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—Tengo previsto regresar a Caemlyn mañana, una hora más o menos después de la salida del sol. Hasta entonces, visitad las tiendas, reuníos con vuestros amigos e intentad no iniciar ninguna enemistad de sangre. Si insistís, dos de vosotros podéis quedaros por aquí para protegerme de los ratones; no creo que nada más grande salte sobre mí en este lugar.

Urien esbozó una ligera sonrisa y asintió, aunque hizo un gesto hacia un cairhienino y murmuró:

—Los ratones pueden ser grandes aquí.

Por un instante pensó que Sulin iba a discutir. No obstante, la mirada de desafío duró sólo un instante antes de que asintiera también, aunque todavía con los labios apretados. Sin duda tendría que escuchar su protesta una vez que sólo estuvieran presentes Doncellas.

El estudio, una estancia amplia, presentaba fuertes contrastes incluso ahora que lo veía por segunda vez. En el alto techo con adornos de escayola, las líneas rectas y pronunciados ángulos trazaban una sucesión de complejos dibujos repetidos, y alrededor de las paredes también, así como en un ancho hogar recubierto con mármol de un color azul profundo. En el centro había una mesa enorme, cubierta de papeles y mapas, que marcaba una especie de límite. Los dos altos ventanales a un lado del hogar estaban adornados con macetas de barro sobre taburetes, llenos de pequeñas plantas en las que crecían unas pocas flores diminutas, rojas y blancas. A ese lado de la mesa un gran tapiz representaba barcos en el mar y hombres tirando de redes llenas de peces clavo, la fuente de riqueza de Mayene. Un bastidor de bordar, con aguja e hilo rojo colgando de una labor a medio terminar, reposaba sobre una silla de respaldo alto, lo bastante ancha para que Berelain se sentara enroscada en ella si quería. Sólo había una alfombra en esa mitad de la habitación, con dibujos a semejanza de flores doradas, rojas y azules, y en una mesita colocada junto a la silla había una jarra de vino y copas sobre una bandeja de plata, así como un libro delgado con encuadernación roja y una tira de cuero taraceada en oro, que señalaba el sitio de Berelain.

El suelo al otro lado de la mesa estaba cubierto de alfombrillas de colores intensos y variados, con cojines de borlas en rojo, azul y verde repartidos por el suelo. Había una bolsa de tabaco, una pipa de cañón corto y un par de tenacillas colocadas junto a un brasero de bronce cubierto, encima de un pequeño arcón forrado de bronce, mientras que encima de otro arcón ligeramente más grande, reforzado con tiras de hierro, había una talla en marfil de un animal de aspecto desgalichado que Rand dudaba que existiera realmente. Dos docenas de libros de todos los tamaños, desde uno lo bastante pequeño para caber en un bolsillo de la chaqueta hasta otro tan sumamente grande que hasta Rhuarc necesitaría las dos manos para levantarlo, formaban una ordenada hilera sobre el suelo, a lo largo de la pared. Los Aiel hacían todo lo que necesitaban en el Yermo, excepto libros; los buhoneros habían ganado fortunas entre los Aiel transportando únicamente libros.

—Bien —dijo Rand cuando la puerta se hubo cerrado, dejándolo a solas con Rhuarc y Berelain—. ¿Cómo van realmente las cosas?

—Como dije —contestó Berelain—. Todo lo bien que cabía esperar. Se habla mucho en las calles de Caraline Damodred y Toram Riatin, pero la gran mayoría de la gente está demasiado cansada para desear otra guerra durante un tiempo.

—Se comenta que diez mil soldados andoreños se les han unido. —Rhuarc empezó a llenar su pipa—. Los rumores siempre multiplican las cifras por diez cuando no por veinte, pero aun así representa un problema de ser cierto. Los exploradores dicen que no son muchos, pero si se los deja crecer podrían acabar siendo una molestia. La mosca amarilla es casi demasiado pequeña para verla a simple vista; pero, si pone sus huevos en tu piel, habrás perdido un brazo o una pierna antes de que se incuben… si es que no acaban contigo.

Rand gruñó sin comprometerse. La rebelión de Darlin en Tear no era la única a la que se enfrentaba. La casa Riatin y la casa Damodred, las últimas dos que habían estado en posesión del Trono del Sol, habían sido enemigas implacables antes de que llegara Rand y probablemente volverían a serlo si desaparecía, pero ahora habían dejado a un lado la rivalidad —al menos en apariencia; lo que había realmente debajo de la apariencia podía ser algo completamente distinto tratándose de cairhieninos— y, al igual que Darlin, se proponían reunir fuerzas en algún lugar que Toram y Caraline consideraban seguro. En su caso, las estribaciones de la Columna Vertebral del Mundo, tan lejos de la ciudad como les era posible sin salir del país. Habían reunido una mezcolanza de gente, como Darlin: nobles, principalmente de rango medio; campesinos desplazados; algunos mercenarios declarados; y quizás unos cuantos malhechores. Ahí también podía estar la mano de Niall, como era en el caso de Darlin.

Esas estribaciones no eran ni mucho menos tan impenetrables como Haddon Mirk, pero Rand no había ordenado un ataque de castigo; tenía demasiados enemigos en infinidad de sitios. Si se detenía para aplastar la mosca amarilla de Rhuarc aquí, podía encontrarse con un leopardo en la espalda en algún otro sitio. Se proponía abatir primero al leopardo. Sólo que ojalá supiera dónde estaban todos los leopardos.

—¿Qué se sabe de los Shaido? —preguntó mientras soltaba el Cetro del Dragón sobre un mapa medio enrollado. Representaba el norte de Cairhien y las montañas llamadas Daga del Verdugo de la Humanidad. Puede que los Shaido no fueran un leopardo tan grande como Sammael, pero sí un peligro mucho mayor que el Gran Señor Darlin o lady Caraline. Berelain le tendió una copa de vino, y él le dio las gracias.

—¿Han dicho algo las Sabias sobre las intenciones de Sevanna?

Había esperado que al menos una o dos podrían mirar y escuchar un poco cuando Sevanna viajara hacia la Daga del Verdugo de la Humanidad. Apostaría a que las Sabias Shaido lo habían hecho cuando ellos llegaron al río Gaelin. No comentó ni lo uno ni lo otro, claro es. Puede que los Shaido hubiesen abandonado el ji’e’toh, pero Rhuarc tenía un punto de vista tradicional Aiel respecto a espiar. Los puntos de vista de las Sabias eran otro cantar, desde luego, aunque exactamente en qué no era cosa fácil de precisar.

—Dicen que están construyendo dominios. —Rhuarc hizo una pausa y utilizó el par de tenazas para coger una brasa del cuenco del brasero y encender con ella la pipa. Cuando hubo soltado la primera bocanada de humo, prosiguió—: Dicen que no creen que los Shaido tengan intención de regresar jamás a la Tierra de los Tres Pliegues. Soy de la misma opinión.

Rand se pasó los dedos por el cabello. Caraline y Toram iniciando una rebelión, y los Shaido instalándose a este lado de la Pared del Dragón. Una combinación mucho más peligrosa que Darlin. Y el dedo invisible de Alanna dando la impresión de estar a punto de tocarlo.

—¿Hay más buenas noticias?

—Se combate en Shamara —informó Rhuarc sin quitarse la pipa de la boca.

—¿Dónde? —preguntó Rand.

—En Shamara. O Shara. Sus habitantes le dan muchos nombres a su tierra: Co’dansin, Tomaka, Kigali, y otros. Cualquiera podría ser cierto, o ninguno. Esa gente miente sin pensar. Desenrolla todas las piezas de seda que les compres o descubrirás que sólo la parte de fuera es seda. Y si la próxima vez en el centro de comercio resulta que encuentras al hombre con el que ya has tratado, negará haberte visto antes o haber venido a comerciar con anterioridad. Si insistes, los otros lo matarán para apaciguarte y entonces dirán que sólo él podía tratar con sedas, e intentarán venderte agua como vino.

—¿Por qué las luchas en Shara son buenas noticias? —inquirió Rand quedamente. En realidad no quería oír la respuesta.

Berelain estaba escuchando con auténtico interés; nadie salvo los Aiel y los Marinos sabía gran cosa sobre las tierras prohibidas que se encontraban más allá del Yermo aparte de que el marfil y la seda venían de allí. Eso y los relatos de Los viajes de Jain el Galopador, los cuales eran probablemente demasiado fantasiosos para ser verdad. Aunque, ahora que lo pensaba, Rand recordaba que lo de mentir se mencionaba, y lo de los nombres diferentes, salvo que los ejemplos dados por Jain el Galopador no coincidían con ninguno de los mencionados por Rhuarc, que él recordara.