—¿Creéis que malgastaría tiempo y esfuerzo en encontrar hielo cuando tantas penalidades afligen al mundo? —inquirió Rand.
El anguloso semblante de Abelle palideció, y el noble pareció obligarse a dar otro sorbo. Por su parte, Pelivar vació la copa de vino deliberadamente y la tendió hacia un gai’shain para que volviera a llenársela; los verdes ojos del Aiel brillaron con un destello de furia que contrastaba poderosamente con la obstinada humildad plasmada en su rostro tostado por el sol. Servir a gentes de las tierras húmedas era como ser un sirviente, y los Aiel despreciaban la mera idea de la servidumbre. Cómo encajaba ese desagrado con el concepto de gai’shain era algo que Rand no había llegado a descubrir, pero las cosas eran así.
Dyelin sostuvo su copa de vino firmemente sobre las rodillas y a partir de ese momento hizo caso omiso de la bebida. A tan corta distancia, Rand advirtió algunas pinceladas grises en su cabello dorado; seguía siendo encantadora, aunque no se parecía en nada a Morgase o a Elayne a excepción del pelo rubio. Era la siguiente en la línea del trono, de modo que debía de ser al menos prima, y cercana. La mujer lo observó fugazmente con el entrecejo fruncido y pareció a punto de sacudir la cabeza.
—Nos preocupan los problemas que padece el mundo —dijo en cambio—, y más los que atañen a Andor. ¿Nos habéis traído aquí para encontrarles un remedio?
—Si conocéis alguno —se limitó a responder Rand—. En caso contrario, tendré que buscarlo en otro sitio. Muchos creen que tienen el remedio indicado, de modo que, si me es imposible hallar el que deseo, tendré que aceptar el que más se le aproxime.
Aquello hizo que los labios de los nobles se apretaran. En el camino hacia allí, Bashere los había llevado a través del patio en donde Arymilla, Lir y el resto de esa pandilla aguardaban, según se les había dicho. Aparentemente, instalados a sus anchas en palacio, como si estuvieran en su casa.
—Imagino que desearéis colaborar para que Andor recupere la unidad —continuó Rand—. ¿Conocéis mi proclamación? —No tuvo que especificar cuál; en este contexto, sólo podía tratarse de una.
—Ofrecéis una recompensa a quien pueda dar noticias sobre el paradero de Elayne —dijo fríamente Ellorien, cuyo semblante se tornó aun más pétreo—, que será coronada reina, ahora que Morgase ha muerto.
—Eso me parece bien —asintió Dyelin.
—¡Pues a mí no! —espetó Ellorien—. Morgase traicionó a sus amigos y desdeñó a sus más antiguos partidarios. Tiene que ser el fin de la casa Trakand en el Trono del León. —Parecía haberse olvidado de Rand. Todos ellos.
—Yo abogo por Dyelin —dijo rotundamente Pelivar. La aludida sacudió la cabeza como si ya hubiese oído lo mismo con anterioridad, pero el noble continuó—: Es la que tiene más derecho al trono. Apoyo la candidatura de Dyelin.
—Elayne es la heredera del trono —les dijo la mujer rubia sin alterar el gesto—. Yo apoyo la de Elayne.
—¿Y qué importa que nosotros apoyemos a una u a otra? —demandó Abelle—. Si él mató a Morgase, hará…
El noble enmudeció bruscamente e hizo una mueca; luego miró a Rand, no exactamente con aire desafiante, pero sí retándolo a que hiciera lo peor. Y esperando que ésa sería su reacción.
—¿De verdad creéis eso? —Rand miró tristemente el Trono del León encaramado al pedestal—. En nombre de la Luz, ¿por qué iba a matar a Morgase si mi intención es poner en manos de Elayne el país?
—Muy pocos saben qué creer —adujo, envarada, Ellorien, cuyos pómulos habían enrojecido—. La gente comenta muchas cosas, en su mayoría necedades.
—¿Por ejemplo? —Rand dirigió la pregunta a ella, pero fue Dyelin quien respondió mirándolo directamente a los ojos:
—Que combatiréis la Última Batalla y mataréis al Oscuro. Que sois un falso Dragón o una marioneta de las Aes Sedai o ambas cosas. Que sois hijo ilegítimo de Morgase o un Gran Señor teariano o un Aiel. —De nuevo frunció el entrecejo pero siguió hablando—. Que sois hijo de una Aes Sedai engendrado por el Oscuro. Que sois el Oscuro o el propio Creador encarnado. Que destruiréis el mundo, que lo salvaréis, que lo subyugaréis, que iniciaréis una nueva Era. Tantas historias como bocas hay. La mayoría afirma que matasteis a Morgase y muchos añaden que a Elayne. Dicen que vuestra proclamación es una máscara para ocultar esos crímenes.
Rand suspiró. Algunos de aquellos rumores eran peores que cualquiera de los que habían llegado a sus oídos.
—No os pediré que me creáis. —¿Por qué seguía mirándolo ceñuda? Y no era ella la única. También lo hacía Pelivar, y Abelle y Ellorien le asestaban esa clase de miradas que habría esperado recibir de Arymilla y su grupo cuando creían que no los veía. «Observando. Vigilando». Ésa era la voz de Lews Therin, un ronco susurro divertido. «Yo te veo. ¿Quién me ve a mí?»—. Pero sí os pregunto si me ayudaréis a devolver la unidad a Andor. No quiero que este país se convierta en otro Cairhien o, lo que es peor, en otro Tarabon o Arad Doman.
—Conozco algo del Ciclo Karaethon —dijo Abelle—. Creo que sois el Dragón Renacido, pero en las Profecías no se mencionaba nada de que gobernaréis; sólo que lucharéis en el Tarmon Gai’don contra el Oscuro.
La mano de Rand apretó con tanta fuerza la copa que la oscura superficie del vino tembló. Todo habría sido mucho más fácil si esos cuatro hubieran sido como la mayoría de los Grandes Señores tearianos o los cairhieninos, pero ninguno de ellos deseaba ni una brizna más de poder para sí mismos que el que ya tenían. Por mucho que el vino se hubiese helado mediante el Poder, Rand dudaba mucho que tal circunstancia intimidara a este grupo. «¡Lo más probable es que me dijeran que los matara y que me fuera al infierno por ello!»
«Al infierno por ello», repitió con tono taciturno Lews Therin.
—¿Cuántas veces tengo que decir que no deseo gobernar Andor? Cuando Elayne tome posesión del Trono del León, me marcharé de aquí. Y nunca regresaré, si todo sale como quiero.
—Si el trono pertenece a alguien por derecho —adujo Ellorien con voz tensa—, es a Dyelin. Si realmente tenéis intención de hacer lo que decís, ocupaos de que sea coronada y marchaos. Entonces Andor estará unificado, y estoy segura de que los soldados andoreños os seguirán a la Última Batalla, si es ése el precio requerido.
—Sigo negándome —intervino Dyelin con voz firme, y luego se volvió hacia Rand—. Esperaré y reflexionaré sobre ello, mi señor Dragón. Cuando vea que Elayne está viva y coronada y vos abandonáis Andor, enviaré a mis fuerzas a seguiros tanto si otros en Andor lo hacen como si no. Pero si el tiempo pasa y seguís reinando aquí o si vuestros salvajes Aiel repiten en este país lo que he oído contar que hicieron en Cairhien y Tear… —Lanzó una mirada feroz a las Doncellas y a los Escudos Rojos, y también a los gai’shain, como si los estuviera viendo incendiar y saquear—. O dejáis sueltos aquí a esos… hombres que estáis reuniendo con vuestra amnistía, entonces iré contra vos, tanto si lo hacen como si no otros en Andor.
—Y yo cabalgaré a tu lado —manifestó firmemente Pelivar.
—Y yo —corroboró Ellorien, a lo que se hizo eco Abelle.
Rand echó la cabeza hacia atrás y se puso a reír a pesar de sí mismo, entre divertido y frustrado. «¡Luz! ¡Y creía que una oposición sincera sería mejor que ese intrigar a mis espaldas o lamer mis botas!»
Lo observaron con inquietud, obviamente pensando si su reacción no estaría motivada por la demencia. Tal vez era así. Ni siquiera él estaba seguro ya.
—Reflexionad todo lo que consideréis oportuno —les dijo mientras se levantaba de la silla para poner fin a la audiencia—. Todo lo que he dicho es en serio y es lo que me propongo hacer. El Tarmon Gai’don se aproxima. No sé de cuánto tiempo disponemos para que lo empleéis en reflexiones.