en Caemlyn, de modo que ya estará allí cuando Merana Sedai y la delegación lleguen a la ciudad.

—¿Y por qué íbamos a hacer semejante cosa? —rezongó Morvrin.

—Pensé que Nynaeve os lo había dicho, Aes Sedai. No estoy segura, pero creo que es necesaria la participación de un varón para que el cuenco funcione.

Aquello, ni que decir tiene, ocasionó una pequeña conmoción. Carlinya dio un respingo, Morvrin masculló entre dientes, y Sheriam se quedó boquiabierta. También Nynaeve se sorprendió, pero sólo un instante; Elayne estaba segura de que su amiga lo disimuló antes de que las otras mujeres se dieran cuenta. Estaban demasiado pasmadas para advertirlo. Era una mentira, pura y simplemente. Tan simple como la clave. Supuestamente los grandes logros de la Era de Leyenda se habían llevado a cabo por hombres y mujeres encauzando a la par, probablemente coligados. Casi con toda probabilidad lo ejecutaban con ter’angreal que requerían la colaboración de un varón para que funcionasen. En cualquier caso, si ella era incapaz de hacer funcionar el cuenco sola, indudablemente nadie más en Salidar podría hacerlo. Excepto tal vez Nynaeve. Si requería el concurso de Rand, no podían dejar pasar la oportunidad de hacer algo con el tiempo, y para cuando ella «descubriera» que un círculo de mujeres podía manejar el cuenco, las Aes Sedai de Salidar estarían tan comprometidas con Rand que no les sería posible desligarse de él.

—Todo eso está muy bien —dijo finalmente Sheriam—, pero no cambia el hecho de que sois Aceptadas. Enviaremos una carta a Merilille. Ya hay quien habla de vosotras y…

—¡Hablar! —espetó Nynaeve—. ¡Eso es todo lo que hacéis, vosotras y la Antecámara! ¡Hablar! Elayne y yo podemos encontrar ese ter’angreal, pero preferís poneros a cacarear como gallinas en un corral. —Las palabras se atropellaban para salir de su boca. La antigua Zahorí se tiraba de la trenza con tanta fuerza que Elayne casi esperaba ver que se la arrancaba de cuajo—. Os sentáis aquí, esperando a que Thom y Juilin y los demás regresen y os digan que los Capas Blancas no van a caer sobre nosotras como el tejado de una casa en ruinas, cuando es posible que vuelvan con los Capas Blancas pisándoles los talones. Os sentáis, hurgando en el problema de Elaida en lugar de hacer lo que dijisteis que haríais, titubeando respecto a Rand. ¿Sabéis ya cuál es vuestra postura hacia él? ¿Lo sabéis, con vuestra delegación de camino a Caemlyn? ¿Y sabéis por qué os sentáis y habláis? ¡Yo sí! Tenéis miedo. Miedo de que la Torre esté dividida, miedo de Rand, de los Renegados, del Ajah Negro. Anoche Anaiya dejó escapar que teníais un plan previsto en caso de que uno de los Renegados atacara. Todos esos círculos coligándose, justo encima de una burbuja maligna, porque imagino que ya creeréis que era eso, pero todos desiguales y en su mayoría formados por más novicias que Aes Sedai. ¿Por qué? Porque sólo unas pocas Aes Sedai lo sabían de antemano. Creéis que el Ajah Negro está aquí mismo, en Salidar. Teníais miedo de que se informara a Sammael o a uno de los otros de vuestro plan. No os fiáis entre vosotras mismas. ¡No confiáis en nadie! ¿Es por eso por lo que no queréis enviarnos a Ebou Dar? ¿Pensáis acaso que somos del Ajah Negro o que iremos corriendo a reunirnos con Rand, o… o…?

El resto de la frase se redujo a palabras farfulladas por la ira y la falta de resuello. Casi no había respirado a lo largo de toda la diatriba.

El primer impulso de Elayne fue intentar suavizarlo de algún modo, aunque cómo no tenía la más ligera idea. Habría sido tan fácil como intentar calmar una montaña en erupción. Fueron las propias Aes Sedai quienes hicieron que dejara de preocuparse de si Nynaeve había echado todo a perder. Aquellos semblantes inexpresivos, aquellos ojos que parecían capaces de traspasar las piedras, no tendrían que haber dejado traslucir nada en absoluto. Pero, para ella, sí transmitían algo. No era la fría cólera que debería haber fluido hacia alguien tan estúpido como para despotricar contra unas Aes Sedai. Esas expresiones eran unas máscaras, y lo único que ocultaban era la verdad, una verdad que no querían admitir ni ellas mismas: estaban asustadas.

—¿Has terminado ya? —preguntó Carlinya con una voz que tendría que haber congelado el sol.

Elayne estornudó y se golpeó la cabeza con un costado del caldero volcado de lado. El olor a sopa quemada le impregnaba la nariz. El sol de media mañana había calentado el interior de enorme perol en el que estaba metida hasta dar la impresión de que seguía puesto al fuego; el sudor le corría por el cuerpo. No; le chorreaba. Soltó la áspera piedra pómez, salió gateando hacia atrás y asestó una mirada feroz a la mujer que estaba a su lado. O, más bien, a la mitad de la mujer que asomaba por la boca de otro caldero ligeramente más pequeño, tumbado también de lado. Le dio un pellizco a Nynaeve en la cadera y esbozó una sombría sonrisa cuando escuchó el golpe de una cabeza contra el hierro y un chillido. Nynaeve salió del perol con una expresión torva que no ocultó en absoluto el bostezo que la mujer sofocó con una mano mugrienta. Elayne no le dio ocasión de hablar: