De repente, Bashere apareció en la alta puerta del salón. Al ver el gesto de asentimiento del general saldaenino, Rand abandonó su postura repantigada. Por fin. Por fin, maldición. El borlón verde y blanco se meció cuando gesticuló con el trozo de lanza seanchan en el que se había tallado un dragón.
—Buen trabajo, maese Norry. Vuestro informe no ha dejado nada fuera. Me ocuparé de que el oro que necesitáis se os entregue, pero ahora, si me disculpáis, debo atender otros asuntos.
El hombre no dio señales de curiosidad ni de sentirse ofendido al ser interrumpido tan bruscamente. Se limitó a dejar a medias la frase que estaba diciendo, hizo una reverencia acompañada por un «como ordene mi señor Dragón» en el mismo tono seco, y retrocedió tres pasos antes de girar sobre sus talones. Ni siquiera dirigió una mirada a Bashere cuando pasó a su lado. Nada real excepto sus libros mayores.
Impaciente, Rand hizo un gesto al general y se sentó erguido, con la espalda muy recta, en el trono. Los Aiel guardaron silencio, cosa que los hizo parecer el doble de alerta que antes.
Cuando el saldaenino entró no lo hizo solo. Dos hombres y dos mujeres lo seguían de cerca, ninguno de ellos joven y todos ataviados con ricas sedas y brocados. Trataban de actuar como si Bashere no existiera y casi lo consiguieron, pero los vigilantes Aiel entre las columnas eran harina de otro costal. La rubia Dyelin sólo vaciló un paso, pero Abelle y Pelivar, ambos canosos pero de rostros duros, dirigieron una mirada ceñuda a las figuras vestidas con cadin’sor y en un gesto reflejo llevaron las manos hacia unas espadas que no portaban, en tanto que Ellorien, una mujer regordeta y de cabello oscuro, que habría parecido bonita de no ser porque su semblante exhibía una expresión de fría determinación, se paró en seco y les asestó una mirada feroz antes de recobrar la compostura y alcanzar a los demás apretando el paso. La primera visión de Rand también los cogió por sorpresa, a los cuatro, y hubo un rápido intercambio de miradas sorprendidas entre ellos. Quizás habían pensado que sería mayor.
—Mi señor Dragón —anunció Bashere en voz alta mientras se paraba al pie del estrado—, Señor de la Mañana, Príncipe del Amanecer, Defensor Verdadero de la Luz ante quien el mundo se arrodilla con respeto reverencial, os presento a lady Dyelin de la casa Taravin, a lord Abelle de la casa Pendar, a lady Ellorien de la casa Traemane y a lord Pelivar de la casa Coelan.
Los cuatro andoreños miraron entonces a Bashere con los labios apretados e intensas ojeadas de soslayo. Había habido algo en su tono que dio la impresión de que hubiese traído ante Rand a cuatro caballos. Decir que sus espaldas se pusieron tiesas sería como decir que el agua se había vuelto más húmeda, pero ésa fue la impresión que dieron cuando alzaron la vista hacia Rand. Principalmente, porque no pudieron evitar que los ojos se les fueran hacia el Trono del León que resplandecía sobre su pedestal, detrás de su cabeza.
Rand habría querido reírse de sus expresiones ultrajadas. Ultrajadas, pero también cautelosas y puede que un poco impresionadas a pesar de sí mismos. Bashere y él habían confeccionado aquella sarta de títulos entre los dos, pero ese remate sobre el mundo arrodillándose era nuevo para él, un añadido de última hora hecho por el general saldaenino. Sin embargo, había sido Moraine la que le había dado el consejo de hacerlo así. Casi le pareció que podía oír de nuevo su voz argentina. «La primera imagen que tenga la gente de ti es la que se grabará con más fuerza en su mente. Así funciona el mundo. Puedes descender de un trono e, incluso si te comportas como un granjero en una pocilga, una parte de ellos recordará que descendiste de un trono. Pero si al principio sólo ven a un joven, un muchacho del campo, les ofenderá que tome asiento en su trono después, por mucho derecho que tenga a él y por grande que sea su poder». Bien, si un título o dos podían causar esa impresión, todo resultaría mucho más sencillo.
«Yo fui el Señor de la Mañana —murmuró Lews Therin—. Yo soy el Príncipe del Amanecer».
Rand mantuvo relajado el gesto.
—No os daré la bienvenida, porque ésta es vuestra tierra y el palacio de vuestra reina, pero me complace que hayáis aceptado mi invitación.
La habían aceptado después de cinco días y sólo con unas pocas horas de aviso, pero no mencionó esos detalles. Se puso de pie, dejó el Cetro del Dragón en el trono, y luego descendió del estrado. Con una sonrisa circunspecta —«Nunca te muestres hostil a menos que debas serlo —le había dicho Moraine—, pero por encima de todo no te muestres amistoso jamás. No denotes ansiedad nunca»—, señaló cinco cómodas sillas con cojines y respaldos acolchados colocadas en círculo entre las columnas.
—Acompañadme y tomemos asiento —invitó—. Beberemos un poco de vino frío mientras hablamos.
Lo siguieron, naturalmente, mirándolos a los Aiel y a él con idéntica curiosidad y quizá con igual animosidad, ambas mal disimuladas. Cuando todos estuvieron sentados, se acercaron unos gai’shain, silenciosos y envueltos en sus ropajes blancos, que portaban vino y copas doradas, empañadas ya por la humedad condensada. Detrás de cada silla había otro con un abanico de plumas que movía suavemente. Es decir, detrás de todas las sillas salvo la de Rand. No les pasó inadvertido, como tampoco que su rostro no transpiraba. Pero tampoco sudaban los gai’shain, a pesar de los amplios ropajes, ni ninguno de los otros Aiel. Rand estudió los rostros de los nobles por encima del borde de su copa.
Los andoreños estaban orgullosos de ser más francos que la mayoría, y no andaban remisos a la hora de vanagloriarse de que, aunque el Juego de las Casas era más habitual y retorcido en otros países, eran capaces de practicar el Da’es Daemar cuando era preciso. En cierto modo podían, pero lo cierto es que los cairhieninos e incluso los tearianos los consideraban simples en lo que atañía al sutil toma y daca del Gran Juego. Estos cuatro guardaban la compostura bastante bien, pero para alguien instruido por Moraine, y más duramente instruido en Tear y Cairhien, dejaban traslucir mucho con cada movimiento de ojos, cada leve cambio de expresión.
En primer lugar, repararon en el hecho de que no había silla para Bashere y hubo un rápido intercambio de miradas entre ellos, una ligera animación insinuándose en sus rostros, sobre todo cuando se dieron cuenta de que el general saldaenino se dirigía hacia las puertas del salón del trono. De hecho, los cuatro lo siguieron con la mirada al tiempo que esbozaban una levísima sonrisa de satisfacción. Al parecer les desagradaba la presencia del ejército saldaenino en Andor tanto como a Naean y al resto de esa pandilla. A continuación se hizo patente lo que pensaban: quizá la influencia extranjera era menor de lo que se temían. ¡Vaya, pero si a Bashere se le había dado el mismo trato que a un servidor de alto rango!
Los ojos de Dyelin se abrieron un tanto en un gesto de sorpresa, casi al mismo tiempo que los de Pelivar, y los de los otros dos lo hicieron sólo con unos segundos de retraso. Durante un momento observaron a Rand con tanta fijeza que resultó obvio su esfuerzo para no mirarse entre sí. Bashere era un forastero, cierto, pero también era el mariscal de Saldaea, con tres títulos de lord, y tío de la reina Tenobia. Si Rand lo utilizaba como a un servidor…
—Un vino excelente. —Con la mirada prendida en su copa, Pelivar vaciló antes de añadir—: Mi señor Dragón. —Sonó como si le hubiesen sacado las palabras a la viva fuerza.
—Procedente del sur —comentó Ellorien tras dar un sorbo—. Cosecha de las colinas de Tunaighan. Es sorprendente que hayáis encontrado hielo en Caemlyn este año. He oído que la gente empieza a decir que éste es «el año sin invierno».