Meilan, desde luego, parecía pensativo y el sudor empezaba a perlar la frente de Aracome, aunque eso podría deberse al calor. Colavaere, que se había quedado pálida, parecía estar viéndolo por primera vez. Berelain repartía una mirada atribulada entre Bair y Sorilea, que asintió con un cabeceo; ¿le habrían dicho que respondería así? No parecía probable. Las reacciones de los demás variaron desde la sorpresa a la satisfacción, pero Rand reparó particularmente en la de Selande. Tenía los ojos desorbitados y se había olvidado de las Doncellas; si antes lo miraba atemorizada, ahora estaba aterrada. Bien, pues que lo hiciera.
—Parto para Caemlyn de inmediato —anunció.
Un suave rumor recorrió las filas de cairhieninos y tearianos, algo muy parecido a suspiros de alivio.
No le sorprendió que todos lo acompañaran hasta la habitación reservada para los Viajes. A excepción de Berelain, las Doncellas y los Escudos Rojos mantuvieron detrás al resto de los habitantes de las tierras húmedas; en particular no les gustaba que los cairhieninos estuviesen cerca de él, y Rand se alegró de que ese día hicieran lo mismo con los tearianos. Hubo muchas miradas enconadas, pero nadie dijo nada, al menos a él. Ni siquiera Berelain, que venía inmediatamente detrás, con las Sabias y Aviendha, charlando en voz baja y de vez en cuando soltando risitas quedas. Eso le puso de punta el vello de la nuca; Berelain y Aviendha conversando. Y riendo.
Ya ante la puerta cuadrada de la habitación de Viajes, Rand mantuvo con todo cuidado la mirada por encima de la cabeza de Berelain cuando ésta le hizo una profunda reverencia.
—Dirigiré Cairhien sin temor ni favoritismo hasta vuestro regreso, mi señor Dragón.
A lo mejor, a pesar del asunto de Mangin, en realidad había acudido esa mañana sólo para decir eso y para que la oyeran decirlo los otros nobles. Por alguna razón, sus palabras provocaron una sonrisa indulgente en Sorilea. Rand sintió la necesidad de descubrir qué se estaba cociendo ahí; no permitiría que las Sabias interfirieran con Berelain. Las demás habían llevado aparte a Aviendha; parecían hablar a la joven por turnos, con firmeza, aunque Rand no alcanzó a entender una sola palabra.
—Cuando volváis a ver a Perrin Aybara —añadió la Principal—, transmitidle por favor mi más afectuoso saludo. Y también a Mat Cauthon.
—Esperaremos con ansiedad el regreso del señor Dragón —mintió Colavaere, manteniendo con empeño una expresión impasible.
Meilan le asestó una mirada feroz por habérselas arreglado para hablar en primer lugar, y a continuación soltó un florido discurso con el que no dijo realmente más de lo expresado por la noble, y que, claro está, Maringil tuvo que superar, al menos en lo referente a las florituras. Fionnda y Anaiyella aventajaron con creces los de los dos, agregando tantos halagos que Rand no pudo menos de echar una ojeada inquieta a Aviendha, pero las Sabias tenían ocupada a la joven todavía. Dobraine se conformó con un «Hasta la vuelta de mi señor Dragón», mientras que Maraconn, Gueyam y Aracome farfullaban algo incomprensible al tiempo que lo observaban con cautela.
Fue un alivio para Rand entrar en el cuarto, lejos de todos ellos. La sorpresa llegó cuando Melaine lo siguió delante de Aviendha. Rand enarcó las cejas en un gesto interrogante.
—Tengo que consultar con Bael ciertos asuntos de las Sabias —le dijo ella en un tono que no admitía tonterías, y acto seguido lanzó una mirada penetrante a Aviendha, quien mostraba tal expresión de inocencia que Rand supo que estaba ocultando algo. Aviendha podía ofrecer una amplia gama de expresiones naturales, pero nunca ésa; no tan inocente.
—Como quieras —respondió. Sospechaba que las Sabias habían estado esperando una oportunidad para mandarla a Caemlyn. ¿Quién mejor para asegurarse de que Rand no ejercía una mala influencia en Bael que la propia esposa de Bael? Al igual que Rhuarc, también tenía dos, algo sobre lo que Mat comentaba siempre que o era un sueño o una pesadilla y que él no sabía decidir entre una cosa y la otra.
Aviendha observó con interés mientras Rand abría el acceso a Caemlyn, en el salón del trono. La joven solía hacerlo a pesar de que no podía ver los flujos urdidos por un varón. Una vez había abierto un acceso ella, pero fue en un inusitado momento de pánico y después había sido incapaz de recordar cómo lo había hecho. Ese día, por alguna razón, la rotante franja luminosa pareció recordarle lo ocurrido aquella vez; el rubor tiñó sus morenas mejillas, y de repente se negó a mirar en su dirección. Con el Poder hinchiéndolo, Rand percibía su olor, el aroma a hierbas del jabón que utilizaba y un leve atisbo de perfume que él no recordaba que hubiese llevado nunca. Por una vez ansioso de cortar el contacto con el saidin, Rand fue el primero que pasó al vacío salón del trono. Fue como si Alanna chocara violentamente dentro de su cabeza, su presencia tan palpable como si la tuviera ante sí. Había estado llorando, le pareció percibir. ¿Porque él se había marchado? Bueno, podía llorar por eso todo lo que quisiera. Tenía que librarse de ella de algún modo.
El hecho de que cruzara el acceso primero no les sentó bien a las Doncellas ni a los Escudos Rojos. Urien se limitó a gruñir mientras sacudía la cabeza con desaprobación. Sulin, pálida, se puso de puntillas para situarse cara a cara con Rand.
—El grande y poderoso Car’a’carn hizo a las Far Dareis Mai portadoras de su honor —siseó en un quedo susurro—. Si el supremo Car’a’carn muere en una emboscada mientras las Doncellas lo protegen, las Far Dareis Mai se quedarán sin honor. Si al todopoderoso Car’a’carn no le importa eso, tal vez Enaila tenga razón. Quizás el infalible Car’a’carn es un caprichoso muchachito al que habría que coger de la mano para que no se caiga por un precipicio porque no mira hacia dónde corre.
Rand tensó las mandíbulas. En privado apretaba los dientes y aguantaba cosas así —con menos pullas, generalmente— por la deuda que tenía contraída con las Doncellas, pero ni siquiera Enaila o Somara se habían atrevido a reprenderlo abiertamente en público. Melaine ya se encontraba a mitad de camino del salón, las faldas remangadas y casi trotando; por lo visto estaba impaciente por restablecer la influencia de las Sabias en Bael. Rand no sabía si Urien había oído las palabras de la Doncella, aunque el Aiel parecía extrañamente volcado en dirigir a sus velados Aethan Dor, que registraban entre las columnas junto con las Doncellas, algo para lo que no hacía falta instrucciones. Aviendha, por otro lado, cruzada de brazos, exhibía un gesto entre ceñudo y de aprobación, por lo que a Rand no le cupo duda alguna de que lo había escuchado.
—Ayer funcionó muy bien —respondió firmemente a Sulin—. De ahora en adelante creo que con dos guardias será más que suficiente.
Los ojos de la mujer parecieron a punto de salirse de las órbitas; parecía haberse quedado sin habla. Ahora que la había pillado por sorpresa, dejándola pasmada, era el momento para resarcirse, antes de que explotara como los fuegos artificiales de un Iluminador.
—Es diferente cuando salgo de palacio, por supuesto —agregó—. La guardia que me habéis proporcionado servirá entonces, pero aquí, o en el Palacio del Sol o en la Ciudadela de Tear, bastará con dos.
Le dio la espalda mientras la boca de la Doncella seguía abriéndose y cerrándose sin emitir sonido alguno.
Aviendha lo siguió de inmediato y rodearon el estrado de los tronos hacia las pequeñas puertas que había detrás. Había abierto el acceso allí en lugar de hacerlo directamente en sus aposentos con la esperanza de dejarla atrás. Incluso sin el saidin podía olerla, o quizás era sólo el recuerdo. En uno u otro caso, Rand deseó tener la nariz congestionada con un catarro; ese aroma le gustaba demasiado.