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—No a no ser que se trate de Elayne —respondió Rand con más dureza de lo que era su intención—, o alguien que traiga pruebas de que el Oscuro ha muerto. Voy a Cairhien esta mañana. —No lo tenía pensado hasta que las palabras salieron de su boca. Egwene estaba en esa ciudad. Y las reinas del techo abovedado no—. Hace semanas que estuve allí por última vez. Si no los tengo vigilados, algún lord o alguna lady reclamarán el Trono del Sol a mis espaldas.

Bashere lo miró de un modo raro. Estaba dando demasiadas explicaciones.

—Como queráis, pero antes desearéis ver a este hombre. Dice que viene de parte de lord Brend, y creo que es cierto.

Los Aiel se incorporaron al instante; sabían quién utilizaba ese nombre. Rand, por su parte, dirigió una mirada de sorpresa a Bashere. Lo que menos habría esperado era un emisario de Sammael.

—Hacedlo entrar.

—Hamad —dijo Bashere a la par que hacía un gesto con la cabeza, y el saldaenino más joven se alejó a buen paso.

Al cabo de unos minutos, Hamad regresó junto con un puñado de saldaeninos que vigilaban cautelosamente a un hombre que caminaba en medio de ellos. A primera vista nada en el aspecto del hombre justificaba tal cautela. Aparentemente desarmado, llevaba una levita gris de cuello alto y rizada barba aunque no bigote, como estaba de moda entre los illianos. Tenía la nariz roma y la boca grande, ahora torcida en una mueca sonriente. A medida que se acercaba, sin embargo, Rand cayó en la cuenta de que esa mueca no variaba ni un pelo. Todo el rostro del hombre parecía petrificado en aquel gesto jovial. En contraste, sus ojos oscuros destacaban de aquella máscara, anegados en miedo.

A diez pasos, Bashere levantó la mano y la guardia se detuvo. El illiano, que miraba fijamente a Rand, no pareció advertirlo hasta que Hamad le plantó la punta de su espada en el pecho, obligándolo a detenerse si no quería atravesarse en el acero. Se limitó a echar una fugaz ojeada a la hoja ligeramente serpentina y luego volvió a clavar la vista en Rand con aquellos aterrados ojos en un rostro sonriente. Las manos le colgaban a los costados, crispadas y temblorosas en contraste con la inmovilidad de su semblante.

Rand empezó a salvar la distancia que los separaba, pero de repente Sulin y Urien se plantaron delante, no interponiéndose en su camino exactamente, pero sí situándose de manera que tendría que empujarlos para pasar entre ellos.

—Me pregunto qué es lo que le han hecho —dijo Sulin mientras estudiaba la cara del individuo. Varios Escudos Rojos y Doncellas habían salido de entre las columnas, alguno incluso con el rostro velado—. O es un servidor de la Sombra o ha sido tocado por ella.

—Alguien así podría hacer cosas que ignoramos —manifestó Urien. Era uno de los que lucía la banda escarlata ceñida a las sienes—. Matar con un simple roce, tal vez. Buen mensaje para mandar a un enemigo.

Ninguno de los dos se había dirigido a Rand, al menos directamente, pero éste asintió. Quizá tuvieran razón.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

Sulin y Urien se desplazaron un paso a ambos lados cuando vieron que se iba a quedar donde estaba.

—Vengo de parte de… de Sammael —respondió el hombre sin alterar aquella rígida expresión sonriente—. Traigo un mensaje para… para el Dragón Renacido. Para vos.

Bueno, no podía decirse que eso no fuera bastante directo. ¿Era un Amigo Siniestro o simplemente un pobre diablo que Sammael había atrapado en uno de los tejidos más siniestros de los que Asmodean le había hablado?

—¿Qué mensaje? —inquirió.

La boca del illiano se movió, como forzada. La voz que salió de ella no era en nada parecida a la que había hablado antes. Ésta era más profunda, rebosante de seguridad, y con un acento distinto:

—Estaremos en bandos opuestos, tú y yo, cuando llegue el día del Retorno del Gran Señor, pero ¿por qué tenemos que matarnos el uno al otro ahora y dejar que Demandred y Graendal se disputen la posesión del mundo pisando nuestros huesos?

Rand conocía esa voz por uno de los fragmentados recuerdos de Lews Therin que estaban dentro de su mente. Era la de Sammael. Lews Therin emitió un sordo gruñido.

—Ya es mucho lo que tienes que digerir —prosiguió el illiano o, mejor dicho, Sammael—. ¿Por qué dar otro bocado? Y uno duro de roer, incluso si no te encuentras con que Semirhage o Asmodean te atacan por la retaguardia mientras estás ocupado en esto. Te propongo una tregua, que duraría hasta el Día del Retorno. Si tú no me atacas, yo no daré ningún paso contra ti. Me comprometeré a no llevar más allá de los llanos de Maredo mi expansión al este, ni más al norte de Lugard ni más al oeste de Jehannah. ¿Ves? Te dejo la mayor parte del pastel para ti. No pretendo hablar en nombre del resto de los Elegidos, pero al menos ahora sabes que no tienes nada que temer de mí o de las tierras que domino. Me comprometeré a no ayudarlos en nada que hagan contra ti ni a defenderlos de ti. Hasta ahora se te ha dado muy bien quitar de en medio Elegidos y no me cabe duda de que seguirás esa línea o incluso mejor que antes, sabiendo que tu flanco meridional no corre peligro y que los otros te combatirán sin mi colaboración. Sospecho que el Día del Retorno sólo quedaremos tú y yo, como tendría que ser. Como se tenía intención de que fuera.

Los dientes del hombre se encajaron con un seco chasquido tras aquella petrificada mueca sonriente. Sus ojos parecían al borde de la locura.

Rand lo miró de hito en hito. ¿Una tregua con Sammael? Aun en el caso de que hubiese podido fiarse de que la cumpliría, aunque ello significara dejar a un lado un peligro hasta haberse ocupado de todos los demás, también significaba abandonar a miles y miles de seres a merced de Sammael, y ese hombre no conocía la compasión. Percibió la ira deslizándose al borde del vacío y entonces se dio cuenta de que había aferrado el saidin. En el torrente de desgarradora dulzura y heladora suciedad creyó percibir un eco de su cólera. Lews Therin. Nada que objetar a que estuviera furioso en medio de su locura. El eco resonó con una ira propia hasta el punto de que a Rand le resultó totalmente imposible distinguir la una de la otra.

—Lleva este mensaje a Sammael —dijo fríamente—. Cada muerte que ha causado desde que despertó la pondré ante él y le pediré cuentas. Cada asesinato que haya cometido o provocado, lo pondré ante él y le pediré cuentas. Escapó al merecido castigo en Rorn M’doi, en Nol Caimaine y en Sohadra… —Más recuerdos de Lews Therin, aunque el dolor por lo que se había hecho allí, la angustia de lo que Lews Therin había visto, alentaba su cólera fuera del vacío como si se tratara de algo propio—. Pero ahora me encargaré de que se haga justicia. Dile esto: no hay tregua para los Renegados. No hay tregua para la Sombra.

El mensajero alzó una mano con gestos espasmódicos para limpiarse el sudor de la cara. No, no era sudor. Su mano se retiró manchada de rojo. Por sus poros salían gotitas carmesíes, y el hombre temblaba de la cabeza a los pies. Hamad soltó una ahogada exclamación y retrocedió un paso, y no fue él el único. Bashere se atusó el bigote con los nudillos al tiempo que hacía una mueca, e incluso los Aiel miraban al individuo de hito en hito. Manchado de rojo, el illiano se desplomó hecho un ovillo, sacudido por violentos espasmos, mientras la sangre formaba a su alrededor un oscuro y brillante charco, una pringue que se extendió con las convulsiones y embadurnó el suelo.

Rand contempló su muerte impasible, escudado en el vacío que dejaba fuera todas las emociones; en cualquier caso, tampoco había nada que él pudiera hacer. Aunque poseyera el Talento de la Curación, no creía que hubiese puesto remedio a esto.

—Me parece —dijo lentamente Bashere—, que quizá Sammael tenga su respuesta cuando este tipo no regrese. Sabía de mensajeros a los que se mataba por traer malas noticias, pero nunca había oído que se dispusiera su muerte para saber que las noticias eran malas.