Sólo los Aiel reconocían al jinete con la cabeza destocada y chaqueta azul con bordados en plata, aunque de vez en cuando alguien cercano echaba un par de miradas al sudadero de la montura. El Cetro del Dragón todavía no era muy conocido allí. Nadie se apartaba para dejarle paso. Rand se debatía entre la impaciencia y el placer de no ser el foco de todas las miradas.
La escuela estaba instalada en un palacio distante a casi dos kilómetros del Palacio del Sol, y que en tiempos había sido propiedad de lord Barthanes, ahora muerto y sin que nadie lo llorara; el edificio era un enorme montón de bloques cuadrados de piedra, con torres angulosas y severos balcones. Las altas puertas que daban al patio principal estaban abiertas, y cuando Rand entró a caballo se encontró con una bienvenida en toda regla.
Idrien Tarsin, que dirigía la escuela, estaba en los anchos escalones del otro extremo del patio; era una mujer fornida, con un sencillo vestido gris, que mantenía la espalda tan recta que daba la impresión de ser una cabeza más alta de lo que era realmente. No estaba sola. Docenas y docenas de personas se apiñaban en la escalera de piedra, hombres y mujeres vestidos con ropas en las que abundaba más la lana que la seda, y que con frecuencia estaban desgastadas y rara vez ornamentadas. Principalmente era gente mayor. Idrien no era la única que tenía más cabellos grises que negros o todo el pelo cano o incluso nada de pelo, aunque aquí y allí alguna cara más joven observaba con ansiedad a Rand. Por más joven se entendía diez o quince años mayor que él.
Eran, en cierto modo, los maestros, aunque aquello no era exactamente una escuela. Los alumnos acudían a aprender, sí —hombres y mujeres jóvenes se asomaban, boquiabiertos, a todas las ventanas que daban al patio—, pero principalmente lo que Rand pretendía era reunir los conocimientos en un sitio. Había oído una y otra vez cuánto se había perdido en la Guerra de los Cien Años y en la Guerra de los Trollocs. ¿Y cuánto más debía de haber desaparecido en el Desmembramiento del Mundo? Si es que iba a desgarrar el mundo otra vez, se proponía crear depósitos donde el saber se preservara. Otra escuela igual existía ya en Tear, aunque desde hacía apenas nada de tiempo, y Rand había empezado a buscar un sitio en Caemlyn para hacer lo mismo.
«Nada sale como uno espera —murmuró Lews Therin—. No esperes nada y así no te llevarás una sorpresa. No esperes nada. Nada».
Rand ahogó aquella voz y desmontó.
Idrien acudió a recibirlo e hizo una reverencia. Como siempre, cuando se irguió, volvió a chocarle sobremanera que la mujer apenas le llegara al pecho.
—Bienvenido a la Escuela de Cairhien, mi señor Dragón.
Su voz era sorprendentemente dulce y juvenil, lo cual creaba un pasmoso contraste con los vulgares rasgos de su rostro. Rand había oído endurecerse esa voz, sin embargo, tanto con estudiantes como con maestros; Idrien llevaba las riendas de la escuela con mano firme.
—¿Cuántos espías tenéis en el Palacio del Sol? —preguntó suavemente a la mujer. Ella pareció sobresaltarse, quizá porque sugiriera semejante cosa, pero más probablemente porque una pregunta tan directa se consideraba de mala educación entre los cairhieninos.
—Hemos preparado una pequeña demostración. —En fin, tampoco Rand había esperado que le respondiera. Idrien miró a los dos Aiel como lo haría una mujer con dos enormes y mugrientos perros con malas pulgas, pero se contentó con aspirar ruidosamente el aire por la nariz—. Si mi señor Dragón quiere seguirme…
Rand la siguió, fruncido el entrecejo. ¿Una demostración de qué?
El vestíbulo de la escuela era una vasta cámara de brillantes columnas grises oscuras y baldosas de un gris más claro, con una balconada en mármol de vetas grises que recorría todo el perímetro, a una altura de casi seis metros. Ahora estaba bastante llena de… artilugios. Los maestros que se apiñaban detrás de él corrieron hacia aquellos artefactos. Rand se quedó mirando de hito en hito, recordando de repente que Berelain había dicho algo sobre que la escuela estaba fabricando cosas. Pero ¿qué?
Idrien se lo dijo —más o menos— mientras lo llevaba de un artilugio al siguiente, donde hombres y mujeres explicaban lo que habían creado. Rand entendió incluso un poco.
Un despliegue de mamparas y rasquetas y vasijas llenas de trozos de lino producían un papel más fino que cualquiera conocido hasta entonces, o eso es lo que afirmaba su constructor. Un artilugio enorme con palancas y grandes chapas lisas era una prensa impresora, mucho mejor que las que había ahora en uso, según su constructor. Dedric mostró mucho interés en este artefacto, hasta que Jalani al parecer decidió que el joven Aiel debería estar alerta por si alguien intentaba atacar al Car’a’carn; le asestó un tremendo pisotón, y el Aiel cojeó en pos de Rand. Había un arado sobre ruedas pensado para abrir seis surcos a la vez —al menos eso Rand pudo reconocerlo; pensó que podría funcionar— y otra cosa con tiros para caballos que se suponía que recogía el heno en lugar de hombres con guadañas, y un nuevo tipo de telar que era más fácil de manejar, según dijo el tipo que lo había hecho. Había modelos a escala, en madera pintada, de viaductos para llevar agua a lugares donde los pozos se estaban secando, de sumideros y alcantarillas para Cairhien, incluso una mesa llena con una exhibición de minúsculas figuras de hombres y carros, grúas y rodillos para mostrar cómo podían construirse y pavimentarse las calzadas tan bien como se había hecho en tiempos remotos.
Rand ignoraba si alguna de esas cosas funcionaría, pero varias parecían merecedoras de intentarlo al menos. Aquel arado, por ejemplo, vendría bien si Cairhien volvía a proveerse a sí misma de nuevo. Le diría a Idrien que lo construyeran. No, le encargaría a Berelain que se lo dijera ella. «Respeta siempre los rangos de autoridad en temas públicos —le había dicho Moraine—, a menos que quieras saltarte a alguien y rebajarlo».
Sabía que entre los maestros estaba Kin Tovere, un fornido fabricante de lentes que no dejaba de enjugarse la calva cabeza con un pañuelo de rayas. Aparte de anteojos de distintos tamaños —«Con esto se pueden contar los pelos de la nariz de un tipo a un kilómetro», decía; era su forma de hablar—, tenía una lente tan grande como su cabeza, un plano de un visor donde instalarla y varias más iguales, un artilugio de seis metros de largo; nada menos que un aparato para mirar las estrellas. En fin, Kin siempre quería mirar cosas lejanas.
Idrien traslucía una expresión de tranquila satisfacción mientras Rand estudiaba el plano de maese Tovere. A ella sólo le interesaban las cosas prácticas. Durante el asedio de Cairhien, ella misma había construido una gigantesca ballesta, toda palancas y poleas, que disparaba una pequeña lanza a casi dos kilómetros con fuerza suficiente para atravesar a un hombre. De hacerse las cosas a su manera, no se habría perdido tiempo en nada que no comportara utilidad real.
—Construidlo —le dijo Rand a Kin. Tal vez no tuviese una función práctica, como el arado, pero le caía bien Tovere. Idrien suspiró y sacudió la cabeza, en tanto que Tovere se llenaba de alegría—. Y os concedo un premio de cien coronas de oro. Esto parece interesante.
Aquello provocó un sordo murmullo general, y Rand no habría sabido decir quién se había quedado más boquiabierto, si Tovere o Idrien.
Otras cosas expuestas en el vestíbulo hacían parecer a Tovere tan práctico y equilibrado como el constructor de calzadas; estaba el tipo de cara redonda que hacía algo con estiércol de vaca que terminaba con una llama azulada ardiendo al extremo de un tubo de bronce; ni siquiera él parecía saber para qué servía. O la larguirucha joven cuya invención era principalmente un armazón de papel sujeto por cuerdas y mantenido a flote por el calor que salía de un pequeño fuego en un brasero; masculló algo sobre volar —Rand estaba seguro de que era eso lo que había dicho— y de que las alas de los pájaros eran curvas —tenía dibujos de pájaros y de lo que parecían pájaros de madera— pero hablaba tan poco al estar en presencia del Dragón Renacido que Rand fue incapaz de entender una sola palabra más, y ciertamente Idrien no sabía explicar lo que era.