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—Tenías que explotar, ¿verdad? No podías contener tu genio durante cinco minutos. Lo teníamos todo en nuestras manos y tuviste que darnos una patada en los tobillos.

—De todos modos no nos habrían permitido ir a Ebou Dar —rezongó Nynaeve—. Y no fui yo la única que asestó patadas en los tobillos. —Alzó la barbilla en un gesto tan ridículo que tuvo que mirar hacia la punta de la nariz para ver a Elayne—. «Las Aes Sedai dominan el miedo» —declamó con un tono adecuado para reprender a un borracho haragán que se pusiera en el camino del caballo de uno—, «no dejan que las domine a ellas. Dirigidnos y os seguiremos de buen grado, pero debéis dirigir, no acobardaros, confiando en que algo haga desaparecer vuestros problemas».

El rubor tiñó las mejillas de Elayne. Ella no había adoptado una actitud tan orgullosa ni mucho menos; y desde luego tampoco había empleado ese tono.

—Vale, quizá las dos nos excedimos y olvidamos el sentido común, pero… —Se interrumpió al oír el ruido de unos pasos.

—De modo que las niñas mimadas de las Aes Sedai han decidido tomarse un descanso, ¿no? —La sonrisa de Faolain distaba mucho de ser amistosa—. No estoy aquí porque me divierta, ¿sabéis? Tenía intención de pasar el día trabajando en algo mío, algo que no es terriblemente inferior a lo que vosotras, las niñas mimadas, habéis hecho, creo. En cambio, he de vigilar que unas Aceptadas frieguen ollas como castigo a sus faltas. Vigilar para que no os escabulláis como el par de despreciables novicias que deberíais ser. Y, ahora, volved al trabajo. No puedo marcharme hasta que hayáis terminado, y no tengo intención de pasarme aquí todo el día.

La mujer de tez atezada y cabello rizado era como Theodrin, algo más que una Aceptada, pero menos que una Aes Sedai. Como lo habrían sido ella y Nynaeve, si ésta no se hubiera comportado como una gata a la que han pisado la cola. Las dos, rectificó Elayne de mala gana. Sheriam se lo había dicho mientras les informaba cuántas de sus horas «libres» pasarían en las cocinas, realizando el trabajo más sucio que las cocineras pudieran encontrar. Pero nada de Ebou Dar, en cualquier caso; también eso lo había dejado muy claro. Una carta iría de camino a Merilille a mediodía, si es que no había salido ya.

—Lo… lamento —dijo Nynaeve, y Elayne la miró parpadeando. Una disculpa de Nynaeve era como una nevada en pleno verano.

—Yo también lo siento.

—Oh, sí, lo lamentáis las dos —les dijo Faolain—. Tanto como haya podido ver en mi vida a alguien. ¡Y, ahora, volved al trabajo antes de que encuentre una razón para enviaros a Tiana cuando hayáis acabado aquí!

Elayne echó una mirada compungida a Nynaeve y a continuación volvió a meterse en el caldero, atacando la sopa pegada con la piedra pómez como si fuera a Faolain. Saltaron fragmentos menudos de la piedra y trozos de comida chamuscada. No, no a Faolain. A las Aes Sedai, que se quedaban cruzadas de brazos cuando tendrían que estar actuando. Iba a ir a Ebou Dar, iba a encontrar el ter’angreal, e iba a utilizarlo para atar a Sheriam y a las demás a Rand. ¡De rodillas! Soltó tal estornudo que casi se sale de los zapatos.

Sheriam se volvió del punto desde el que había estado observando a las jóvenes, a través de una grieta de la valla, y echó a andar por el angosto callejón, en el que crecían unas ridículas matas de hierba agostada y rastrojo.

—Lamento esto. —Considerando las palabras de Nynaeve y su tono, ¡y las de Elayne, la maldita chica!, añadió—: Hasta cierto punto.

Carlinya resopló con desdén; era muy buena en eso.

—¿Es que quieres contar a unas Aceptadas lo que poco más de dos docenas de Aes Sedai saben? —Cerró la boca de golpe al advertir la penetrante mirada que le asestó Sheriam.

—Hay oídos donde menos se espera —advirtió en voz baja.

—Esas chicas tienen razón en una cosa —intervino Morvrin—. Al’Thor me da tanto miedo que se me retuercen las entrañas. ¿Qué opciones nos quedan con respecto a él?

Sheriam no sabía con certeza si no se habrían quedado sin opciones hacía mucho.

Las tres Aes Sedai siguieron caminando en silencio.

16

Narraciones de la Rueda

Rand estaba repantigado en el Trono del Dragón, con el Cetro del Dragón sobre las rodillas, descansando. O, al menos, lo fingía. Los tronos no se habían hecho para relajarse en ellos, y al parecer éste menos que ninguno, pero esa incomodidad sólo era una parte de la dificultad para estar a gusto. Otra era sentir a Alanna, bien que aquella sensación incordiante estaba siempre presente. Si les dijese a las Doncellas que… No. ¿Cómo se le había pasado esa idea por la cabeza? La había asustado lo bastante para mantenerla alejada; la mujer no había hecho ningún intento de entrar en la Ciudad Interior. De ser así, él lo sabría. No. De momento, Alanna era una incomodidad menor que el inadecuado acolchado del asiento.

A pesar de llevar abotonada completamente la chaqueta azul con bordados de plata, el calor apenas lo afectaba —realmente estaba dominando el truco de Taim—; pero, si la impaciencia hubiese producido transpiración, en ese momento estaría tan empapado como si acabara de salir de un río. Mantener la sensación de frescor no representaba ningún problema, pero sí permanecer inmóvil. Intentaba entregar a Elayne un Andor íntegro e intacto, y esa mañana se daría el primer paso verdadero hacia tal propósito. Si es que acudían.

—… además —prosiguió el hombre alto y huesudo que estaba de pie ante el trono, hablando en un tono casi monótono—, de mil cuatrocientos veintitrés refugiados de Murandy, quinientos sesenta y siete de Altara y ciento nueve de Illian. Hasta donde ha llegado el recuento del censo en la ciudad propiamente dicha al día de hoy, quiero añadir. —Los ralos mechones de cabello gris que le quedaban a Halwin Norry le sobresalían por detrás de las orejas como si fueran plumas de escribir, un rasgo muy adecuado ya que había sido el jefe amanuense de Morgase—. He contratado a veintitrés escribientes adicionales para realizar el trabajo, pero sigue siendo un número insuficiente para…

Rand dejó de prestar atención. Aunque estaba agradecido al hombre porque no hubiese huido como habían hecho muchos otros, le daba la impresión de que para Norry no existía nada real excepto los números en sus libros mayores. Informaba del número de muertos habidos durante la semana y del precio de los nabos llegados en carros desde la campiña con el mismo tono impersonal; organizaba los entierros diarios de los indigentes, refugiados que no tenían amigos, con una actitud en la que no había más horror ni más alegría que la que demostraba al contratar albañiles para que repararan las murallas de la ciudad. Illian era simplemente otro país para él, no la residencia de Sammael, y Rand otro gobernante, nada más.

«¿Dónde están? —se preguntó, irritado—. ¿Por qué Alanna no ha intentado al menos acercarse sigilosamente a mí?» Moraine no se habría dejado asustar tan fácilmente.

«¿Dónde están todos los muertos? —susurró Lews Therin—. ¿Por qué no guardan silencio?»

Rand soltó una risita lúgubre. Eso no había tenido gracia.

Sulin estaba sentada en cuclillas a un lado del estrado, y el pelirrojo Urien al otro. Ese día, veinte Aethan Dor, los Escudos Rojos, algunos de los cuales lucían la cinta roja ceñida a la frente, esperaban entre las columnas del salón del trono junto con las Doncellas. Estaban de pie o en cuclillas o sentados, algunos charlando quedamente; pero, como siempre, todos parecían estar prestos para ponerse en movimiento en un abrir y cerrar de ojos, incluso la Doncella y los dos Escudos Rojos que jugaban a los dados. Al menos un par de ojos estaban siempre vigilando a Norry; pocos Aiel se fiaban de un hombre de las tierras húmedas que estuviera tan cerca de Rand.