Con el chal muy ajustado, Aviendha caminó con la mirada prendida al frente, como si estuviese preocupada, sin reparar en que él le abría una de las puertas que daban a los vestidores forrados con paneles de madera con tallas de leones y la sujetaba para que pasara, algo que generalmente provocaba al menos un poco de ira en ella y a veces la cáustica pregunta sobre cuál de los dos brazos creía que se había roto para que no pudiera hacerlo ella misma. Cuando Rand le preguntó qué le ocurría, la joven sufrió un sobresalto.
—Nada. Sulin tenía razón, pero… —De repente esbozó una sonrisa, como a regañadientes—. ¿Viste su cara? Nadie le había leído la cartilla así desde… Creo que nunca. Ni siquiera Rhuarc.
—Me sorprende un poco que te pongas de mi lado.
Ella lo miró con aquellos enormes ojos. Rand habría podido pasarse todo el día tratando de decidir si eran azules o verdes. No. No tenía derecho a pensar en sus ojos. Lo que había ocurrido entre ellos después de que la joven había abierto aquel acceso —para huir de él— no había cambiado nada. Él, sobre todo, no tenía derecho a pensar en ello.
—Cuántos problemas me causas, Rand al’Thor —dijo sin acalorarse—. Luz, a veces pienso que el Creador te hizo sólo para darme dolores de cabeza.
Rand quiso decirle que era culpa de ella —en más de una ocasión le había ofrecido enviarla de vuelta con las Sabias, aunque ello sólo habría significado que la reemplazarían por otra persona—; pero, antes de que tuviera ocasión de abrir la boca, Jalani y Liah los alcanzaron, seguidas a poca distancia por dos Escudos Rojos, uno de ellos un tipo canoso que tenía el triple de cicatrices en la cara que Liah. Rand mandó volver al salón del trono al Escudo Rojo de las cicatrices y a Jalani, lo que estuvo a punto de provocar una discusión. No por parte del Escudo Rojo, que se limitó a mirar a su compañero, se encogió de hombros y se marchó, pero la joven Doncella se plantó muy erguida. Rand señaló la puerta que daba al salón del trono.
—El Car’a’carn espera de las Far Dareis Mai que vayan donde les ordena.
—Puede que seas un rey para las gentes de las tierras húmedas, Rand al’Thor, pero no para los Aiel. —Un asomo de malhumor echaba a perder la actitud orgullosa de Jalani, recordándole a Rand lo joven que era—. Las Doncellas jamás te fallarán en la danza de las lanzas, pero esto no es la danza.
Aun así se marchó tras un rápido intercambio en el lenguaje de señas con Liah.
Acompañado por Liah y el otro Escudo Rojo, un hombre rubio llamado Cassin que era un par de dedos más alto que Rand, éste se encaminó a buen paso hacia sus aposentos. Y con Aviendha, naturalmente. Si había pensado que aquellas amplias faldas podían dejarla atrás, estaba muy equivocado. Liah y Cassin se quedaron en el pasillo, a la puerta de la sala de estar, una amplia estancia con un friso de mármol con tallas de leones en la unión de las paredes con el alto techo, y tapices que representaban escenas de caza y montañas brumosas, pero Aviendha lo siguió dentro.
—¿No deberías estar con Melaine? —demandó él—. ¿Los asuntos de Sabias y todo eso?
—No —repuso secamente—. A Melaine no le haría gracia que interfiriera en sus cosas en este momento.
Luz, y él no tendría que alegrarse de que no se marchara. Arrojó el Cetro del Dragón sobre una mesa de patas doradas y tallas de hojas de enredadera, y se desabrochó el cinturón de la espada.
—¿Te han dicho Amys y las otras dónde está Elayne? —preguntó.
Durante unos segundos larguísimos Aviendha se quedó parada en medio del suelo de baldosas azules, mirándolo fijamente con una expresión indescifrable.
—No lo saben —contestó finalmente—. Lo pregunté.
Era lo que Rand había esperado de ella. No lo hacía desde hacía meses, pero, antes de ir a Caemlyn con él la primera vez, una de cada dos palabras que salían de su boca era para recordarle que le pertenecía a Elayne. Y era así desde su punto de vista como Aiel, y dejó muy claro que lo ocurrido entre ambos al otro lado de aquel acceso no cambiaba ese hecho; como también dejó claro que no volvería a suceder. Como tenía que ser. Rand se sentía peor que un cerdo por lamentar que fuera así. Haciendo caso omiso de todas las excelentes sillas doradas, Aviendha se sentó cruzada de piernas en el suelo y arregló los pliegues de la falda.
—Pero sí hablaron de ti —comentó.
—¿Por qué será que no me sorprende? —manifestó con acritud él y, para su sorpresa, las mejillas de la mujer enrojecieron. Aviendha no era la clase de mujer que se ruborizara, y ésta era la segunda vez que le ocurría en el mismo día.
—Han compartido sueños, algunos de los cuales te conciernen a ti. —Su voz sonaba un tanto estrangulada e hizo una pausa para aclararse la garganta; después su mirada firme y decidida se clavó en él—. Melaine y Bair soñaron contigo subido en un bote —dijo; pronunció la última palabra con un acento raro a pesar de los meses que llevaba en las tierras húmedas—, con tres mujeres cuyos rostros no pudieron ver y una balanza inclinándose primero a un lado y después a otro. Melaine y Amys soñaron con un hombre de pie a tu lado, que tenía una daga puesta en tu garganta, pero tú no parecías verlo. Bair y Amys soñaron que cortabas las tierras húmedas en dos con una espada. —Durante un instante sus ojos lanzaron una ojeada rápida y despectiva hacia el arma envainada y puesta encima del Cetro del Dragón; despectiva y un tanto culpable. Se la había regalado ella, un arma que en tiempos había pertenecido el rey Laman, cuidadosamente envuelta en una manta para que no pudiera decirse que ella la había tocado—. No han podido interpretar los sueños, pero pensaron que tú deberías saberlo.
El primero le resultaba tan incomprensible como a las Sabias, pero el segundo parecía obvio. Un hombre al que no veía y con una daga tenía que ser un Hombre Gris; habiendo entregado su alma al Oscuro —no meramente comprometida, sino entregada— podían moverse sin que se reparara en ellos aunque se los estuviera mirando directamente, y su único propósito real era el asesinato. ¿Por qué no habían interpretado las Sabias algo tan evidente? En cuanto al último, se temía que también era muy obvio. De hecho ya había dividido países; Tarabon y Arad Doman estaban en ruinas, las rebeliones en Tear y Cairhien podían convertirse en algo más serio que meras conversaciones a escondidas en cualquier momento, e Illian ciertamente sentiría el peso de su espada. Y eso sin contar con el Profeta y los seguidores del Dragón en Altara y Murandy.
—No veo el misterio en ninguno de esos dos, Aviendha.
Sin embargo, cuando se lo explicó, la mujer lo miró con expresión de duda. Pues claro. Si las Sabias caminantes de sueños eran incapaces de interpretar un sueño, ciertamente nadie más podía hacerlo. Rand soltó un gruñido amargo y se sentó pesadamente en una silla enfrente de Aviendha.
—¿Qué más soñaron? —preguntó.
—Hay otro que puedo contarte, aunque quizá no te concierne. —Lo que significaba que había otros que no estaba autorizada a revelarle, cosa que le hizo preguntarse por qué las Sabias los habían comentado con ella, puesto que no era una caminante de sueños—. Las tres tuvieron este sueño, lo que lo hace especialmente significativo. La lluvia —esa palabra también la pronunció torpemente—, viniendo de un cuenco. Hay trampas tendidas alrededor de ese cuenco. Si lo cogen las manos adecuadas, hallarán un tesoro quizá tan grande como el cuenco. En las manos equivocadas, el mundo está condenado. La clave para encontrarlo es hallar al que ya no es.
—¿Que ya no es qué? —Éste, ciertamente, parecía mucho más importante que el resto—. ¿Te refieres a alguien que ha muerto?