Rand asintió. La muerte de este hombre no cambiaba nada; como tampoco lo cambiaba lo que había descubierto sobre Tigraine.
—Que alguien se ocupe de que se lo entierre. Una oración no lo perjudicará, aun cuando tampoco le sirva de nada.
¿Por qué las reinas de las cristaleras de colores parecían seguir teniendo un gesto acusador? A buen seguro que habían presenciado cosas tan malas o peores en sus vidas, puede que incluso en ese mismo salón. Todavía percibía a Alanna, la sentía; el vacío no era un escudo contra eso. ¿Podría fiarse de Egwene? Ella sabía guardar secretos.
—Puede que pase la noche en Cairhien —anunció.
—Un final extraño para un hombre extraño —dijo Aviendha mientras salía rodeando el estrado; detrás de éste había unas puertas pequeñas que conducían a los guardarropas en donde se ponían y quitaban las vestiduras ceremoniales, y desde los cuales podía accederse a los corredores que había a continuación.
Rand hizo intención de interponerse entre ella y los restos desplomados en las baldosas rojas y blancas, pero se detuvo. Tras echar una ojeada de curiosidad, Aviendha hizo caso omiso del cadáver. Cuando era Doncella Lancera sin duda había visto morir a más hombres que él. Para cuando había renunciado a la lanza, probablemente había matado a tantos como los que él había visto morir hasta ese momento.
Fue en él en quien se concentró ahora, repasándolo con la mirada para asegurarse de que no estaba herido. Algunas de las Doncellas le sonrieron y abrieron un paso hasta Rand, apartando a empellones a los Escudos Rojos cuando era necesario, pero la joven no se movió de donde estaba; se ajustó el chal y lo observó atentamente. Era una buena cosa que, a pesar de lo que creyeran las Doncellas, Aviendha sólo permaneciera cerca de él porque las Sabias le ordenaban que lo hiciera así, que lo espiara; porque en ese momento se sorprendió a sí mismo deseando estrecharla en sus brazos allí mismo. Era bueno que ella no lo quisiera. Él le había regalado el brazalete de marfil que llevaba puesto, con un trabajo de talla recreando rosas entre espinas, muy acorde con su carácter. Era la única joya que lucía, salvo el collar de plata trabajado con el complejo dibujo kandorés conocido como copos de nieve. Ignoraba quién le había regalado aquello.
«¡Luz! —pensó, asqueado por desear a Aviendha y a Elayne cuando sabía que no podía tener a ninguna de las dos—. Eres peor de lo que Mat habría soñado ser jamás». Hasta su amigo tenía el sentido común se mantenerse apartado de una mujer si creía que podría perjudicarla.
—También yo tengo que ir a Cairhien —dijo ella.
Rand torció el gesto. Precisamente uno de los atractivos de hacer noche en Cairhien era no tener que compartir con ella el mismo cuarto.
—No tiene nada que ver con… —empezó la joven en tono brusco; entonces se mordió el carnoso labio inferior mientras sus ojos, azulverdosos, centelleaban—. He de hablar con las Sabias, con Amys.
—Por supuesto —le dijo Rand— No hay razón para que no vengas. —Siempre quedaba la posibilidad de dejarla allí cuando él se marchara.
Bashere le tocó el brazo.
—Ibais a ver cómo desfilan mis jinetes esta tarde. —El tono era coloquial, pero sus ojos rasgados dieron peso a las palabras.
Era algo importante, pero Rand tenía la necesidad de salir de Caemlyn, de Andor.
—Lo haré mañana. O pasado mañana.
Tenía que alejarse de los ojos de aquellas reinas que parecían preguntarse si uno de su linaje —¡Luz, y él lo era!— acabaría desgarrando el país como había hecho con tantos otros. Tenía que alejarse de Alanna. Aunque sólo fuera por una noche, tenía que marcharse de allí.
17
La rueda de la vida
Rand recogió con un flujo de Aire el talabarte y el cetro que estaban junto al trono y abrió el acceso allí mismo, delante del estrado; la línea de luz giró sobre sí misma ampliándose hasta ofrecer la vista de una cámara de oscuros paneles de madera, vacía, a casi mil kilómetros de distancia de Caemlyn, en el Palacio del Sol de Cairhien. Reservada para que Rand la utilizara de este modo, la estancia no tenía muebles, pero las baldosas de color azul oscuro y las paredes forradas con paneles brillaban de limpias. A pesar de que no había ventanas, el cuarto estaba iluminado, ya que ocho lámparas de pie doradas permanecían encendidas día y noche y los espejos aumentaban el fulgor de las llamas alimentadas con aceite. Hizo un alto para abrocharse el talabarte mientras Sulin y Urien abrían la puerta que daba al corredor y encabezaban la marcha de Doncellas y Escudos Rojos, con los rostros velados, delante de él.
En este caso Rand consideraba sus precauciones ridículas. El amplio pasillo, único modo de llegar a esta estancia, estaba abarrotado ya con unos treinta Far Aldazar Din, Hermanos del Águila, y casi dos docenas de los mayenienses de Berelain con sus petos pintados en rojo y yelmos con forma de olla que bajaban hasta la nuca por la parte de atrás. Si había un sitio en el que Rand sabía que no necesitaba la protección de las Doncellas era en Cairhien, menos aun que en Tear.
No bien apareció Rand cuando un Hermano del Águila se encaminó a buen paso corredor abajo, hacia la salida, y un mayeniense, aferrando desmañadamente la lanza y la espada corta, corrió en pos del Aiel. De hecho, un pequeño ejército iba detrás del Far Aldazar Din: sirvientes con diferentes libreas; un Defensor de la Ciudadela teariano con el bruñido peto y la capa negra y dorada; un soldado cairhienino con la parte frontal de la cabeza afeitada y el peto mucho más abollado que el del teariano; dos jóvenes Aiel vestidas con oscuras y voluminosas faldas y blusas blancas sueltas, a quien Rand creyó reconocer como aprendizas de las Sabias. La noticia de su llegada se propagaría rápidamente. Siempre ocurría igual.
Al menos Alanna había quedado lejos. Verin también, pero principalmente Alanna. Todavía la sentía, incluso a tanta distancia, como una vaga sensación de que la mujer se encontraba en alguna parte hacia el oeste. Como la sensación de una mano a punto de tocarle la nuca. ¿Habría algún modo de liberarse de ella? Volvió a aferrar el saidin durante unos instantes, pero siguió sin cambiar nada.
«Nunca escapas de las trampas que tú mismo hilas. —El murmullo de Lews Therin sonaba confuso—. Sólo un poder superior puede romper lo creado por otro poder, y entonces vuelves a estar atrapado. Atrapado para siempre, de modo que no puedes morir».
Rand se estremeció. A veces parecía realmente que la voz le hablaba a él. Si, aunque sólo fuera una vez, lo que decía tuviera sentido, entonces le resultaría más fácil tenerla dentro de su cabeza.
—Te veo, Car’a’carn —saludó uno de los Hermanos del Águila. Sus ojos grises estaban a la misma altura que los de Rand; la cicatriz que le cruzaba la nariz resaltaba por su palidez contra la tez curtida por el sol—. Soy Corman, de los Mosaada Goshien. Que encuentres sombra en este día.
Rand no había tenido oportunidad de responder adecuadamente cuando el oficial mayeniense, de tez sonrosada, apartó al Aiel empujando con el hombro. Bueno, no lo apartó de un empujón realmente —era demasiado esbelto para retirar con el hombro a un tipo que le sacaba una cabeza y era el doble de corpulento que él, especialmente si se trataba de un Aiel, aunque quizá sí lo bastante joven para creer que podía hacerlo—, pero sí que consiguió meterse junto a Corman para situarse ante Rand mientras se colocaba bajo el brazo un yelmo carmesí con una fina pluma roja.
—Mi señor Dragón, soy Havien Nurelle, teniente de la Guardia Alada —a los lados del yelmo se veían alas cinceladas—, al servicio de Berelain sur Paendrag Paeron, Principal de Mayene, y también al vuestro.
Corman le dirigió una divertida mirada de reojo.