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Las Doncellas estaban de vuelta en el ancho pasillo, con Sulin, y Urien con sus Escudos Rojos, pero no eran los únicos. La gente se apiñaba, hombro con hombro, en el corredor, detrás de los guardias. Y algunos en el interior del anillo. Aviendha se encontraba entre una delegación de Sabias formada por Amys, Bair, Melaine, Sorilea —por supuesto—, Chaelin, una Miagoma de Agua Humeante con pinceladas grises en el cabello rojo oscuro, y Edarra, una Neder del clan Shiande que no parecía mucho mayor que él mismo, aunque sus azules ojos poseían ya una calma aparentemente inquebrantable, y su pose erguida no tenía nada que envidiar a las del resto. También Berelain se encontraba con ellas, pero no así Rhuarc ni ninguno de los otros jefes de clan. Lo que tenía que hablar con ellos ya estaba dicho y los Aiel no alargaban las cosas sin necesidad. Empero ¿qué hacían allí estas Sabias? ¿O Berelain? El vestido verde y blanco que llevaba esa mañana dejaba a la vista una generosa porción de su pálido busto.

Además estaban los cairhieninos, fuera del círculo de Aiel. Colavaere, impresionantemente atractiva en su madurez, con el oscuro cabello peinado en una compleja torre de rizos; las bandas horizontales prestaban color a su vestido desde el cuello bordado con hilos de oro hasta más abajo de las rodillas, un número de bandas muy superior al de cualquiera de los presentes. Dobraine, con su rostro cuadrado y complexión robusta, el cabello casi completamente gris afeitado al estilo soldadesco y la chaqueta desgastada por el roce de las correas del peto. Maringil, tieso como un palo, el blanco cabello cayendo sobre sus hombros; no se había afeitado la frente, y su oscura levita de seda, surcada horizontalmente de franjas como el vestido de Dobraine hasta casi las rodillas, no habría desentonado en un baile. Dos docenas o más se apiñaban detrás, en su mayoría hombres y mujeres más jóvenes, muy pocos de los cuales lucían franjas horizontales que les llegaran a la cintura.

—Que la gracia le sea propicia al señor Dragón —murmuraron al tiempo que hacían reverencias o inclinaban la cabeza llevándose la mano al corazón, y añadieron—: La gracia nos honra con la presencia del señor Dragón.

También los tearianos contaban con su contingente, Grandes Señores y Señoras, sin nobles de menor rango, tocados con gorros picudos de terciopelo y ataviados con chaquetas de seda y mangas abullonadas y con franjas de satén ellos, y vestidos de colores fuertes con chorreras de encaje y tocas de perlas o gemas ajustadas a la cabeza ellas; presentaron sus respetos con un «La Luz ilumine al Dragón Luminoso». Meilan, ni que decir tiene, era el más adelantado, esbelto, impasible y duro, con su barba canosa recortada en pico. Muy cerca de él, la expresión severa y los acerados ojos de Fionnda no menguaban su belleza, mientras que la sonrisa tonta de Anaiyella sí disminuía la suya. Ciertamente no había sonrisas, ni de un tipo ni de otro, en los semblantes de Maraconn, cuyos azules ojos eran una rareza entre los tearianos, ni del calvo Gueyam, ni de Aracome, que parecía el doble de delgado en comparación con la oronda figura de Gueyam, aunque la expresión de ambos era igualmente dura. Estos últimos, así como Meilan, habían sido uña y carne con Hearne y Simaan. Rand no había mencionado a esos dos, ni su traición, el día anterior, pero estaba seguro de que tal hecho era conocido aquí, como también estaba seguro de que su silencio al respecto guardaba un significado u otro conforme a la manera de pensar de cada hombre. Se habían acostumbrado a esta actitud de Rand desde su llegada a Cairhien, y esa mañana lo observaban como si en cualquier momento fuera a impartir órdenes para que los arrestaran.

En realidad, casi todo el mundo estaba vigilando a alguien. Muchos echaban ojeadas nerviosas a los Aiel, a menudo tapando la ira con mayor o menor éxito. Otros observaban a Berelain casi con igual prevención; a Rand le sorprendió advertir que en los varones, incluso en los tearianos, predominaba la expresión cavilosa a la lasciva en sus semblantes cuando la miraban. En su mayoría, naturalmente, lo observaban a él; era quien era y lo que era. La fría mirada de Colavaere pasaba de Rand a Aviendha, y entonces se volvía abrasadora; ahí había una enemistad enquistada, aunque la joven Aiel parecía haberlo olvidado. Desde luego, Colavaere jamás olvidaría la paliza que había recibido de Aviendha cuando ésta la sorprendió en los aposentos de Rand, ni perdonaría el hecho de que lo sucedido fuera del dominio público ahora. Meilan y Maringil dejaban claro su mutua desconfianza al evitar mirarse entre ellos. Ambos deseaban el trono de Cairhien y ambos creían que el otro era su principal rival. Dobraine observaba a Meilan y a Maringil, aunque a saber el porqué. Melaine estudiaba a Rand, en tanto que Sorilea la estudiaba a ella, y Aviendha tenía la vista clavada en el suelo, el ceño fruncido. Una joven de ojos grandes que estaba entre los cairhieninos llevaba el cabello suelto y cortado por los hombros en lugar de peinado en alto con rizos, y ceñida a la cintura lucía una espada sobre el traje de montar en el que sólo había seis franjas de color. Muchos de los otros no se molestaban en disimular sonrisas desdeñosas cuando la miraban; ella no parecía advertirlo, ya que estaba pendiente de las Doncellas, a las que dirigía ojeadas de franca admiración, y de Rand, a quien miraba con franco terror. Rand la recordaba. Era Selande, una de las muchas jóvenes bonitas que Colavaere había enviado a sus aposentos en la creencia de que así enredaría al Dragón Renacido en sus intrigas, hasta que Rand la convenció de que no funcionaría. Con la ayuda no solicitada de Aviendha, desafortunadamente. Rand esperaba que Colavaere lo temiera la bastante para que renunciara a vengarse de Aviendha; sin embargo, le habría gustado convencer a Selande de que no tenía nada que temer de él. «No puedes complacer a todos —había dicho Moraine—. Ni puedes disipar los temores de todos». Una mujer dura.

Para acabar de rematarlo, los Aiel vigilaban a todo el mundo salvo a las Sabias, naturalmente. Y excepto a Berelain, por alguna razón. Siempre miraban con desconfianza a las gentes de las tierras húmedas, pero por su actitud despreocupada hacia ella habríase dicho que la Principal era una Sabia más.

—Me honráis con vuestra presencia. —Rand confiaba en que su tono no sonara demasiado seco. Otra vez de vuelta a los desfiles. Se preguntó dónde estaría Egwene. Seguramente holgazaneando en la cama. Durante unos breves instantes consideró la posibilidad de buscarla y hacer un último intento para… No, si ella no quería decírselo, no sabía cómo podía convencerla de lo contrario. Mala suerte que las peculiaridades de ser ta’veren no funcionaran cuando más lo precisaba—. Lamentablemente hoy no podré hablar más con vosotros. Regreso a Caemlyn.

Andor era el problema que tenía que solucionar ahora. Andor y Sammael.

—Vuestras órdenes se van a llevar a cabo, mi señor Dragón —dijo Berelain—. Esta mañana, para que así podáis presenciarlo.

—¿Mis órdenes?

—Mangin —repuso escuetamente ella—. Se le comunicó esta mañana.

La mayoría de las Sabias habían adoptado una expresión impávida, pero Bair y Sorilea traslucían una manifiesta desaprobación, curiosamente dirigida a Berelain.

—No tengo intención de presenciar el ahorcamiento de todos los asesinos —replicó fríamente Rand.

En realidad lo había olvidado o, más bien, lo había apartado a un rincón de su mente. Colgar a un hombre al que se aprecia no es algo que nadie desee recordar. Rhuarc y los demás jefes de clan ni siquiera habían mencionado el tema cuando habló con ellos. Otra cosa cierta es que no estaba dispuesto a convertir en algo especial esta ejecución. Los Aiel debían vivir conforme a la ley como todos los demás; los cairhieninos y los tearianos tenían que ver que era así y comprender que si no actuaba con favoritismo hacia los Aiel ciertamente tampoco lo haría con ellos. «Estás utilizando todo y a todos», pensó, asqueado; al menos esperaba que el pensamiento fuera suyo. Además, no deseaba presenciar un ahorcamiento, y mucho menos el de Mangin.