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Un ruido había ido cobrando nitidez a medida que se acercaban a otro tramo donde una de las paredes del corredor era reemplazada por una balaustrada de columnas: el golpeteo de espadas de práctica. Echó una ojeada hacia abajo al pasar. Al menos, ésa era su intención, pero lo que vio lo dejó mudo y lo hizo pararse en seco. Bajo la atenta vigilancia de un envarado cairhienino vestido con una lisa chaqueta gris, una docena de mujeres sudorosas se entrenaban por parejas, algunas vestidas con faldas pantalón y otras con ropas masculinas. La mayoría ejecutaba los pasos torpemente, aunque con energía, en tanto que otras pasaban de una postura a otra con gracilidad, bien que movían con inseguridad las armas, hechas con un haz de varillas torneadas. Todas exhibían el mismo gesto de inflexible determinación, aunque esa expresión ceñuda daba paso a una risa atribulada cuando cualquiera de ellas se daba cuenta de que había cometido un error.

El tipo envarado dio unas palmas, y las jadeantes mujeres se recostaron en sus espadas de práctica; algunas sacudieron los brazos, que, obviamente, no estaban habituados a este tipo de ejercicio. Unos sirvientes, que hasta entonces habían permanecido fuera del radio visual de Rand, aparecieron presurosos haciendo reverencias e inclinaciones de cabeza a izquierda y derecha mientras ofrecían bandejas con jarras y copas. No obstante, si eran realmente sirvientes sus libreas resultaban raras tratándose de Cairhien. Vestían de blanco, tanto mujeres como hombres.

—¿Qué es esto? —preguntó Rand.

Rhuarc hizo un ruido de desagrado.

—Algunas cairhieninas están muy impresionadas con las Doncellas —contestó, sonriente, Berelain—. Quieren ser Doncellas. Sólo que con espada, supongo, no con lanzas.

Sulin adoptó una postura estirada de indignación, y el lenguaje de las señas relampagueó entre las Doncellas; los gestos parecían ultrajados.

—Éstas son hijas de casas nobles —continuó Berelain—. Las dejo estar aquí porque sus padres no permitirían algo así. Hay casi una docena de escuelas en la ciudad ahora que enseñan esgrima a mujeres, pero muchas tienen que escabullirse para asistir a las clases. Y no ocurre sólo con las mujeres, claro está. Los cairhieninos más jóvenes en general parecen muy impresionados con los Aiel. Están adoptando el ji’e’toh.

—Lo están machacando —gruñó Rhuarc—. Muchos preguntan sobre nuestras costumbres y ¿quién se niega a enseñar a alguien que podría aprender lo que es correcto, aunque sea un Asesino del Árbol? —Parecía a punto de escupir—. Pero cogen lo que se les dice y lo cambian.

—No lo cambian realmente —protestó Berelain—. Sólo lo adaptan, creo.

Rhuarc enarcó levemente las cejas y la mujer suspiró. El rostro de Havien era la viva imagen de la afrenta al ver así desafiada la opinión de su dirigente. Ni Rhuarc ni Berelain lo advirtieron; ambos estaban atentos a Rand, el cual tenía la impresión de que ésta era una discusión que sostenían los dos a menudo.

—Lo cambian —insistió deliberadamente Rhuarc—. Esos necios de ahí abajo dicen que son gai’shain. ¡Gai’shain!

Los otros Aiel murmuraron; hubo otro intercambio del lenguaje de señas entre las Doncellas. Por su parte, Havien parecía un tanto inquieto.

—¿En qué batalla o asalto fueron capturados? ¿Qué toh han contraído? —inquirió el jefe de clan—. Confirmasteis mi prohibición de combatir en la ciudad, Berelain Paeron, pero sostienen duelos dondequiera que piensan que no serán descubiertos, y el perdedor se viste de blanco. Si uno golpea al otro yendo ambos armados, el que recibe el golpe aboga por un duelo y, si se le niega, se viste de blanco. ¿Qué tiene eso que ver con honor y obligación? Lo cambian todo y hacen cosas que abochornarían incluso a un sharamanés. Tendría que ponerse fin a esto, Rand al’Thor.

La mandíbula de Berelain se tensó en un gesto obstinado y apretó los puños contra la falda.

—Los jóvenes luchan siempre. —Su tono era lo bastante prepotente para que uno olvidara que ella misma era joven—. Pero desde que empezaron con esto nadie ha muerto en un duelo. Nadie. Eso por sí solo hace que merezca la pena dejarlos que continúen. Además de lo cual, me he enfrentado a padres y madres, algunos poderosos, que querían que enviara a sus hijas de vuelta a casa. No les negaré a esas jóvenes lo que les prometí.

—Pues que se queden aquí si queréis —replicó Rhuarc—. Dejad que aprendan «esgrima», si gustan. Pero impedidles que proclamen estar siguiendo el ji’e’toh. Que dejen de vestirse de blanco y de afirmar que son gai’shain. Lo que hacen es una ofensa. —Sus gélidos ojos azules se clavaron en Berelain, pero los grandes y oscuros ojos de la mujer permanecieron prendidos en Rand.

Éste sólo vaciló un momento. Creía entender lo que impulsaba a los jóvenes cairhieninos hacia el ji’e’toh. Dos veces conquistados por los Aiel en veintitantos años, tenían por fuerza que preguntarse si el secreto radicaba en eso. O quizá pensaban que sus derrotas demostraban que el modo Aiel era mejor. Obviamente los Aiel estaban molestos por lo que veían como una mofa de sus creencias, pero, a decir verdad, algunas de las formas en que los Aiel se convertían en gai’shain parecían igualmente peculiares. Por ejemplo, hablar a un hombre de su suegro o a una mujer de su suegra —padre segundo y madre segunda, en términos Aiel— se consideraba lo bastante hostil para justificar el uso de las armas a menos que ellos los hubiesen mencionado antes. Si la parte ofendida en cambio tocaba al otro después de que hubiese hablado, con respecto al ji’e’toh era lo mismo que tocar a un enemigo armado sin herirlo. Eso proporcionaba mucho ji y hacía incurrir en mucho toh, pero el que era tocado podía demandar ser hecho gai’shain para disminuir el honor del otro y su propia obligación. Debido al ji’e’toh, una demanda adecuada de ser hecho gai’shain tenía que cumplirse, de modo que un hombre o una mujer podía acabar como gai’shain por mencionar a la suegra de alguien. No mucho menos absurdo que lo que estos cairhieninos estaban haciendo. Sin embargo, todo se reducía a un único punto relevante: había puesto a cargo a Berelain y tenía que apoyarla. Tan simple como eso.

—Los cairhieninos os ofenden por el mero hecho de ser cairhieninos, Rhuarc. Déjalos estar. ¿Quién sabe? A lo mejor acaban aprendiendo lo bastante para que ya no tengáis motivo para seguir odiándolos.

Rhuarc gruñó con desagrado y Berelain sonrió. Para sorpresa de Rand, por un instante le pareció que la mujer estaba a punto de sacarle la lengua al jefe de clan. Naturalmente, tenía que haber sido imaginación suya. Berelain era sólo unos pocos años mayor que él, pero ya gobernaba Mayene cuando él todavía cuidaba ovejas en Dos Ríos.

Rand mandó volver a sus puestos de guardia a Corman y a Havien y siguió adelante con Rhuarc y Berelain a cada lado y el resto siguiéndolos de cerca. Un desfile. Sólo faltaban tambores y trompetas.

El golpeteo de las espadas de práctica empezó de nuevo a su espalda. Otro cambio, por pequeño que fuese. Ni siquiera Moraine, a pesar de haber estudiado largo tiempo las Profecías del Dragón, sabía si el que él volviera a desmembrar el mundo significaba que daría inicio a una nueva Era, pero de lo que sí estaba seguro era de que traía cambios, de un modo u otro. Al parecer, tantos por casualidad como a propósito.

Cuando llegaron a la puerta del estudio que Berelain y Rhuarc compartían —unos soles nacientes que decoraban los paneles de oscura madera indicaban algún uso oficial de la realeza en el pasado— Rand se paró y se volvió hacia Sulin y Urien. Si no podía prescindir de todos estos guardianes allí, entonces no había ningún lugar donde pudiera.